Una de las primeras menciones literarias de la cítara la hallamos en la Ilíada de Homero, cuando Ayante y Odiseo visitan la tienda del heroico Aquiles “y halláronlo a él tañendo una cítara clarisonante, / linda, beltrecha, y de plata tenía la vara de trastes, / que había, al tomar la ciudad de Eetión ganado en su parte; / con ella alegraba su alma, y cantaba hazañas de grandes” (Ilíada IX, vv. 186-189, según la espléndida traducción en verso de García Calvo). Un detalle filológico importante es que el texto homérico no dice κιθάρα (kithára), cítara, sino φόρμιγξ (phórminx), forminge. La forminge era un instrumento arcaico de cuerda precursor de la cítara propiamente dicha, que utilizaban los aedos para acompañamiento de sus cantos. La cítara, que a menudo se confunde con la lira consagrada a Apolo y a las Musas, se diferencia de esta en que tiene una caja de resonancia de madera sobre la que se extienden las cuerdas en toda su longitud.
La palabra κιθάρα es también el origen de nuestra guitarra, vía árabe andalusí. Se conserva como cultismo bajo la influencia latina de cithara, cítara, acentuada como esdrújula por la ley de la penúltima. Cicerón escribe que “non omnes qui habent citharam sunt citharoedi”, no todos los que tienen una cítara son citaredos, que era el nombre de los que tañían el instrumento, proverbio que conserva la lengua catalana: "No tots els qui tenen la cítara són citaristes", que da a entender que poseer las herramientas o los medios no convierte a alguien en un experto en la materia.
La cítara es, por lo tanto, uno de los instrumentos de cuerda más antiguos de la historia de la música occidental, cuya melodía podía llegar a hacer que resucitaran los muertos, como logró Orfeo con el alma de su querida Eurídice, antes de perderla para siempre.
Durante la Antigüedad tardía y la Edad Media, el instrumento griego desapareció progresivamente, aunque su nombre sobrevivió aplicado a otros instrumentos de cuerda pulsada o percutida. A partir del siglo XVIII apareció en Europa central la llamada cítara alpina (Zither en alemán), un instrumento de caja plana con numerosas cuerdas tendidas sobre una tabla armónica. Esta es la cítara que hoy suele identificarse con tal nombre. Alcanzó gran popularidad en Austria, Alemania y regiones vecinas durante el siglo XIX, tanto en la música popular como en la de salón. La historia de este instrumento abarca más de dos
milenios, desde la kithára de los poetas y músicos griegos hasta la
Zither centroeuropea moderna, considerada el
piano del pobre por ser mucho más barata y portátil que el pianoforte. Se utilizaba mucho
en las tabernas de vino en Alemania y Austria.
Su fama internacional creció enormemente en 1949 gracias a la banda sonora de la película El tercer hombre, adaptación de la novela homónima de Grahan Green y dirigida por Carol Reed, compuesta e interpretada por Anton Karas, cuyo inconfundible sonido convirtió la cítara en un símbolo musical de la Viena de posguerra. Karas compuso el tema de Harry Lime para la película que ha tenido y sigue teniendo desde entonces una larga resonancia logrando que la cítara se volviera mundialmente famosa.
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Una
guitarra al sol de media tarde, antigua cítara de Apolo,
-gratuito regalo inesperado-, y una melodía que unas manos
sabias arrancan a las cuerdas de esa guitarra que llora y gime y canta
sus letanías en el parque, rasgando el silencio de la hora de
la siesta que sólo rompe el vuelo de gaviotas y palomas como si fuera
un suave velo de seda. Suena la música viva de una guitarra española que lleva
el arte en las venas y el eco de una lejana e íntima Andalucía en su
corazón.


