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lunes, 18 de mayo de 2026

De la soberanía popular

La palabra “soberano” es herencia del latín superanus, que a su vez se compone de la partícula super (equivalente de la griega ὑπέρ,  hyper en transcripción), que significa “encima, arriba”, raíz que aparece en varios adjetivos latinos clásicos como superbus, superior, supremus, supernus y superus (superi por omisión de di son los dioses de arriba, del cielo o de las alturas, que se contraponen a los inferi o dioses infernales de por aquí abajo), y el sufijo popular -anus.
 

Superanus no es latín clásico, sino un desarrollo del latín tardío y medieval, recogido como veo que  está en el Glossarium Mediae et Infimae Latinitatis de Du Cange y W. Meyer (1886) y atestiguado en varios documentos, por lo que no hace falta restituirlo con un asterisco como forma supuesta pero no documentada. Así, por poner un ejemplo cualquiera, leemos en el Chartularium de la abadía de San Víctor de Marsella de finales del siglo XI: Et dono ibi, in alio loco, juxta via superana, quae vadit ad Artiga, petia de terra. Y te doy allí, en otro lugar, junto al camino de arriba, que va a Artiga, una pieza de terreno. Donde aparece la expresión via superana como “camino de arriba”, con el significado local, puramente topográfico de “situado en una posición elevada”.

De este adjetivo superanus –a -um deriva la palabra italiana soprano,  aplicada al registro femenino más alto o agudo de la voz humana, y soprana camisa sin mangas de algunos seminaristas que se ponía directamente sobre otra vestidura y no sobre la piel, como la simple camisa.  

Y de ese adjetivo, sustantivado, deriva la palabra española “soberano”, que el Diccionario define como “Que ejerce o posee la autoridad suprema e independiente”, y "soberanía", como “Cualidad de soberano” en primer lugar y en segunda instancia como “Poder político supremo que corresponde a un Estado independiente”. Asimismo, se define el soberanismo como el movimiento político que propugna la soberanía de un territorio, es decir, la propiedad de un territorio y el poder político supremo que no depende de ningún otro, ejercido sobre dicho territorio y los que en él habitan.

Soberano, soberanía y soberanismo se han convertido, pues, en palabras cultas propias de la jerigonza del gremio de los demagogos o políticos profesionales que se dedican a engañar al pueblo, al que halagan considerándolo soberano, dándole a entender torticeramente que no hay nada ni nadie por encima de él.
 
 
 
 Si el pueblo es soberano quiere decir en román paladino, o sea, en el lenguaje claro y llano con el que uno habla con su vecino, que es el rey y monarca que está arriba y no abajo, que por encima de él no hay nada ni nadie porque no hay otro soberano más que él, ni siquiera los presuntos "representantes" de la soberanía popular, porque al pueblo no lo representa ni Dios que lo creó. Y eso, obviamente, es mentira porque si el pueblo está “arriba”, ¿de qué o de quién que esté “abajo”? Arriba se define en contraposición a abajo. Si no hay nada ni nadie abajo, tampoco puede haber nadie arriba, ni arriba siquiera propiamente dicho ni soberanía que valga.

El problema se multiplica cuando en vez de hablar del pueblo en singular, hablamos de pueblos en plural, porque entonces estos entran en competencia desleal entre sí y comienzan a disputarse la soberanía o dominio de sus respectivos territorios. Y cuando hablamos de pueblos en plural cometemos otro lío mayúsculo, ya que o están configurados como Estados o aspiran a estarlo, y es entonces cuando reivindican la soberanía nacional, que no popular. 
 
  
Pero la idea de Estado es la más engañosa de todas porque equipara pueblo y gobierno, y mete en el mismo saco al gobernado, que es el pueblo, y al gobernante emanado de él, que son sus supuestos representantes o comisarios. Y la idea de Estado democrático la más perniciosa  y la que más aumenta la ceremonia de la confusión, porque es la forma de gobierno más evolucionada históricamente y la que nos ha tocado padecer a nosotros, en pleno siglo XXI,  y, por si sirve de algo, denunciar.

De alguna forma todos los pueblos existentes se consideran pueblos elegidos (por Dios, como el judío veterotestamentario, o por la Historia, que es la versión laica del dios monoteísta de Israel) y por lo tanto la existencia no de un pueblo, que podría ser el conjunto de la humanidad, sino de diversos pueblos obliga a que todos pretendan ser soberanos no sólo de sí mismos sino también de los demás, y ahí comienzan los problemas entre unos y otros.
 

Si el pueblo es soberano como dicen los demagogos o políticos profesionales,  ¿qué necesidad tiene de delegar su soberanía en uno (monarquía), en unos pocos (oligarquía) o en una mayoría (democracia que en rigor debe llamarse oclocracia, ya que όχλος significa  mayoría pero no totalidad, que acaba desembocando en lo que Platón llamó teatrocracia o gobierno de los representantes)? Si el pueblo es soberano de verdad no hay ni arriba ni abajo, no necesita ningún órgano que lo administre ni gobierne. La soberanía popular es la negación de toda forma de gobierno, es decir, la soberanía popular auténtica, la verdadera democracia,  sería, propiamente hablando, la acracia o anarquía.

jueves, 23 de octubre de 2025

Soberanía popular y soberanía nacional

    El pueblo es la gente que hay por aquí abajo, digamos para entendernos, una muchedumbre indeterminada e indefinida de carne y hueso. De ahí la dificultad de clarificar la noción de voluntad popular. La nación, sin embargo, es un ente ideal, abstracto, carente de toda realidad empírica, completamente ficticio, pero impuesto al pueblo, al que se encapsula dentro de una etiqueta que trata de definirlo,  lo que le produce claustrofobia, como acierta a decir la viñeta de El Roto.


    Pueblo, por definición,  sólo hay uno, sin embargo al convertirse la soberanía popular en soberanía nacional, surgen diversas naciones y, por lo tanto, diversas tribus configuradas ya como Estados. Ya no hay un solo pueblo, ya no hay una sola patria que sea todo el mundo, sino varias repartidas por el globo con sus fronteras, sus lenguas y banderas, sus señas culturales identitarias configuradas por la historia y sus gobiernos respectivos,  y todas ellas tienen la misma falsa pretensión de ser la única y verdadera, como si todas y cada una fueran la encarnación del pueblo elegido por Dios o por la Historia Universal para cumplir sus misteriosos e inextricables designios.

    Uno de los pilares de la democracia moderna es el concepto de “pueblo soberano”, que es una antinomia estridente, una contradictio in terminis, un oximoro o agudo sinsentido que rechina estrepitosamente: ¿Cómo puede algo indefinido y por lo tanto indiferenciado, sin una identidad específica y que pulula por aquí abajo, tener en sí características de superioridad o supremacía o empoderamiento, como dicen ahora, para colocarse por encima de los demás, sobre todo teniendo en cuenta el principio de que “nadie es más que nadie”?

    “Soberanía popular” es un concepto desconocido en el mundo antiguo grecorromano. Se trata de una invención moderna, según la cual el pueblo indefinido se define, valga la contradicción, como sujeto, es decir, subiectus, o sea, sometido,   en cuanto a hablante de una lengua, ocupante de un territorio y confinado dentro de las fronteras de ese territorio y configurado histórica- además de geográficamente. El pueblo, que era un conjunto abierto, es desde arriba determinado y cerrado, como si fuera un conjunto perfecto que responde a un censo definitivo en el que no puede entrar ni salir vivo nadie, y considerado soberano en el sentido de que no admite ningún poder superior por encima no tanto de sí mismo como del monarca que elige y se impone a sí mismo. Pero no hay mucha diferencia entre la monarquía electiva, como la romana primitiva de los siete reyes, y la hereditaria como la española o la inglesa actuales, o, dicho de otra manera, la diferencia que hay sólo afecta al modo de elección y a la existencia de una línea dinástica pero no al carácter monárquico del soberano. De hecho, el poder del presidente republicano -el prae-sedentem o primero que se sienta- de los Estados Unidos de América, elegido democráticamente, es bastante mayor que el del Rey de Inglaterra, Dei gratia rex, rey por la muy graciosa gracia dinástica de Dios, además de F(idei) D(efensor), defensor de la fe sacrosantísima y ecológica, como dan a entender las dos abejas del reverso de la nueva moneda de la libra británica.


    De sobra sabemos que el pueblo es un mandado y por eso la idea de democracia es perversa en sí misma, porque oculta esta realidad haciéndole creer que él es quien manda y tiene la sartén por el mango. Puede llegar a decirse, de hecho, que la democracia es un sistema totalitario porque se impone a la totalidad de la población un gobierno, el gobierno de una mayoría (oclocracia) que delega en sus supuestos representantes (teatrocracia). El totalitarismo tradicional, además, se caracterizaba por controlar a las personas por la fuerza y la violencia -piénsese en el nazismo y demás regímenes fascistas, o en el estalinismo-, pero las personas podían pensar lo que les viniera en gana en su vida privada, y aun rebelarse legítimamente contra la dominación impuesta por la violencia y por la fuerza de un dictador, o de una oligarquía, pero parece que no puede hacerlo contra la mayoría que elige y aprueba a un gobierno al que sólo puede destituir sustituyéndolo por otro, pero nunca reprobando la necesidad misma de que haya gobierno. Uno, como individuo de un estado democrático no es más que un voto, y por lo tanto tiene que acatar las decisiones de la mayoría de los votantes, lo que acaba con el libre pensamiento y la libertad de expresión. La rebelión no parece legítima, porque no se impone por la violencia de la fuerza, sino por la coacción ideológica.
 
 
'La mayoría es usted'. Eslogan electoral francés.

    Como dice el viejo latinajo: “uox populi, uox Dei” “La voz del pueblo es la voz de Dios, sobre todo ahora, en esta época de dominación democrática. Se ha sustituido el ser gobernante por la gracia de Dios por serlo por la gracia del pueblo o mandato popular o democrático emanado de las urnas. Pero es lo mismo. Sólo que ahora es peor, porque engaña más en el sentido de que lo de Dios podía verse como una imposición ajena y externa y de algún modo dictatorial y teocrática mientras que lo de popular, ay, eso no se ve como lo que es, una imposición que se asume como propia, un autoengaño. Y por eso esa es la dictadura más difícil de desenmascarar porque nosotros mismos somos nuestros propios dictadores.

    Hay una frase atribuida a Giulio Andreotti que tiene toda la razón del mundo no porque la haya dicho quien la ha dicho, un Jefe de Estado italiano en este caso, sino porque cualquiera con más de dos dedos de frente que la oiga reconoce enseguida que hay en ella mucha enjundia de sabiduría y la suscribiría por lo razonable que es después de haber vencido la extrañeza que supone escucharla por primera vez, dado que la razón es común a todos, no propiedad privada de algún cráneo privilegiado: “El dictador más difícil de aborrecer es uno mismo”.
    Y si seguimos el hilo del razonamiento que nos abre la frase podemos afirmar que uno mismo es también el dictador más difícil de desenmascarar, y, por lo tanto, el tirano más costoso de derrocar. Y, sin embargo, es preciso acabar con la tiranía para lo que no basta con el tiranicidio que consiste en quitar del medio al tirano, sino con la propia tiranía, proceda de donde proceda, venga de quien venga, por amor de lo que no sabemos, por amor de la libertad.