
martes, 16 de junio de 2026
Pareceres CXIV

jueves, 5 de febrero de 2026
Batiburrillo
Sin trenes no hay futuro
La voz del pueblo bautizó al Tren de Alta Velocidad, según cuenta Miquel Amorós, como el “tren de los señoritos” porque era el tren de los ejecutivos del Estado y el Capital cuyo tiempo era tan valioso que debían acortar las distancias espaciales para ganar más tiempo, que es dinero. El AVE era el tren que iba a reducir el tráfico aéreo y el automovilístico, y no solo no logró eso, sino que, además, acabó perjudicando al humilde tren de cercanías, que era mucho más útil porque acercaba a los trabajadores y estudiantes que vivían lejos de los núcleos urbanos a sus centros de trabajo y estudio usando el trasporte público.
En tres décadas, escribe Amorós, se construyeron más de cuatro mil kilómetros de vías férreas, situando la alta velocidad española en el segundo puesto a nivel mundial, solo por detrás de China, pero con el grado de demanda más bajo, también a nivel mundial. No es de extrañar que los responsables ministeriales, comenta Amorós, trataran de elevarlo, bien subvencionando el billete (el viajero solo paga la tercera parte), bien cancelando trenes regionales y de larga distancia, como los viejos expresos que evocábamos aquí el otro día.
El mal de la Alta Velocidad no reside en el elevado coste de su funcionamiento, sino en su naturaleza de artilugio emblemático de la globalización y estandarte de un sistema político al servicio de la economía de mercado y del capitalismo.
Nos extrañaba que, a propósito de la pésima situación de la red ferroviaria española, no saliera nadie a echarle la culpa de la coyuntura al comodín del Cambio Climático, pero, por suerte, salió el Secretario de Estado de Transportes y de Movilidad Sostenible a aclararnos (?) que los fenómenos meteorológicos extremos como estos que hemos tenido en los últimos dos meses y que también nos hacen pensar en que el cambio climático que tenemos encima (sic) nos debe llevar a pues quizá que tengan mayor peso algunas actuaciones que hasta ahora quizá se veían como de menor importancia porque no afectaban, digamos, a la infraestructura ferroviaria, pero sí tienen impacto en la infraestructura ferroviaria.
El tren se inventó inicialmente para trasportar mercancías, especialmente carbón y otras cargas, pero se convirtió enseguida en un medio de trasporte de viajeros, que se incluían así sin querer y contra su voluntad en la categoría de mercancías. Muchos fueron trasportados a la fuerza arracimados en los vagones a los campos de concentración y de exterminio.
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España en libertad, 50 años, según el Departamento de Publicidad y Propaganda del Gobierno.

Una de las peores cosas que nos ha caído encima desde arriba durante los cincuenta años de España en libertad ha sido la creación de las Comunidades Autónomas, convertidas en reinos de taifas, feudos o pequeños Estados a imagen y semejanza del Estado o Administración Central. Cada una de las autonomías tiene sus elecciones, su gobierno, su presidente y sus consejeros feudales, sus cortes y su muchedumbre de empleados y funcionarios. ¡Y son 17 las comunidades, y dos las Ciudades Autónomas! So pretexto, lo recuerdo muy bien, de descentralización se crearon diecisiete nuevos centros para acercar más la administración a la ciudadanía, se decía, como si eso fuera una bendición, multiplicándose la burocracia y duplicándose muchas veces los trámites. Se decía que con el Estado de las Autonomías íbamos a depender menos de Madrid. El resultado de la presunta descentralización fue, paradójicamente, una doble centralización: ahora dependemos de nuestra Comunidad Autónoma y seguimos dependiendo de Madrid, por lo que lejos de relajarse las cadenas de nuestra dependencia se han duplicado. Con las autonomías tenemos paradójicamente una doble heteronomía: la central y la autonómica.
lunes, 22 de julio de 2024
La virulencia del ferrocarril (Contra el Tren de Alta Velocidad)
Oponerse al TAV, que era la adaptación francesa del TGV (Train à Grande Vitesse) era fácil. Resulta algo más difícil oponerse al AVE, que es como se llama ahora el mismo engendro, porque el acrónimo AVE (Alta Velocidad Española), que sustituyó en 1990 a TAV (Tren de Alta Velocidad), que es como se llamaba hasta entonces, disimula muy bien lo que es y hace que nos olvidemos enseguida de la agresividad y lo mucho que implica la consecución de su significado ("alta velocidad"), y parece que uno se opone, por el significado del nombre común que oculta al acrónimo, al reino animal volador. El éxito del nuevo acrónimo se debe a la mayor facilidad de su pronunciación (una palabra bisílaba y llana, al fin y al cabo, compuesta por dos sílabas abiertas) en lugar de un monosílabo agudo que es además una sílaba trabada y difícil de pronunciar y reconocer para nuestro oído castellano, que, además, suena como una onomatopeya del tipo: plaf. Pero otra ventaja es la sugerencia del nombre común, que sugiere que este falso tren no corre como los de antes, sino que vuela, y deja volar la imaginación añadiendo a la connotación de velocidad que late bajo el acrónimo el sentido ecológico de las aves que conjugan ligereza y rapidez. El logotipo pretende, además, convirtiendo la letra uve en un par de alas de un ave, integrarse en el medio natural y rural, al que desprecia, porque pasa de largo arrasándolo, a gran velocidad.
La Alta Velocidad no es una solución sino el auténtico problema para nuestros pueblos y pequeñas poblaciones de eso que llaman la España vacía o vaciada, ya que tiene gravísimos inconvenientes, además del impacto ambiental, tales como dejarlos fuera del mapa del transporte público y de la circulación. La amenaza del AVE, con la pretensión de unir grandes ciudades como la capital del Reino de las España y la de Cantabria, aísla en realidad los pocos núcleos rurales que quedan en Castilla y La Montaña y hace que agonicen los trenes, mucho más útiles para la gente, de cercanías.domingo, 17 de julio de 2022
¿Por qué corres, Ulises?*
Las ocho de la mañana de un día cualquiera en la estación de Abando, Bilbao. El
tiempo apremia. Ni un minuto más ni un minuto menos para empezar la jornada
laboral con la rutinaria mansedumbre cotidiana de unas vidas que, subordinadas al
imperativo laboral, se rigen por las manecillas del reloj. Todos bailan al ritmo
del tictac que marca el tirano, que es el instrumento indispensable de la
dominación tecnodemocrática del siglo XXI que padecemos: todos al compás del
Capital y su corazón mecánico que determina los tiempos de ocio y trabajo
asalariado, la nueva forma de esclavitud imperante aquí y ahora que convierte
nuestra vida en tiempo esencialmente futuro y ahora mismo inexistente, es decir, en alienación remunerada.
Es una lata que ahora no se pueda abrir la ventanilla de un vagón, por ejemplo, y no te dejen asomarte. Lástima. No digamos ya que te obliguen a llevar el bozal en la boca, como obligan todavía en el reino de las Españas a los usuarios de los trasportes públicos (RENFE, la Red Nacional de Ferrocarriles de España, te recuerda lo que debes hacer "para protegerte y proteger a los demás": utiliza mascarilla siempre que viajes, aunque podrías quitártela -y perjudicarte a ti y a los demás- en el vagón cafetería para tomarte un sangüis y un refresco, o un café y un delicioso cruasán con parsimonia). Además no te da tiempo a degustar el paisaje de lo rápido que va el tren: te ponen, en cambio, una pantalla y si te descuidas te echan una película para que no veas lo que te rodea y sí, en su lugar, lo que te ponen.
Finalmente aparece la policía autonómica vasca -la policía, da igual su denominación de origen, es la misma en todas partes- que, tras identificar a los manifestantes, los invita a disolverse porque al parecer es un delito ir despacio por la vida, sin prisa, sin atropellar ni avasallar a nadie, entorpeciendo el apresurado ritmo de los que creen saber a dónde van y creen que van efectivamente a alguna parte.
A lo mejor alguno de los poquísimos que hayan leído esto hasta aquí se queda pensando que aquella docena de chalados que abogaban, como hago yo aquí inútilmente ahora, por la lentitud, expulsados por las fuerzas de orden público, tal vez tratan de decirnos algo a todos con su ejemplo y sus palabras, en lo que tienen no poca sino por el contrario muchísima razón.
(*) El título de esta entrada está tomado de una comedia de Antonio Gala estrenada en 1974.













