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jueves, 23 de octubre de 2025

Soberanía popular y soberanía nacional

    El pueblo es la gente que hay por aquí abajo, digamos para entendernos, una muchedumbre indeterminada e indefinida de carne y hueso. De ahí la dificultad de clarificar la noción de voluntad popular. La nación, sin embargo, es un ente ideal, abstracto, carente de toda realidad empírica, completamente ficticio, pero impuesto al pueblo, al que se encapsula dentro de una etiqueta que trata de definirlo,  lo que le produce claustrofobia, como acierta a decir la viñeta de El Roto.


    Pueblo, por definición,  sólo hay uno, sin embargo al convertirse la soberanía popular en soberanía nacional, surgen diversas naciones y, por lo tanto, diversas tribus configuradas ya como Estados. Ya no hay un solo pueblo, ya no hay una sola patria que sea todo el mundo, sino varias repartidas por el globo con sus fronteras, sus lenguas y banderas, sus señas culturales identitarias configuradas por la historia y sus gobiernos respectivos,  y todas ellas tienen la misma falsa pretensión de ser la única y verdadera, como si todas y cada una fueran la encarnación del pueblo elegido por Dios o por la Historia Universal para cumplir sus misteriosos e inextricables designios.

    Uno de los pilares de la democracia moderna es el concepto de “pueblo soberano”, que es una antinomia estridente, una contradictio in terminis, un oximoro o agudo sinsentido que rechina estrepitosamente: ¿Cómo puede algo indefinido y por lo tanto indiferenciado, sin una identidad específica y que pulula por aquí abajo, tener en sí características de superioridad o supremacía o empoderamiento, como dicen ahora, para colocarse por encima de los demás, sobre todo teniendo en cuenta el principio de que “nadie es más que nadie”?

    “Soberanía popular” es un concepto desconocido en el mundo antiguo grecorromano. Se trata de una invención moderna, según la cual el pueblo indefinido se define, valga la contradicción, como sujeto, es decir, subiectus, o sea, sometido,   en cuanto a hablante de una lengua, ocupante de un territorio y confinado dentro de las fronteras de ese territorio y configurado histórica- además de geográficamente. El pueblo, que era un conjunto abierto, es desde arriba determinado y cerrado, como si fuera un conjunto perfecto que responde a un censo definitivo en el que no puede entrar ni salir vivo nadie, y considerado soberano en el sentido de que no admite ningún poder superior por encima no tanto de sí mismo como del monarca que elige y se impone a sí mismo. Pero no hay mucha diferencia entre la monarquía electiva, como la romana primitiva de los siete reyes, y la hereditaria como la española o la inglesa actuales, o, dicho de otra manera, la diferencia que hay sólo afecta al modo de elección y a la existencia de una línea dinástica pero no al carácter monárquico del soberano. De hecho, el poder del presidente republicano -el prae-sedentem o primero que se sienta- de los Estados Unidos de América, elegido democráticamente, es bastante mayor que el del Rey de Inglaterra, Dei gratia rex, rey por la muy graciosa gracia dinástica de Dios, además de F(idei) D(efensor), defensor de la fe sacrosantísima y ecológica, como dan a entender las dos abejas del reverso de la nueva moneda de la libra británica.


    De sobra sabemos que el pueblo es un mandado y por eso la idea de democracia es perversa en sí misma, porque oculta esta realidad haciéndole creer que él es quien manda y tiene la sartén por el mango. Puede llegar a decirse, de hecho, que la democracia es un sistema totalitario porque se impone a la totalidad de la población un gobierno, el gobierno de una mayoría (oclocracia) que delega en sus supuestos representantes (teatrocracia). El totalitarismo tradicional, además, se caracterizaba por controlar a las personas por la fuerza y la violencia -piénsese en el nazismo y demás regímenes fascistas, o en el estalinismo-, pero las personas podían pensar lo que les viniera en gana en su vida privada, y aun rebelarse legítimamente contra la dominación impuesta por la violencia y por la fuerza de un dictador, o de una oligarquía, pero parece que no puede hacerlo contra la mayoría que elige y aprueba a un gobierno al que sólo puede destituir sustituyéndolo por otro, pero nunca reprobando la necesidad misma de que haya gobierno. Uno, como individuo de un estado democrático no es más que un voto, y por lo tanto tiene que acatar las decisiones de la mayoría de los votantes, lo que acaba con el libre pensamiento y la libertad de expresión. La rebelión no parece legítima, porque no se impone por la violencia de la fuerza, sino por la coacción ideológica.
 
 
'La mayoría es usted'. Eslogan electoral francés.

    Como dice el viejo latinajo: “uox populi, uox Dei” “La voz del pueblo es la voz de Dios, sobre todo ahora, en esta época de dominación democrática. Se ha sustituido el ser gobernante por la gracia de Dios por serlo por la gracia del pueblo o mandato popular o democrático emanado de las urnas. Pero es lo mismo. Sólo que ahora es peor, porque engaña más en el sentido de que lo de Dios podía verse como una imposición ajena y externa y de algún modo dictatorial y teocrática mientras que lo de popular, ay, eso no se ve como lo que es, una imposición que se asume como propia, un autoengaño. Y por eso esa es la dictadura más difícil de desenmascarar porque nosotros mismos somos nuestros propios dictadores.

    Hay una frase atribuida a Giulio Andreotti que tiene toda la razón del mundo no porque la haya dicho quien la ha dicho, un Jefe de Estado italiano en este caso, sino porque cualquiera con más de dos dedos de frente que la oiga reconoce enseguida que hay en ella mucha enjundia de sabiduría y la suscribiría por lo razonable que es después de haber vencido la extrañeza que supone escucharla por primera vez, dado que la razón es común a todos, no propiedad privada de algún cráneo privilegiado: “El dictador más difícil de aborrecer es uno mismo”.
    Y si seguimos el hilo del razonamiento que nos abre la frase podemos afirmar que uno mismo es también el dictador más difícil de desenmascarar, y, por lo tanto, el tirano más costoso de derrocar. Y, sin embargo, es preciso acabar con la tiranía para lo que no basta con el tiranicidio que consiste en quitar del medio al tirano, sino con la propia tiranía, proceda de donde proceda, venga de quien venga, por amor de lo que no sabemos, por amor de la libertad.

sábado, 4 de octubre de 2025

Recuperar la soberanía

    De vez en cuando la gente hace un descubrimiento importante: que los gobiernos elegidos democráticamente por el pueblo no gobiernan en realidad, porque están gobernados desde fuera, desde arriba: porque quien manda es Don Dinero, el más poderoso de todos los caballeros. Y donde manda capitán, que es el Capital, no manda marinero. ¿De qué sirve entonces la democracia parlamentaria? ¿Para qué sirve un gobierno sujeto al gobierno del vil metal, llámese Fondo Monetario Internacional o Banco Mundial? ¿Quién ha elegido democráticamente a Herr Kapital, das Kapital, que diría el reverendo Carlos Marx, como Dios todopoderoso del universo mundo? Algunos de los avatares de esta divinidad son Mister Dolar, o Mister Euro, la moneda única y monoteísta que sustituyó a las politeístas pesetas, francos, marcos, liras y demás divinidades trasnochadas menores que ya son poco menos que la calderilla del recuerdo, y que algunos añoran. 
 
    Hay, en efecto, quienes abogan por la vuelta a las viejas monedas nacionales para recuperar las esencias patrias de nuestra memoria histórica, como hay quienes abogan por el rechazo al dinero digital en favor del dinero físico, cuyo uso está sujeto a menos restricciones por lo que consideran que nos hace más libres del control estatal (pero no del dinero). 
 
    Entre los primeros, Giorgio Agamben publica en la Red una columna el 23 de septiembre titulada Moneta e Memoria  que establece la conexión etimológica entre la moneda y la memoria, dado que el latín 'moneta', origen de nuestro término 'moneda' y del inglés 'money', era la diosa romana equivalente de la griega Mnemósine, la Memoria. Higino, por ejemplo, escribe que de Júpiter y Moneta nacieron las Musas, equiparando de hecho a Moneta con la titánide Mnemósine, la Memoria. Pero Moneta no es la traducción del griego Mnemósine, que sería más bien 'memoria', sino un epíteto también de Juno, la hermana y esposa de Júpiter, Iuno Moneta, junto a cuyo templo se instaló en Roma una ceca donde se acuñaba la moneda. 
 
    Entra Agamben en el debate sobre la abolición de la moneda única europea y la recuperación de la moneda tradicional de cada país y escribe que cada nación del viejo continente, al renunciar a la soberanía sobre su propia moneda, ha renunciado también a su propio legado de recuerdos, a su memoria histórica, diríamos con la expresión a la moda. Y más adelante: “Cuando un distinguido economista declara que la única manera de que Francia (y quizás todos los países europeos) salgan de su crisis es recuperar la autoridad sobre su propia moneda, en realidad está sugiriendo que ese país redescubra su relación con su propia memoria. La crisis de la comunidad europea y su moneda, que ya nos afecta, es una crisis de memoria, y la memoria —no lo olvidemos— es para cada país un lugar eminentemente político. No hay política sin memoria, pero una memoria europea es tan frágil como su moneda única”. 
    De alguna manera, el filósofo italiano tras la conexión etimológica que establece entre el dinero y la memoria histórica está sugiriendo o proponiendo, como el economista cuyo nombre propio no cita, que cada país europeo recupere su soberanía nacional recobrando su propia memoria económica. No es ningún secreto su oposición al engendro de la Unión Europea: Ha dejado escrito: "Para decirlo sin tapujos ni reservas: si realmente queremos pensar en una Europa política, lo primero que tenemos que hacer es quitar de en medio a la Unión Europea, o al menos estar preparados para el momento en que, como ahora parece inminente, se derrumbe". La oposición, justa y necesaria, a las políticas de la Unión Europea lo lleva no solo a decir simplemente que no a dichas políticas supranacionales, sino a querer recuperar el viejo patrón de la soberanía de la nación, que no debe confundirse nunca con la soberanía popular.