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jueves, 12 de marzo de 2026

Persona busca personalidad (I)

    Leo en “Los orígenes del individualismo europeo” (Barcelona: Editorial Crítica, 1997), del historiador ruso Aaron Gurevich que en la antigüedad grecorromana el concepto de “persona” aún no se había forjado como tal porque no había una conciencia personal individual. Existía, en efecto, en latín una palabra 'persona', pero no significaba lo que hoy, sino 'máscara', la máscara del actor teatral, y, por extensión, el papel o posición social del personaje dramático que interpretaba en escena. 
 
    El hombre no se consideraba a sí mismo como personalidad, lo que sería una ridícula pretensión, y ni siquiera otorgaba a sus dioses humanizados que representaban fuerzas de la naturaleza (amor, fuego, guerra... ) tal categoría. Tenemos que adentrarnos en la Edad Media cristiana para encontrar textos en los que se dice que gracias al sacramento del bautismo el hombre se constituía como persona en la iglesia de Cristo. 
 
    Hoy en día, ya en pleno siglo XXI, es imprescindible, más que el sacramento del bautismo que le imponía al recién nacido la bendición o maldición de un nombre propio con el que cargar toda su vida, la inscripción laica en el registro civil para ser reconocido como persona o, más modernamente, como ciudadano y miembro de pleno derecho del estado nacional.
 
 
 
    El Nombre Propio era ya entre los antiguos romanos un distintivo masculino de ciudadanía. Constaba de tres nombres: el praenomen, nombre personal o de pila, elegido entre un repertorio (Gayo, Marco, Publio, Tito...), el nomen, que era el nombre del clan familiar al que pertenecía el ciudadano, algo como nuestro apellido, y el cognomen o sobrenombre, una especie de mote que se volvió hereditario como el nomen y que especificaba la rama familiar del clan. El derecho a los tria nomina diferenciaba a los ciudadanos de los extranjeros, y a los libres de los esclavos, que eran denominados por un mote como se hace hoy con las mascotas. Las mujeres, sin embargo, no tenían derecho a los tria nomina, como no tenían derecho al voto en las antiguas formas de democracia hasta llegar a la actualidad. Su nombre era el nomen de su padre terminado en -a: Así la hija de Gayo Julio César se llamó Julia, y la de Marco Tulio Cicerón, Tulia. Si tenían más de una, todas llevaban el mismo nombre colectivo.
 
    Hay dos etimologías espurias del término 'persona':
 
1ª.- La primera deriva del verbo personare 'resonar'. Esta explicación se remonta a la propia antigüedad. Ya un gramático como Gavio Baso la desarrolla en su tratado hoy perdido sobre el origen de los nombres, del que nos da noticia Aulo Gelio en sus Noches Áticas (V, 7,2): conjetura (Gavio Baso) que ese vocablo ('persona') se formó a partir de 'personare' (resonar) porque, dice, la cabeza y la cara están cerradas por todos lados por la cobertura de la máscara y solo queda una vía para la emisión de la voz, que no es vaga ni difusa, la cual empuja la voz condensada y concentrada hacia una única salida, y hace más claros y sonoros sus sonidos
 
    Hay una objeción filológica: la "o" de personare es breve mientras que la "o" de persona es larga, pero Gavio Baso se las apaña para sortearla ingeniosamente: Así pues, dado que ese revestimiento del rostro hace que la voz se aclare y resuene, por ese motivo se dijo persōna, con una ō más larga por la formación de la palabra
 
    Pero todavía cabe otra objeción: la palabra persona es mucho más antigua que el verbo personare, por lo que la relación con sonum 'sonido', raíz y base del verbo sonare y sus compuestos, es más remota e improbable. 
 
 
 
    Esta fue, sin embargo, la interpretación que triunfó en la Edad Media. De ella se hicieron eco, entre otros, nuestro Isidoro de Sevilla, Alain de Lille (dicitur persona a personando) y Tomás de Aquino. Este último comenta que la palabra surgió en el teatro antiguo, y dado que en las comedias y tragedias clásicas se representaba a hombres notables, el término persona se asoció enseguida a alguien que tenía dignidad o rango, de donde deriva el uso eclesiástico de llamar así a quien tiene dignidad dentro de la iglesia, y sobre todas las cosas, a Dios mismo,  que es uno y trino: tres personas distintas y un solo Dios verdadero en el dogma de la Santa Trinidad
 
    Así pues, durante el medievo "persona" era un término que se refería casi exclusivamente a Dios. Paulatinamente la persona divina irá determinando la persona humana individual. Es preciso llegar a la actualidad para que el fenómeno se generalice de Dios a todo dios, es decir, a todo el mundo, personalizándose todo lo imaginable, hasta lo impersonal. Como denunciábamos en una ocasión con un trabalenguas: En este tiempo tan impersonal todo está, paradójicamente, personalizado. ¿Quién lo despersonalizará? El despersonalizador que lo despersonalice buen despersonalizador será.  
 
 
 
2ª.- La otra falsa etimología, extendida sobre todo también en la Edad Media, decía que persona era una contracción de per se una ('una por sí misma'), subrayando la individualidad característica de la personalidad. Esta explicación carente de rigor filológico porque fonéticamente persona no puede derivar de per se unapertenece a un tipo muy común de falsa etimología filosófica, conceptual o especulativa que no intenta reconstruir el origen lingüístico real, sino expresar la esencia de la cosa nombrada: “una realidad que es una por sí misma”. Es decir, un individuo subsistente, no parte de otro.