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viernes, 21 de agosto de 2026

¿Llega al fin el fin del finde?

    En 1926, hace ahora cien años, todo un siglo, que se dice pronto, Henry Ford anunció que los trabajadores de sus fábricas de coches trabajarían cinco días de ocho horas en lugar de seis como habían hecho hasta entonces, sin reducción de su salario. El tiempo ya existía, como Dios, antes de la creación de los cielos y la tierra y de que se hiciera la luz, y el mismísimo Jehová Sabaot empleó seis días en la creación del mundo y consagró el séptimo al descanso, instaurando así la primigenia semana laboral. 
  
    Henry Ford les dio suelta a sus empleados los sábados y domingos, y así nació ese período de dos días libres de la servidumbre laboral llamado güiquén, el fin de semana, abreviado en finde, para ir de fiesta y emborracharse -aunque él era un ferviente defensor de la Ley Seca-, rezar o simplemente entregarse al dolce far niente, que en lugar de destruir la bíblica semana laboral judeocristiana vino a reforzarla. No inventó nada, la pausa de dos días ya venía gestándose desde antes, entre otras cosas por las reivindicaciones sindicales obreras y por la necesidad de acomodar el descanso sabático veterotestamentario de los judíos y el dominical de los cristianos.   
 
    El hallazgo de este personaje, en todo caso,  no era tan altruista como podría parecer a simple vista, sino una impecable estrategia de márquetin comercial para vender sus automóviles. Al haber aumentado la producción de semovientes, necesitaba que sus trabajadores se convirtieran en consumidores y chóferes del producto que producían: necesitaban un vehículo para ir de casa al trabajo y del trabajo a casa, y para poder hacer escapadas sobre ruedas los fines de semana: todos a los mismos sitios y cada cual en su utilitario. Pese a la reducción horaria de la semana laboral, las fábricas de Henry Ford mantuvieron constante su nivel de producción.
      El tiempo libre no era solo una concesión a los trabajadores, sino también un motor del capitalismo de consumo. Es así como el ocio pasó a formar parte del negocio. El tiempo libre, que antes era lo opuesto a la economía y podía parecer contraproducente laboralmente, pasó a formar parte del tinglado capitalista. Se conseguía así que la mayoría de la clase trabajadora, que no sentía mucha devoción por su trabajo, pudiera dar rienda suelta el fin de semana (así como en las vacaciones anuales) a sus auténticas pasiones. 
 
    En 1938, ante el aumento del desempleo durante la Gran Depresión, la semana laboral de cinco días se adoptó oficialmente en los Estados Unidos, aunque no se popularizó hasta después de la Segunda Guerra Mundial generalizándose al resto del mundo.
 
    ¿Podemos imaginar a estas alturas un mundo sin finde, sin la fiebre del sábado por la noche, sin sábado sabadete, camisa nueva y polvete, sin domingo de asistencia a misa o al estadio a ver el partido de balompié, sin el aburrimiento de una larga tarde de domingo ante la pantalla estupefaciente del televisor y sin un lunes frenético de vuelta al tajo y la rutina? 
 
     Hoy en día, sin embargo, es difícil precisar con exactitud dónde empieza y dónde termina el fin de semana, que no de la semana. Por un lado porque se va abriendo paso poco a poco la de cuatro días -predicha por primera vez por la lumbrera de Richard Nixon, nada menos, en 1956-, que se ha convertido en realidad, por lo que me cuentan, en los Países Bajos, donde los currantes trabajan una media de 32,1 horas semanales. (La española oficialmente es de 40 horas todavía, a razón de ocho por día, aunque en la práctica suele ser algo menor, rondando las 37,8 horas).  
 
    Los apologetas de la semana laboral de cuatro días y el finde de tres argumentan que la medida no tiene por qué suponer un descenso de la producción, si durante cuatro días se desempeña el mismo trabajo que antes en cinco, como sucedió con la reducción de Ford. 
 
    Con la implantación, por otro lado, del teletrabajo, bien entrados -a la fuerza nos ahorcaron- ya en el siglo XXI, se transforma el concepto de semana laboral y eso afecta también al fin de semana. Los telecurritos tienen un calendario técnicamente libre, pero tanto la mente como el ordenador personal están prácticamente en modo de espera, expuestos a la proliferación de correos electrónicos relacionados con el laburo y a la disponibilidad fuera del horario laboral de los teléfonos supuestamente inteligentes. Las telecomunicaciones hacen que vivamos con interrupciones constantes, por lo que es difícil encontrar tiempo tanto para concentrarse en el trabajo como para descansar de verdad desconectando.
  
 El clásico de Quino 
      Si a mediados del siglo XX, la caja tonta televisual concentraba la atención familiar en la sala de estar, hoy pasamos el sábado navegando cada cual por sus redes sociales en sus pequeñas pantallas individuales, y el domingo respondiendo correos electrónicos con el mismo dispositivo. Los rituales cambian; la sospecha de que el fin de semana se está arruinando persiste. Sin embargo, sobrevive, como sobreviven las vacaciones y la jubilación, cada vez más lejana para las jóvenes generaciones dado el aumento de la esperanza de vida laboral activa; sobrevive porque el ocio y el negocio son las dos caras de la misma moneda, aunque cada vez se diluyan y confundan más sus fronteras, y el ocio seguirá siendo siempre lo mejor que el negocio ha inventado para que siga existiendo la prostitución de la servidumbre laboral y que nadie ose cuestionarla.