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jueves, 15 de enero de 2026

Teatrillo de variedades (IV)

13.- Pedofobia. Escribía J.M. de Prada en que “detrás de la abolición de la Navidad, cada año más palpable, hay odio a los niños”. Podíamos llamar a este odio, que también es temor por lo que representan las tiernas criaturas, pedofobia. Efectivamente, nuestra sociedad no es ni pederasta ni pedófila en el buen sentido de ambas palabras referidas a la infancia, al niño que todos llevamos dentro, ya sea bajo la sombra de Eros, el amor, o de la filía, la amistad. A medida las cosas van pasando, que son las cosas las que pasan y no el tiempo, la infancia, la pureza de nuestras almas se contamina, nos vemos obligados a pisotear, a violar, a matar el niño que llevamos dentro. Vivir es sobrevivir a un niño muerto, dice Sartre en su hagiografía de Jean Genet. Por eso no hay Navidad, ni (re)nacimiento que valga. Escribe, por su parte, el zamorano que cada vez que nace un niño “el palacio de Herodes se tambalea en sus cimientos”, “Herodes pierde un trozo de su reino”, “Herodes es condenado al destierro”, pero quizá debería decir mejor que cada vez que nace un niño nace con él un Herodes dispuesto a perpetrar la matanza de su inocencia. Herodes somos nosotros mismos, no hace falta ni decirlo.

14 ¿Dónde están los jefes, jefazos, jefecillos, jefezuchos y jefezuelos de antaño? ¿Dónde las jefas...? Parece que ya no hay jefaturas. ¿Vivimos en la divina y áurea acracia? Ni por asomo. ¿Qué es lo que  hay entonces? El acrónimo de un anglicismo: CEOS. Antaño los llamábamos ejecutivos, pero como no sonaba bien porque recordaba a “ejecutor” y “ejecución”, los anglosajones los llamaron chiefs, que era su 'jefes' pero en francés, pero al poco hicieron un tres en uno formando el Chief Executive Officer, una denominación que recogía al ejecutivo y al jefe que se querían disimular y, además le añadía, lo de oficial que sonaba poco menos que a militar. Pero lo último ha sido la gran operación de camuflaje que proporcionan las siglas iniciales: CEO. Las siglas, que son un comprimido de un concepto complejo, nos alejan de ese concepto disimulándolo, ocultándolo. Ahora ya no hay jefes ni jefas -tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando-, lo que hay son CEOS de ambos sexos y géneros que, como los antiguos ejecutivos, viven en un mundo de aviones privados, restaurantes de lujo galardonados con estrellas michelín, hoteles de cinco estrellas premium, y manejan cifras astronómicas, impensables para el común de los mortales, viviendo con el bien fundado temor temor de perderlo todo y con la obviedad -que a veces logran olvidar- de que todo eso no les pertenece, y que, como dice a veces la gente, aquí se va a quedar, no ya cuando ellos se mueran, que efectivamente no podrán llevárselo al otro mundo, sino mañana mismo, hoy mismo, cuando su dueño y señor les agradezca sus servicios prestados y les despida, descubriendo que los que más mandaban eran los más mandados. 
 
 
15.- Por un puñado de likes.  Los influencers y tiktokers hacen cualquier cosa por un puñado de likes -pronúnciese laix- y por aumentar así el número de followers, lo que se traduce no solo en fama personal y logro de un nombre propio generalmente ridículo y parlante  sino sobre todo en dinero. Algunos llegan a poner en riesgo su propia vida con tal de conseguir la imagen perfecta e impactante para subir a sus redes sociales, convencidos de que unos segundos de viralidad justifican cualquier imprudencia temeraria. Otros encuentran lo que no buscan, por ejemplo, la muerte por un selfie o autorretrato, como se decía antaño. Hay retos, en efecto, que se hacen virales en los que los participantes se juegan la vida: no buscan un logro deportivo ni la hazaña personal de superarse a sí mismos, sino grabar contenido -porque son creadores de contenido, es decir, contenedores de basura- para sus redes sociales, por lo que algunas escenas pensadas para generar visitas y likes, terminan como no podía ser menos en tragedia. 
 

16.- Quien contamina paga. Recibo una carta certificada del ayuntamiento de la localidad en la que vivo comunicándome el basurazo, el nuevo impuesto de recogida y tratamiento de los residuos, en la que me informan de la 'nueva tasa de gestión de residuos', que responde, dicen, a la obligación de que los costes sean sufragados por quienes los generan, conforme al principio de “quien contamina paga” recogido en la legislación europea y española. Recuerda aquello de que 'el que rompe paga y se lleva los platos rotos'. ¿Es justo que quien contamine pague para librarse así de la contaminación que ha producido? Y la pregunta me lleva a la vieja consideración religiosa de que puedo pecar (o contaminar) si pago por ello comprando una bula de indulgencia, como hacían los pudientes -no todo el mundo podía, es decir, había que tener dinero para poder- que se saltaban el ayuno en Cuaresma y comían carne previa compra de una bula de indulgencia, un documento papal que perdonaba penas temporales por pecados confesados a cambio de dinero destinado a obras benéficas como eran las cruzadas por ejemplo. Genero basura (o residuos, como dice el ayuntamiento), pero, si pago por ello, purgo el pecado cometido de contaminación. No dejo de contaminar, que sería lo propio, sino que pago para seguir contaminando. A todo esto, no perdamos de vista el significado del verbo 'pagar', que todo el mundo entiende, y su etimología, que aquí se revela bien clara: hacer la paz, apaciguar, apagar. El dinero me permite seguir pecando, seguir contaminando, siempre que lo pague.
 
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 “-Manu, no la pierdes... la ilusión, digo”. 
 
Es lo que decía el anuncio entrañable -hay que verlo completo- de la lotería de Navidad de 2014, el mejor sin duda, que todavía sigue emocionando a los más duros y su mensaje de compartir el décimo de la ilusión. Su mensaje es que no hay que perder nunca la ilusión, que hay que compartirla. La lotería no se inventó para enriquecer al personal, sino al fisco, que es el único que juega todos los números y que, por lo tanto, gana siempre porque nunca pierde. Hay cien mil números de cinco cifras en juego que van desde el 00000 hasta el 99.999. Si yo juego un décimo de uno de esos números, que cuesta 20 euros, tengo una posibilidad entre cien mil de que me toque el premio gordo en la lotería de Navidad, que son 400.000 euros (que se quedan en 328.000 con la mordida de la Hacienda del Estado). Uno podría comprar todos los boletos para asegurarse así el premio Gordo, pero no sería un buen negocio porque debería para ello invertir dos millones de euros. No merece la pena invertir tanto dinero para ganar menos de la mitad de la mitad de lo que ha invertido. Esto nos da ya una idea de la gran estafa que es la lotería nacional, ese invento del Estado para sacarnos el dinero a la mayoría con la excusa de enriquecer a unos pocos. Uno juega a la lotería para ganar dinero, pero para eso debe gastarse veinte euros en un décimo. Hay más premios, y hay aproximaciones y, con un poco de suerte, puedes ganar la devolución del décimo si la cifra final del número jugado coincide con la del gordo. Eso me ha pasado a mí mismo este año, que caí en la trampa de adquirir un décimo y me tocó la devolución. Cuando fui a cobrarlo, es decir, a recuperar los veinte euros que había invertido, el lotero me dijo que si quería a cambio un décimo de la lotería de El Niño. Le dije que no, que me devolviera los veinte euros. Una y no más, santo Tomás. 
 
 

sábado, 21 de diciembre de 2024

Lotería navideña

Antes de que se celebre el sorteo de la lotería de Navidad que se celebra todos los años cuando se acercan las navidades,  proclamo y dejo aquí escrito quién va a ser el ganador. 
 
Antes de que se sepa el número agraciado con el premio Gordo, yo sé quién va a llevarse, como se suele decir, el gato al agua. ¿Quién será el gran beneficiado en el sorteo de Navidad del año en curso? El mismo que todos los años desde que se creó este engañabobos de la lotería nacional. 
 
Tú, si lo piensas un poco, también lo sabes. No es ningún secreto. Desde luego, no somos ni tú ni yo los afortunados. Este año la Lotería de Navidad distribuirá varios cientos de millones de euros. De esta cifra, algo más de la mitad se repartirá entre los números premiados, un pequeño porcentaje irá destinado a sufragar la comisión que reciben los vendedores o loteros, y el resto se lo queda directamente el Tesoro Público, o sea, Hacienda, es decir, el Estado, que es la madre que lo parió: he ahí el ganador seguro. 
 
No es nada nuevo. Cuando se creó la lotería de Navidad en 1812, se definió este sorteo como una forma de recaudación de ingresos por parte del Estado.   
 
Otro pellizco que recibirá Hacienda, que, digan lo que digan, no somos todos, será el de los boletos que no  son vendidos en las administraciones de lotería. Todos los décimos no vendidos antes del sorteo de diciembre serán devueltos a la Dirección General del Tesoro y Política Financiera del ministerio de Economía y Hacienda y patatín y patatán, o como quiera llamarse. Es decir, que si alguno de ellos resulta premiado o, como suelen decir, 'agraciado', también será el Estado el beneficiario de tal premio. 
 
Siempre le digo a mi madre, eterna jugadora y, por lo tanto, perdedora de la lotería, lo mismo: yo siempre gano porque no juego y, por lo tanto, no pierdo, mientras que tú siempre pierdes, año tras año, porque juegas y nunca ganas. 
 
Yo, de esta forma, no contribuyo a engrosar los ingresos del Estado y las arcas de los individuos agraciados -infelices, como si el dinero proporcionara la felicidad, la más cochina de las mentiras sobre las que se fundamenta el Régimen del Estado y el Capital que padecemos- que pueden ser cualesquiera menos nosotros mismos. Estadísticamente es imposible que nos toque a nosotros.  Pero es que, además, hay que decirlo: el dinero no proporciona la felicidad sino todo lo contrario, nos quita la poca que podríamos tener. Desengañémonos de una vez:  La mejor lotería que nos puede tocar es, paradójicamente, que no nos toque la lotería.  
 
Los agraciados con el premio gordo son unos infelices desgraciados, que sólo tienen lo que puede comprarse con dinero: nada que merezca la pena.  
 
¿Qué hacemos, mamá? ¿Seguir jugando? La mejor lotería que nos puede tocar es un poco de salucita, que no nos falte la salucita, la salud, que es lo único que nos hace falta para poder seguir tirando. ¡Y lo demás es cuento!

viernes, 22 de diciembre de 2023

¡Ha salido el Gordo!

     ¿Cómo nos presenta el Ente Público de RTVE nuestro estado actual a través del anuncio, que este año se supera a sí mismo, del Sorteo de Navidad? De una forma muy gráfica, todos y cada uno de nosotros somos ese hámster que corre interminablemente moviendo la rueda que da vueltas sin fin sobre su propio eje. Es la imagen de Sísifo haciendo una tarea baldía con un ímprobo trabajo. 

    El Ente Público no se está riendo de nosotros: nos está retratando reflejando lo puteados, nunca mejor dicho en el sentido de 'prostituidos', que estamos. Y nos promete algo que no va a suceder: si nos toca el Gordo de la Lotería hoy 22 de diciembre de 2023 caerá sobre nosotros una lluvia dorada de millones y nuestra vida va a dar el GRAN GIRO hasta tal punto de que vamos a dejar de hacer girar la rueda maldita de nuestro infortunio, saliéndonos de ella, liberándonos y rompiendo la cadena.


    Se oye de fondo la voz angelical de los niños y niñas de San Ildefonso cantando: "Cuatro millones... de euros." (Hasta el año 1999 los  millones que cantaban estos angelitos de Dios eran millones de pesetas, pero a partir de esa fecha el dinero que nos caía del cielo como el maná e iba a resolver nuestra vida haciendo que no la perdiéramos intentando ganárnosla se medía en euros, la nueva moneda europea que hacía su aparición estelar haciendo que todo cambiara para seguir igual, es decir, para seguir peor por el engaño).

    Si nos toca hoy el Gordo que no nos va a tocar, vamos a dejar de ser el hámster enjaulado que somos corriendo en la cinta estática de correr sin ir a ninguna parte, y vamos por fin a ser libres... gracias al Capital y al Estado generoso que es precisamente quien nos encadena y de este modo por fin nos manumite...

    ...algo que nunca sucederá, aunque nos toque efectivamente el Gordo de la Lotería que, por otra parte, no nos va a tocar.

    Lo dicho: El Ente Público se ha superado a sí mismo, rehuyendo los anuncios empalagosos de otros años. Este año el anuncio de la lotería ha acertado plenamente.