La palabra “soberano” es herencia del latín superanus, que a su vez se compone de la partícula super (equivalente de la griega ὑπέρ, hyper en transcripción), que significa “encima, arriba”, raíz que aparece en varios adjetivos latinos clásicos como superbus, superior, supremus, supernus y superus (superi por omisión de di son los dioses de arriba, del cielo o de las alturas, que se contraponen a los inferi o dioses infernales de por aquí abajo), y el sufijo popular -anus.
Superanus no es latín clásico, sino un desarrollo del latín tardío y medieval, recogido como veo que está en el Glossarium Mediae et Infimae Latinitatis de Du Cange y W. Meyer (1886) y atestiguado en varios documentos, por lo que no hace falta restituirlo con un asterisco como forma supuesta pero no documentada. Así, por poner un ejemplo cualquiera, leemos en el Chartularium de la abadía de San Víctor de Marsella de finales del siglo XI: Et dono ibi, in alio loco, juxta via superana, quae vadit ad Artiga, petia de terra. Y te doy allí, en otro lugar, junto al camino de arriba, que va a Artiga, una pieza de terreno. Donde aparece la expresión via superana como “camino de arriba”, con el significado local, puramente topográfico de “situado en una posición elevada”.
De este adjetivo superanus –a -um deriva la palabra italiana soprano, aplicada al registro femenino más alto o agudo de la voz humana, y soprana camisa
sin mangas de algunos seminaristas que se ponía directamente sobre otra
vestidura y no sobre la piel, como la simple camisa.
Y de ese adjetivo, sustantivado, deriva la palabra española “soberano”, que
el Diccionario define como “Que ejerce o posee la autoridad suprema e
independiente”, y "soberanía", como “Cualidad de soberano” en primer
lugar y en segunda instancia como “Poder político supremo que
corresponde a un Estado independiente”. Asimismo, se define el
soberanismo como el movimiento político que propugna la soberanía de un
territorio, es decir, la propiedad de un territorio y el poder político
supremo que no depende de ningún otro, ejercido sobre dicho territorio y
los que en él habitan.
Soberano, soberanía y soberanismo se han convertido, pues, en palabras
cultas propias de la jerigonza del gremio de los demagogos o políticos
profesionales que se dedican a engañar al pueblo, al que halagan
considerándolo soberano, dándole a entender torticeramente que no hay
nada ni nadie por encima de él.
Si el pueblo es soberano quiere decir en román paladino, o sea, en el
lenguaje claro y llano con el que uno habla con su vecino, que es el rey
y monarca que está arriba y no abajo, que por encima de él no hay nada
ni nadie porque no hay otro soberano más que él, ni siquiera los
presuntos "representantes" de la soberanía popular, porque al pueblo no
lo representa ni Dios que lo creó. Y eso, obviamente, es mentira porque
si el pueblo está “arriba”, ¿de qué o de quién que esté “abajo”?
Arriba se define en contraposición a abajo. Si no hay nada ni nadie
abajo, tampoco puede haber nadie arriba, ni arriba siquiera propiamente
dicho ni soberanía que valga.
El problema se multiplica cuando en vez de hablar del pueblo en
singular, hablamos de pueblos en plural, porque entonces estos entran en
competencia desleal entre sí y comienzan a disputarse la soberanía o dominio de
sus respectivos territorios. Y cuando hablamos de pueblos en plural
cometemos otro lío mayúsculo, ya que o están configurados como Estados o
aspiran a estarlo, y es entonces cuando reivindican la soberanía nacional, que no popular.
Pero la idea de
Estado es la más engañosa de todas porque equipara pueblo y gobierno, y
mete en el mismo saco al gobernado, que es el pueblo, y al
gobernante emanado de él, que son sus supuestos representantes o
comisarios. Y la idea de Estado democrático la más perniciosa y la que
más aumenta la ceremonia de la confusión, porque es la forma de gobierno
más evolucionada históricamente y la que nos ha tocado padecer a
nosotros, en pleno siglo XXI, y, por si sirve de algo, denunciar.
De alguna forma todos los pueblos existentes se consideran pueblos
elegidos (por Dios, como el judío veterotestamentario, o por la
Historia, que es la versión laica del dios monoteísta de Israel) y por
lo tanto la existencia no de un pueblo, que podría ser el conjunto de la
humanidad, sino de diversos pueblos obliga a que todos pretendan ser
soberanos no sólo de sí mismos sino también de los demás, y ahí
comienzan los problemas entre unos y otros.
Si el pueblo es soberano como dicen los demagogos o políticos
profesionales, ¿qué necesidad tiene de delegar su soberanía en uno
(monarquía), en unos pocos (oligarquía) o en una mayoría (democracia que
en rigor debe llamarse oclocracia, ya que όχλος significa
mayoría pero no totalidad, que acaba desembocando en lo que Platón llamó
teatrocracia o gobierno de los representantes)? Si el pueblo es
soberano de verdad no hay ni arriba ni abajo, no necesita ningún órgano
que lo administre ni gobierne. La soberanía popular es la negación de
toda forma de
gobierno, es decir, la soberanía popular auténtica, la verdadera
democracia, sería, propiamente hablando, la acracia o anarquía.





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