615.- De aquellos polvos, aquestos lodos. La pandemia nos trajo el confinamiento, y el encierro salvavidas aceleró el proceso de digitalización que ya estaba en marcha confiriéndole su impulso más considerable. Acabada la pestilente impostura, no hemos salido sin embargo de la encerrona que se nos impuso: ahora vivimos, en la pospandemia, dentro de las aplicaciones del teléfono supuestamente inteligente, el so-called smart-phone, suplementadas por la sedicente Inteligencia Artificial, la supposedly Artificial Intelligence, que ha invadido las dos grandes joyas de la corona del Estado del Bienestar: la Educación, antaño enseñanza, y la Sanidad. En el mundo educativo, ¿qué sentido tiene desarrollar la inteligencia natural si tenemos una, la artificial, mucho más rápida, que se lo sabe todo y nos da cien mil vueltas? Si las tareas las escribe una máquina, las realiza una máquina y las corrige una máquina, ¿qué nos queda? En cuanto a la otra joya de la corona, la sanidad, cuando hasta los médicos empiezan a diagnosticar ya con IA, y atienden más al ordenador que al paciente que tienen delante, al que ni siquiera reconocen, ¿qué nos queda? Todo nuestro sistema educativo y sanitario cabe en un minúsculo aparato que llamamos teléfono móvil y que es un apéndice de nuestra anatomía sin el que no podemos movernos. Hemos pasado de la utopía tecnológica a la distopía digital arrolladora.
616.- Música, maestro. ¿Para qué sirve la música? La música sirve para resucitar a los muertos, es decir, para resucitarnos a nosotros de la muerte que supone nuestra existencia cotidiana. Con ella resucitó Orfeo a Eurídice de los infiernos, aunque cuando quiso asegurarse de que ella seguía sus pasos, volviendo la vista atrás, la perdiera para siempre. Sería horrible la vida sin música, sencillamente inconcebible, porque no sería vida. La música nos abre los oídos ensordecidos por el ruido de los medios (in)formativos. Cuando oímos música, dejamos de oír el ruido del mundo. La música nos devuelve el silencio primordial y paradisíaco anterior a la creación que es también la destrucción del mundo. La música nos devuelve el paraíso que nos ha sido arrebatado.
617.- Opinión Pública. Internet, la Red Informática Mundial, es la culminación del proceso de atomización y aislamiento del individuo personal. Gracias a dicha Red, que ha incorporado ahora la Inteligencia Artificial, la sociedad ha acabado por desintegrarse y desmoronarse, culminando la labor que empezaron los medios de comunicación e (in)formación de masas que irrumpieron desde la invención de la imprenta y los periódicos, y después con la radio y la televisión, encargados de difundir la propaganda y la creación de lo que falsamente se llama opinión pública, que, como denunciaba aquella viñeta del inolvidable Quino no deja de ser una opinión privada y una opinión particular de los que la construyen y nos la sirven por todos los medios, a los mayores por la televisión y a los demás por los medios digitales onláin, en línea de batalla a fin de manipularnos y entretenernos para su provecho. La opinión pública no es la opinión del pueblo que, como tal, no tiene opinión alguna, que es algo particular y privado, sino en el mejor de los casos sentido común. Lo que de verdad razona no es el individuo, uno mismo con sus creencias y sus ideas, sino el lenguaje mismo que uno habla o, mejor dicho, que habla por boca de cada uno, a poco que se deje, cuya razón, cuya lógica es de todos porque está en el lenguaje mismo y se rebela una y otra vez, a poco que se la deje, contra la realidad y las ideas que la establecen, sacando a la luz sus contradicciones y su falsedad constitutiva.
618.- Sombras. Hay días en los que uno se siente triste y ensombrecido sin motivos aparentes. Quizá no haya que buscar refugio de esos momentos depresivos, ni medicalizarse para liberarse cuanto antes de la sombra, una sombra que no es solo la nuestra propia, personal e intransferible, sino el espejo perfecto de nuestra sociedad actual en la que está mandado que hay que divertirse y alegrarse. No hay que tomar una actitud que no deja de ser una forma de violencia hacia uno mismo y lo que uno siente, un rechazo a atravesar lo que simplemente hay que atravesar. La sombra no es algo que haya que erradicar; porque quien rechaza su propia sombra no se vuelve luminoso, sino ciego. Uno no es la tristeza que siente. Es quien la ve surgir y disiparse, como la niebla. Tan solo hay que tener el valor de no intervenir de inmediato, de no etiquetar la tristeza como enemiga. Quien atraviesa la sombra sin combatirla, se fortalece de alguna manera contra ella, se deja ir y vuelve diferente. Pero hay algo que no nos deja en paz, no tenemos la capacidad de permanecer inmóviles en nuestro malestar ni siquiera durante una tarde, queremos una solución inmediata. Y al hacerlo, perdemos lo único que ese mal día, un mal día lo tiene cualquiera, no le estaba ofreciendo: la posibilidad de conocerse uno a sí mismo.
619.- El filósofe trans. No es un filósofo ni una filósofa propiamente hablando, sino un filósofe, que cuenta con muchas publicaciones en su haber y que ha anunciado que finalmente participará en el Festival de las Ideas (sic) tras haberse anunciado que uno de los patrocinadores del evento retira su apoyo al Estado genocida de Israel. El festival de las platónicas ideas se celebra estos días en los madriles y gira en torno a los Cuerpos. A propósito del suyo ha
declarado el filósofe lo siguiente: “Yo no soy un hombre, sino un hombre trans.
Y eso es muy distinto. Nuestros cuerpos son lo contrario del axioma
de la soberanía masculina: un cuerpo masculino sin pene”.
Hablando de su propia biografía, se ha definido del siguiente modo: “Yo fui un niñe
(sic) de la Movida. A veces he dicho que mi propia familia podría
ser un grupo de personajes de Almodóvar: la madre, católica; el
padre, militarizado a la fuerza por el fascismo, y el hije (sic)
trans. Eso explica mi exilio sexual y académico, primero en Estados
Unidos y luego en Francia”. A finales de los ochenta se exilió
porque “era impensable hacer filosofía en primera persona en el
contexto español desde una posición lesbiana, no binaria o trans”.
Añade además que siempre tuvo la impresión de que Franco no había
muerto “me parecía que seguía viviendo como un virus dentro de
cada persona (...)". Más que una impresión personal, es la
constatación de que nada que haya vivido muere nunca de verdad, como Parménides nos enseñó. Y en
ese sentido, la dictadura, una vez quitada de en medio la figura del dictador, que lo dejó
todo atado y bien atado, ha seguido viviendo bajo el nombre de
democracia constitucional, que no es sino una dictadura
trans, que ha cambiado su nombre y su asignación en el registro civil.




