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jueves, 5 de febrero de 2026

Batiburrillo

 Sin trenes no hay futuro 

 

La voz del pueblo bautizó al Tren de Alta Velocidad, según cuenta Miquel Amorós, como el “tren de los señoritos” porque era el tren de los ejecutivos del Estado y el Capital cuyo tiempo era tan valioso que debían acortar las distancias espaciales para ganar más tiempo, que es dinero. El AVE era el tren que iba a reducir el tráfico aéreo y el automovilístico, y no solo no logró eso, sino que, además, acabó perjudicando al humilde tren de cercanías, que era mucho más útil porque acercaba a los trabajadores y estudiantes que vivían lejos de los núcleos urbanos a sus centros de trabajo y estudio usando el trasporte público.

En tres décadas, escribe Amorós, se construyeron más de cuatro mil kilómetros de vías férreas, situando la alta velocidad española en el segundo puesto a nivel mundial, solo por detrás de China, pero con el grado de demanda más bajo, también a nivel mundial. No es de extrañar que los responsables ministeriales, comenta Amorós, trataran de elevarlo, bien subvencionando el billete (el viajero solo paga la tercera parte), bien cancelando trenes regionales y de larga distancia, como los viejos expresos que evocábamos aquí el otro día.

El mal de la Alta Velocidad no reside en el elevado coste de su funcionamiento, sino en su naturaleza de artilugio emblemático de la globalización y estandarte de un sistema político al servicio de la economía de mercado y del capitalismo.  

Nos extrañaba que, a propósito de la pésima situación de la red ferroviaria española, no saliera nadie a echarle la culpa de la coyuntura al comodín del Cambio Climático, pero, por suerte, salió el Secretario de Estado de Transportes y de Movilidad Sostenible a aclararnos (?)  que los fenómenos meteorológicos extremos como estos que hemos tenido en los últimos dos meses y que también nos hacen pensar en que el cambio climático que tenemos encima (sic) nos debe llevar a pues quizá  que tengan mayor peso algunas actuaciones que hasta ahora quizá se veían como de menor importancia porque no afectaban, digamos, a la infraestructura ferroviaria, pero sí tienen impacto en la infraestructura ferroviaria.

El tren se inventó inicialmente para trasportar mercancías, especialmente carbón y otras cargas, pero se convirtió enseguida en un medio de trasporte de viajeros, que se incluían así sin querer y contra su voluntad en la categoría de mercancías. Muchos fueron trasportados a la fuerza arracimados en los vagones a los campos de concentración y de exterminio.

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 España en libertad, 50 años, según el Departamento de Publicidad y Propaganda del Gobierno.

 Lo mejor del logotipo: La virgulilla de la letra eñe, esa segunda y más pequeña ene que se colocaba encima de la primera, es ahora un ave, (y AVE ya se sabe que es el acrónimo del tren de Alta Velocidad Española), que se echa a volar. Cincuenta años, medio siglo de libertad, y nosotros, que hemos vivido esos cincuenta años, sin enterarnos de que éramos libres. ¿Por qué será?
 
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Autonomías
 

Una de las peores cosas que nos ha caído encima desde arriba durante los cincuenta años de España en libertad ha sido la creación de las Comunidades Autónomas, convertidas en reinos de taifas, feudos o pequeños Estados a imagen y semejanza del Estado o Administración Central. Cada una de las autonomías tiene sus elecciones, su gobierno, su presidente y sus consejeros feudales, sus cortes y su muchedumbre de empleados y funcionarios. ¡Y son 17 las comunidades, y dos las Ciudades Autónomas! So pretexto, lo recuerdo muy bien, de descentralización se crearon diecisiete nuevos centros para acercar más la administración a la ciudadanía, se decía, como si eso fuera una bendición, multiplicándose la burocracia y duplicándose muchas veces los trámites. Se decía que con el Estado de las Autonomías íbamos a depender menos de Madrid. El resultado de la presunta descentralización fue, paradójicamente, una doble centralización: ahora dependemos de nuestra Comunidad Autónoma y seguimos dependiendo de Madrid, por lo que lejos de relajarse las cadenas de nuestra  dependencia se han duplicado. Con las autonomías tenemos paradójicamente una doble heteronomía: la central y la autonómica.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Odio a mi jefa

    Una viñeta de Flavita Banana, publicada en El País el 11 de noviembre de 2022, trae un suculento diálogo entre dos mujeres. La que está sentada, fumando un cigarrillo, ante una mesa de trabajo, le confiesa a la que está de pie «Odio a mi jefa», a lo que su amiga le comenta «Eres autónoma», y la primera responde escuetamente «Pos eso». (Inicialmente creí leer "Por eso", pero me doy cuenta de que pone "pos" en vez de "por", que es forma coloquial en lugar de "pues": pero no cambia mucho la cosa: Si es autónoma, como le dice su amiga, pues eso es lo que ella odia: ser autónoma).  La respuesta nos provoca una sonrisa amable. Comprendemos que la mujer que odia a su jefa no odia a otra persona. Se odia a sí misma porque es autónoma, porque ella es su propia jefa.

    Se puede ver simplemente en esta viñeta la crítica de las dificultades y de los inconvenientes de ser autónomo si se compara su condición con la de los asalariados. Pero la gracia está en que además de eso o por encima o por debajo de eso late la rebelión del empleado contra el jefe, encarnados en este caso en la misma persona de un modo esquizofrénico, lo que hace muy difícil (pero no imposible) dicha rebelión contra la jerarquía.

    El jefe es palabra que nos viene del francés chef, que a su vez le viene del latín caput, que es el nombre de la parte principal del cuerpo humano, la cabeza. De esa palabra latina proceden el capo italiano y, directamente, otras castellanas como capitán y capital y capitalismo, y nuestro cabo, tanto el mando del ejército como el accidente geográfico, como en las expresiones de cabo a rabo, llevar a cabo y el verbo acabar. El derivado «jefa» apareció en nuestra lengua tardíamente, atestiguado como está por primera vez en 1843. La viñeta de Flavita refleja un mundo como el nuestro en que la mujer se va incorporando paulatinamente a la servidumbre del mercado del trabajo, y se va empoderando.  


    La protagonista de la viñeta, además de harta de su condición de autónoma,  no puede zafarse de la contradicción de ser a la vez su jefa y su empleada, por el hecho de que no hay peor jefe que uno mismo, lo que nos lleva a la autoexplotación, una opresión muy exigente que suele pasar inadvertida y, es tal su éxito que se camufla de libertad, porque parece que si uno no trabaja para otra persona es libre como si no trabajara para nadie ni tuviera necesidad de trabajar.

    El autónomo tiene el jefe más autoritario que puede haber, al mayor dictador, como dijo una vez un Jefe de Estado cuyo nombre no recuerdo, que es uno mismo, porque es el más autoritario y uno no puede sustraerse a su poder sin desencadenar un conflicto inevitable y además desgarrador.

    Flavita, la autora de la viñeta, ha publicado en sus redes sociales el siguiente vídeo de cómo realizó la viñeta que nos ocupa. 


     La mujer que está sentada se explota a sí misma, voluntariamente, sin coacción externa. Es, al mismo tiempo, verdugo y víctima, su jefa y su empleada. La autoexplotación es más eficaz que la explotación por otros, porque va acompañada de un sentimiento de libertad: 'yo no tengo jefe' es una frase que no quiere decir lo que parece, porque no ha desaparecido la figura del jefe, quiere decir: yo soy mi propio jefe. El explotador es al mismo tiempo el explotado.