La maestra
anuncia a toda la clase: -Hoy vamos a tratar una nueva unidad didáctica: la Educación
Sexual. Una niña alza rápidamente la mano y pregunta: -¿Podemos salir al
recreo, señorita, las que ya chingamos?
(Frente
al
terminajo pedagógico que utiliza la maestra de “unidad didáctica” para
impresionar a su auditorio infantil y de paso a sí misma con su jerga
pseudoespecializada que sustituye
a los tradicionales “lección” o "clase", la alumna emplea con desparpajo
una palabra vulgar, popular, que recién pronunciada provocará la
irrisión general, y será tachada de
malsonante e impertinente por la profesora, que corregirá inmediatamente
a la
deslenguada discípula por su expresión soez con eufemismos y paráfrasis
cultas como “mantener relaciones
sexuales”, "practicar el coito" o, más ridícula aún, “hacer el amor”.
Pero la gracia del chiste
reside en que lo que pretende enseñarles la maestra bajo el campanudo
título
políticamente correcto de “educación afectivo-sexual” es algo que esta
alumna y algunas amigas más, por el uso que hace del plural, ya saben y
por lo tanto resulta
superfluo que la señorita pretenda explicárselo y darles consejos sobre
cómo se hace o se deja de hacer, por lo que pide que se las
dispense de la clase y se las deje salir al patio... Ella y sus amigas,
que ya
saben lo que es eso tanto en la teoría como en la práctica, no tienen
ningún
interés por la aburrida monserga pedagógica que las espera de la
profesora, y lo que quieren,
en el fondo, es librarse de la reclusión escolar siquiera
momentáneamente, salir de la ominosa aula al patio y aire libre y a un
recreo que todavía no ha sido catalogado como "activo" ni como "segmento
de ocio" y del que aún se puede disfrutar libremente sin estar bajo
vigilancia tutelada).
Esa
misma
maestra, vamos a suponer, progresista y comprometida con la mejora de la
educación, más preocupada de hecho por educar que por enseñar a sus
alumnos y alumnas, que, por su parte, no aprenden nada que no supieran
ya, como hemos visto en el caso anterior, pasa una
encuesta bienintencionada un día a toda la clase donde alumnos y
alumnas, como dicen ahora para visibilizar innecesariamente el género
gramatical femenino, pueden expresar libremente por escrito porque es
anónima su opinión sobre cómo les gustaría que fuese la escuela
del futuro en sus mejores sueños, y cómo se la imaginan en su perfección
ideal
más cumplida y acabada, Jaimito responde sin dudarlo mucho de viva voz:
“Cerrada a cal y
canto, señorita”.
Tira cómica de Bill Watterson, de la serie Calvin y Hobbes
Calvin,
el
entrañable personaje de la tira cómica Calvin & Hobbes de William
"Bill" Watterson y alter ego infantil del autor,
exclama cuando esperaba en la parada la llegada del bus escolar que
sería una gran sorpresa que el autobús que él está aguardando como todos
los
días de lunes a viernes y que parece que se retrasa un poco más de lo
habitual
explotara de repente y desapareciera por arte de magia y combustión
espontánea y así él se viera libre por lo tanto de la obligación
de tener que ir al colegio como la res que es transportada al matadero
para su sacrificio e inmolación... Lo
dice bien alto, como para que la Divina Providencia que todo lo ve lo
oiga
también allá arriba en las alturas, pues parece que está sorda como una
tapia y a veces hay que chillar por si acaso no se entera, igual que a
la abuelita... Calvin, no quiere ir a la escuela, no
porque no le guste aprender, que no le disgusta ya que es un niño
inteligente y
despierto, sino porque precisamente en la escuela no se aprende
absolutamente
nada que no sea la obediencia ciega a lo que está mandado, a la rutina
de los
horarios y calendarios escolares establecidos que dividen el tiempo en
ocio y trabajo,
lectivo y no lectivo, cara y cruz de la misma moneda.
Pero esa sorpresa que Calvin desea que suceda no va a
cumplirse, precisamente porque aun en el caso de que aconteciera ya no sería tampoco ninguna
sorpresa que pudiera cogerle desprevenido. Ya no sería algo inesperado y
sorprendente. Ya lo cantaba Radio Futura: "Nunca se puede saber / lo que va a ocurrir mañana / salvo que al fin de
semana / sigue un lunes otra vez." La sorpresa consistiría en que el fin de
semana fuera realmente el fin de la semana, como su nombre indica, el fin de
los siete días cuyos nombres recuerdan respectivamente a la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter,
Venus, Saturno, modificado entre nosotros por el término judaico del Sabat, séptimo y sabático día de la semana judía, y al
Sol, que pasó a llamarse día del Señor, semana que adaptaron
los cristianos para imponérsela al universo mundo. La sorpresa sería que al domingo no le
sucediera un lunes. Pero la semana laboral ya existía cuando Dios creó el
mundo y lo puso en marcha. La
reflexión de Calvin viene a decirnos que todo lo
puede el Señor menos que un lunes deje de ser lunes, aunque no por eso
vamos a dejar de desearlo vivamente en el fondo de nuestro corazón.
Lo
que quieren
Calvin, Jaimito y la niña contestataria en definitiva es algo que va a
chocar con la dura realidad y que formulado en el lenguaje infantil del
niño que todavía no ha aprendido bien algunas reglas gramaticales es:
“Que no haiga escuela nunca más”. Recordemos
a Ivan Illich: "Para la mayoría de los seres humanos, el derecho a
aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela".


No hay comentarios:
Publicar un comentario