Se oye a veces decir a los psicólogos, esos psicagogos o modernos embaucadores de almas, que hay líderes negativos y positivos. Al calificar a unos de buenos y a otros de malos estamos dando por sentado que los líderes son intrínsecamente neutros, o sea que no son de por sí ni buenos ni malos, sino todo lo contrario, y es mentira, porque eso es mucho suponer y dar por supuesto.
Es curioso cómo palabras en principio vacías se impregnan de connotaciones positivas o negativas según el caso. Por ejemplo, si cotejamos dos clases de líderes distintos "pedagogos" con "demagogos", vemos que la primera palabra significa etimológicamente en griego conductores (-agogos) de niños -pedagogo era el nombre del esclavo griego generalmente que llevaba al patricio romano al colegio, es decir, al matadero de almas- y la segunda, conductores del pueblo, pero cualquier hablante del español sabe que la connotación del pedagogo es positiva (a pesar de que el más célebre sea el culpable de la matanza de los inocentes, Herodes, según sugirió Mairena) y el matiz que tiene el demagogo es claramente peyorativo: el político que, elegido por el pueblo en régimen democrático representativo, engaña fraudulentamente al pueblo no representando su voluntad soberana, lo manipula y lo lleva por el mal camino de la sumisión, del palo y tentetieso, es decir, como hacen todos los políticos profesionales.
La
palabra líder, como se sabe, es un anglicismo, proviene del inglés
leader “conductor”, y este término procede, a su vez, del
verbo to lead “conducir”. En alemán se dice Führer, que
es el calco semántico de “leader”, y ya sabemos todos, por el
ejemplo histórico que conocemos, que no puede haber un Führer, o
sea un líder, bueno. Los líderes son, por definición, negativos,
esencialmente perversos porque no saben a dónde nos conducen, porque
no saben a dónde van, y sin embargo ellos creen saberlo a pie
juntillas y estar en posesión de la verdad. En el colmo de los
colmos, llegan a decirnos que el mal que nos infligen es por nuestro
propio bien.
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