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jueves, 8 de octubre de 2026

Tú, ¿a quién vas a votar?

-¿Te has enterado de la convocatoria de elecciones generales? 
-No, no tenía ni idea... Yo vivo permanentemente desinformado.
-¡Qué felicidad la tuya!
-¡No me digas que ya estamos otra vez con esas! ¿No decían que no tocaban este año todavía, sino el que viene? 
-Sí, eso decían, pero ya ves, el 'fucking master' ha cambiado de opinión y las convoca ahora para finales del mes que viene. 
 -¡Oh no, cielo santo, la que se nos viene encima! ¡Van a empezar a prometernos tanto el gobierno como la oposición, que son las dos caras de la misma moneda, el oro y el moro! 
-De hecho, hay quien opina que la campaña electoral ha empezado ya el mismo día que se anunció la convocatoria. 
-Habrá que taparse los oídos para no oír el ruido insoportable. 
-¿A quién vas a votar tú, si puede saberse? 
-Claro que puede saberse y te lo voy a decir: Hace tiempo que resolví el dilema político de una manera muy sencilla: el día de los comicios yo me quedo en casita tan tranquilo. Yo no voto. Por dos razones, básicamente. 
 -¿Cuáles son? 
 -Una, porque las elecciones no sirven para nada efectivo. Tanto los que están en el gobierno ahora y quieren seguir estándolo, como los que esperan llegar a estarlo, son los mismos perros con collares diferentes por mucho que se presenten con distintas siglas, programas e ideologías.
  

 -Bueno, eso es lo que se discute en la campaña electoral; si son o no son los mismos, como tú dices, si es mejor votar a unos o a otros. Podríamos estar días enteros discutiéndolo, y no nos pondríamos de acuerdo. 
-Y la segunda razón por la que no voto, es porque si votas no tienes derecho a quejarte. 
 -No, eso es un disparate. Es justamente al revés. Tienes que votar porque, si no votas, otro elige por ti y entonces no tienes derecho a quejarte y a pedir que rindan cuentas. 
-Eso no tiene ninguna lógica. Hay que invertir ese argumento: Si depositas tu voto en una urna, no tienes luego derecho a quejarte porque has delegado tu representación no en alguien de carne y hueso sino en una lista de nombres propios ordenados jerárquicamente elaborada por un partido político, una lista cerrada en cuya elaboración no se te ha tenido en cuenta para nada. ¿Has elegido tú acaso a las personas que van en esa lista? 
-No, otro las ha elegido por mí. Digamos que el partido...  
-Luego no te quejes 
-Bueno, ese es el inconveniente de las listas cerradas, es cierto... 
-Pero es que si votas y eliges un partido que te represente y este no cumple o incumple las promesas electorales que motivaron tu elección, no puedes revocarlo. Tienes que esperar cuatro años, creo, para para hacerlo,  y votar a otro partido, generalmente opuesto, que también va a decepcionarte, porque una vez que alcanzan el poder no pueden hacer nada más que lo que está mandado porque los que mandan son los más mandados, son impotentes. Así que no tienes mucho derecho a quejarte si los has puesto donde están. 
-Bueno, puede que tu voto no haya ido a parar al saco del gobierno sino al de la oposición. 
-Es indiferente. Da lo mismo. Los votos de las urnas van a parar todos al mismo saco. 
 
-¿A qué saco, si puedes ser más explícito? 
-A la papelera. Yo, que no voté, que ni siquiera salí de casa el día de las elecciones ni se me ocurrió votar por correo tampoco, líbreme Dios o quien pueda de semejante extravagancia, no soy de ningún modo responsable de haber elegido a esos representantes que no representan a nadie, ni siquiera a sí mismos, y tengo, por lo tanto, todo el derecho del mundo a quejarme todo el tiempo que desee, del desastre que han causado los votantes y que no tiene nada que ver conmigo. Vergüenza me daría haberlos elegido. 
 
  
-Tu actitud no es muy democrática, que digamos. 
-Por supuesto que no. Yo no soy demócrata. 
-¡Acabáramos! Entonces eres... 
-¡Alto ahí, para el carro! No me digas lo que soy. 
-Sí, sí, si no eres demócrata es porque estás a favor de la dictadura y el fascismo.
-No, yo no he dicho eso. Yo lo que digo es que la democracia es la dictadura y el fascismo más perfectos que hay. 
-No votar en una hora tan decisiva como esta para España me parece una irresponsabilidad.
-Voy a decírtelo de una manera más positiva: yo, no votando como la mayoría, voto al candidato ideal, al más competente para ejercer el poder, al que no se va a dejar sobornar ni corromper, el único que va a resolver todos los problemas y que no va a crearlos para justificar luego que los resuelve, el único que va a cambiar el sistema, porque es el único que va a defender a la gente de a pie, y es, huelga decirlo: Nadie.

lunes, 5 de junio de 2023

Manifiesto del Partido Que No Existe (y II)

     ¿Cómo se puede formar parte del partido que no existe? No se expiden carnets ni hay militancia ni conscripción o servicio militar. Tampoco existe la figura del afiliado incorporado al partido como si fuera un miembro prohijado. Cualquiera forma parte del partido que no existe con tal de negarse a participar en las elecciones, renunciando tanto al derecho de sufragio activo como al pasivo, es decir negándose tanto a elegir como a ser elegido. 

    Contra el dogma fundamental democrático de que "una persona (o un hombre, como se decía antes, incluida la mujer) es un voto", del que estaban excluidos los menores de edad y los que no pertenecen al Estado correspondiente porque no tienen la nacionalidad, un voto que se expresa periódicamente cuando las autoridades lo requieren, el sentir popular nos advierte de que una persona no es un único voto, sino, al menos, dos: un voto a Dios y otro al Diablo, lo que hace imposible su contabilidad. Pero en esa contabilidad de que uno no puede votar más que una vez y expresar un único voto se basan las Juntas Electorales para realizar sus cómputos, por lo que los resultados de unas elecciones nunca podrán ser verdaderos. 

          El recuento de votos configura una mayoría, siempre relativa de individuos personales computados, que impone su gobierno a la totalidad, haciéndose valer la una por la otra, pero la mayoría es una masa de individuos personales que se han convertido en electores cediendo su soberanía para que se produzca la ilusión de un cambio que no es más que la sustitución de unos nombres propios por otros, de unas caras amables como aparecen en los carteles y en los anuncios publicitarios con una sonrisa de estúpida felicidad.

 
    Los miembros del partido que no existe no renuncian de este modo a participar en los asuntos públicos directamente, sino que renuncian a hacerlo indirectamente por medio de representantes elegidos en elecciones periódicas por sufragio universal, en las que la voluntad de una mayoría se impone de modo totalitario a la totalidad.  
 
     Somos conscientes de que por no existir el partido que no existe es el auténtico aglutinante de la voluntad popular, no vamos a decir que “representante” porque no aspira a ningún tipo de representación, pero sí que aglutina al pueblo que no se resigna sumisamente a convertirse en electorado. Por eso el pueblo es el gran ausente del parlamento, y por eso nunca ha habido ni podrá haber unas elecciones democráticas, dada la contradicción interna del término griego 'democracia' que aúna dos conceptos contrapuestos como son 'pueblo' y 'poder o fuerza' que se ejerce sobre él.
 

    Se ha dicho en alguna ocasión que el partido que no existe puede agrupar a casi el 40% del electorado, que no emite su voto en la urna electoral. Y se ha dicho que es normal ese porcentaje en cualquier régimen democrático, normalizándolo así. Pero hay un error en esa formulación: el partido que no existe no agrupa a casi la mitad del electorado, sino del pueblo, a esa parte del pueblo que se resiste a ser computada y a convertirse en electorado, dando su consentimiento al mandato de los delegados, por lo que es el partido del pueblo que no se cuenta y que, por lo tanto, tampoco se somete. El partido que no existe es el único que expresa -no que representa, porque no tiene ningún interés en la representatividad- la voluntad popular, la soberanía popular, mientras que el parlamento representa al electorado, que es el pueblo convertido en masa de votantes, un pueblo que no deja de ser un invento del gobierno convenientemente adoctrinado para  dejarse gobernar.

    Cuando un político elegido cada cuatro años dice que es un representante del pueblo, hace creer que él, que es un mero portavoz de los electores que le han confiado su voto, una minoría por muy mayoritaria que sea, es él personalmente la encarnación del pueblo que representa, cuando el pueblo, como conjunto, no puede ser partido en secciones, facciones, banderías, ni conscripto en censos electorales permanentes.  
 

    Cada cuatro años generalmente se considera que debe renovarse el fetiche de la representatividad, dada su fecha de caducidad, mientras que el poder se ejerce siempre sobre el pueblo, se basa en una ficción: que un gobierno y una cámara legislativa surgidos de la elección popular representan absolutamente la verdadera voluntad popular. Un parlamento nunca puede representar a un pueblo.

    Sólo el partido que no existe en la realidad puede hacer algo contra la realidad misma porque no forma parte de ella. Los partidos existentes, por el contrario, solo pueden sostenella y no enmendalla porque esa y no otra es la razón única de su existencia.
 
 

    Disculpa final por el uso y abuso del término 'partido' a lo largo del manifiesto, que es un sustantivo polisémico formado sobre el participio de perfecto del verbo 'partir', derivado de 'parte', que subyace bajo todos sus significados. Debajo de sus usos se halla la idea de partición de un todo o conjunto. En el caso de los partidos políticos ordinarios del derechas puede verse que son particiones o divisiones del conjunto del pueblo convertido en ciudadanía electoral de la que están excluidos los extranjeros y los nacionales menores de edad. Los que disienten de una determinada forma de hacer política se organizan en una facción distinta de la gobernante y concurren en las elecciones periódicas para obtener un respaldo mayoritario, siempre relativo, de la ciudadanía, y lograr que la mayoría se imponga a la totalidad. Los partidos políticos ordinarios son pues particiones, divisiones o facciones de la ciudadanía que aspiran a imponerse sobre la totalidad fomentando un cambio, que será solo nominal, que hará que todo siga igual al fin y a la postre. El partido que no existe, a diferencia de los partidos existentes, no aspira a eso, sino a todo lo contrario.

domingo, 4 de junio de 2023

Manifiesto del Partido Que No Existe (I)

    Hay un partido político, por así llamarlo, muy heterogéneo que agrupa a quienes no quieren delegar su poder en representantes o mandatarios que ejercen su gobierno sobre toda la población, y que toman decisiones en nombre de sus mandantes, según el fetichismo político del sistema democrático vigente que los convierte de delegados en gobernantes. 
 
    Podría decirse que dicho partido representa, valga la paradoja, a quienes no quieren que los represente nadie. Es este obviamente un partido extraparlamentario, que está, por lo tanto, fuera del arco del parlamento y que no aspira bajo ningún concepto a entrar en el hemiciclo, pero no es un partido marginal sino centrado en el rechazo de la representatividad. 
 
    No está constituido como tal partido político, ni aspira a estarlo, pero se constituye de alguna forma provisionalmente cada vez que alguien, como ahora nosotros, se pone a hablar de él, denominándolo, como hacemos aquí, el partido inexistente o, mejor aún, sacando la negación para que actúe claramente desde fuera del término, el partido que no existe. El hecho de hablar de él es su acto fundacional constituyente.  

Borregos, Paul Kuczynski (2013)

     Este partido se caracteriza porque no existe, como queda dicho, es decir, no está inscrito en el Registro de Partidos Políticos. No tiene nombre propio ni siglas ni logotipo ni ideología ni simbolismo. No hay ningún acta notarial que refleje su constitución donde figuren los promotores y consten sus datos personales su nombre propio y apellidos, número de documento nacional de identidad, domicilio, estado civil, profesión... y demás requisitos legales e imposiciones individuales.
 
    Tampoco tiene un domicilio social ni unos estatutos por los que regirse como los partidos ordinarios existentes, todos ellos de estructura jerárquica piramidal, pero este partido que no existe, como se ha dicho al principio, aunque no exista, lo hay,  está presente aquí y ahora, cada vez que alguien se pone a hablar de él y a darle voz. Se trata de un partido que cuenta, aunque no en el sentido del cómputo numérico, con una poderosa fuerza simpatizante que no delega su poder en ningún mandatario a través del sufragio universal: nosotros mismos, por ejemplo.
 
 
     A diferencia de los partidos políticos existentes, que son los partidos del derechas constituidos como tales (metemos en el mismo saco a los partidos tanto de izquierdas como de derechas, incluidas sus extremidades o las modalidades extremas de ambas, y a los que aspiran a ocupar el centro de ese falso espectro político), el partido que no existe es un partido del revés, contrapuesto a todos los existentes, que no se caracteriza por ninguna nota positiva, sino al contrario por las siguientes notas negativas: 
 
a) No presenta, ante la convocatoria de comicios electorales, ninguna lista cerrada de candidatos (pero tampoco se le ocurre caer en el error de proponer listas abiertas) ni para la cámara baja del Congreso ni para la alta del Senado, ni para elecciones autonómicas, municipales o europeas ni de ningún tipo posible, como los partidos ordinarios que aspiran a representación parlamentaria y que, según la vigente ley electoral, deben tener una composición equilibrada de mujeres y hombres, “de forma que en el conjunto de la lista los candidatos de cada uno de los sexos supongan como mínimo el cuarenta por ciento”, lo que por cierto contraviene la indeterminación sexual de aquellas personas que no quieran definirse como binarias.
 
b) No participa en ninguna campaña electoral, por lo que no pide el voto para ningún partido político o coalición, ni, por supuesto, para sí mismo. Tampoco pregona el voto en blanco ni el voto nulo,  ya que quien convoca unas elecciones somete al pueblo a la condición de electorado, y cuando los electores eligen entre los términos de la alternativa que se les oferta están sometiéndose a quien ha diseñado la alternativa. 
 
    Ante una convocatoria electoral el partido que no existe no da ninguna consigna a sus simpatizantes, simplemente, no se da por enterado. Los que mandan, que son en última instancia los más mandados, pueden preguntar lo que quieran a los que se dejan mandar cuando cumplen con el deber que se les ha inculcado por el bien común de responder a lo que les preguntan. En una sociedad democrática como la nuestra las alternativas que se ofrecen son indiferentes, y generalmente se reducen a dos opciones indistinguibles -al estilo norteamericano-, de ahí que el bipartidismo sea la perfección más cabal de la democracia: la derecha y la izquierda son las dos manos que utiliza, ambidiestro que es, indistintamente el Poder. 
 
 
c) El partido que no existe no cuenta con afiliados ni militantes entre sus bases, por lo que tampoco hay cuotas ni aportaciones económicas privadas reflejadas en una cuenta financiera abierta exclusivamente para dicho fin, como hacen los partidos del derechas. No se admiten tampoco donaciones de ningún tipo, por lo que no presenta cuentas que no tiene al Tribunal de Cuentas. El partido que no existe a diferencia de los partidos del derechas, no cuenta con recursos económicos procedentes de la financiación pública ni autonómica ni central, ni ordinarios ni extraordinarios, ni tampoco de la financiación privada, por lo que no recibe ni admite subvenciones ni del Estado ni del capital. 
 
d) El partido que no existe no cuenta con cargos directivos tales como presidente, tesorero, secretario general ni representante legal alguno, dado que sin ser un partido ilegal o contrario a la ley, es un partido alegal, ya que no está regulado ni prohibido por el ordenamiento de las leyes vigentes. El partido que no existe, como queda dicho, rehúye cualquier forma de organización jerárquica o vertical, como la que tienen los partidos ordinarios existentes.