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jueves, 13 de agosto de 2026

Pareceres CXX

590.- Fahrenheit 451. Galeno, el famoso médico griego cuyo nombre propio se ha convertido en sinónimo común de 'médico', coloquialmente 'matasanos', cuenta en su tratado Περὶ ἀλυπίας (Perì Alypías), 'De indolentia' en latín, y, entre nosotros, “Para evitar el sufrimiento”, la anécdota de un gramático, un tal Filides, que murió de pena tras perder su biblioteca en un incendio, probablemente el que tuvo lugar en Roma en el año 192 de nuestra era bajo el reinado del emperador Cómodo. Al convertirse la biblioteca en pasto de las llamas, toda su colección y el trabajo de su vida se desataron en cenizas. Cayó el gramático en una profunda depresión y tristeza que le llevaron a la muerte. El propio Galeno, que también perdió valiosos manuscritos, aplicó, sin embargo, la filosofía estoica que practicaba, sobreviviendo a la pérdida literaria y no dejándose derrumbar por la murria y la tristeza, como otros que vestidos de negro en señal de luto riguroso, andaban apesadumbrados y demacrados todo el día cual ánimas dolientes. Me recuerda la anécdota a la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y a la excelente película de Truffaut basada en ella, cuyo título evoca la temperatura a la que arde el papel de los libros en una sociedad en la que estaban prohibidos y los bomberos tenían la paradójica misión de quemarlos, contra lo que se rebelaban algunas almas piadosas que los memorizaban a fin de que sus palabras no fueran pasto del olvido y siguieran vivas en el aire contándoselas los unos a los otros. 
 

 591.- Desintoxicación digital. (“digital detox” en la lengua del Imperio). Cada mes de agosto se repite la misma fanfarria: desconectar para recargar las pilas dejando el teléfono supuestamente inteligente en un cajón, cerrar la maleta y desaparecer del mapa digital durante una semana o quince días a lo sumo, dejando de consultar el devocionario cotidiano para unos y espejito mágito para otros de sus usuarios, que sueñan con volver a lo analógico vintage desertando de lo digital. Hay retiros espirituales que obligan a sus clientes VIP,s. a depositar el móvil en su caja de seguridad nada más entrar en recepción y cabañas rurales sin cobertura de güifi (guaifai en la lengua del Imperio). Los adictos a las pantallas practican así durante unos breves días la desintoxicación digital, sabedores que son de que prescindir del apéndice móvil en la vida cotidiana es una utopía irrealizable. Es como hacer dieta poniéndose uno a régimen y dejando de comer durante una o dos semanas para a los pocos días volver a las andadas y recuperar los quilos perdidos con creces. Normalmente lo que consiguen estos periodos de abstinencia es lo contrario de lo que pretendían. Acaban acrecentando la ansiedad y logran que las ganas de consumir sean todavía mayores con la vuelta a la normalidad. 
 
  
592.- Influencers. Los influencers dominan las pantallas, definen mercados, dirigen campañas publicitarias, inauguran hoteles, restaurantes y chiringuitos, convierten un producto en un éxito de la noche a la mañana. Mercantilizan cada momento personal de sus vidas. Vemos a uno tomándose un autorretrato  frente al espejo de un portal, adoptando poses ridículas y forzadas. Ponen cualquier episodio de su vida en escena: todo lo que tocan lo convierte en "contenido". Hoteles, aerolíneas, cosméticos, moda, fabricantes de automóviles e incluso bancos los utilizan para sus campañas publicitarias. Ellos no crearon esta industria, sino las plataformas, los algoritmos, los anunciantes, las empresas, y, sobre todo, sus numerosos seguidores. Ningún influyente tendría influencia alguna si cientos de miles de personas no lo siguieran a diario de forma obsesiva. Pero la mayor paradoja es que todo el mundo dice estar harto de ellos, y sin embargo no deja de seguirlos. No solo aparecen en las pantallas. Están en todas partes, ubicuos, como Dios. en restaurantes. En playas. En hoteles. En museos. En aeropuertos. En cualquier lugar donde otras personas vayan a darse un chapuzón o a comer o picar algo o a tomar una copa y, de repente, se encuentran a alguien grabando y creando contenido. No es solo la proyección lo que molesta, sino la ocupación del espacio público. Cuando cada rincón del territorio se transforma en un estudio fotográfico improvisado, los demás sienten que participan involuntariamente en una producción que no eligieron, sienten, como los gitanos, que les están robando el alma. Pero lo más significativo de todo es que ha emergido el influyente que más contenidos crea en la actualidad: la presunta Inteligencia Artificial, que brinda desde consejos para la vida cotidiana hasta todo tipo de recomendaciones, por lo que si los influyentes de poca monta acaban desapareciendo, no se irá con ellos la economía de la atención de nuestra mirada, el bien más valioso de interné, su producto verdadero producto. 
  
593.- Móviles que arden. Las altas e inusuales temperaturas del verano, fruto del calentamiento global que conlleva el cambio climático, no solo nos afectan a nosotros, sino también a nuestros dispositivos electrónicos. No en vano el pasado mes de julio ha sido el más cálido de los últimos sesenta y cinco veranos, habida cuenta de las muchísimas hectáreas arrasadas y las muertes por calor que en el ruedo ibérico se dispararon a dos mil personas, aunque la causa de su defunción no conste en ningún certificado médico, duplicando así la cifra del año pasado. El teléfono supuestamente inteligente y móvil (¡cuánto más libres éramos cuando dependíamos de un teléfono fijo!), que ahora usamos y que en realidad nos usa a nosotros a diario para incomunicarnos, tomar fotos, navegar por internet y teletrabajar, puede presentar problemas si se expone demasiado al sol o al calor intenso durante mucho tiempo. La exposición directa al astro rey, especialmente en el salpicadero de un semoviente puede provocar que el dispositivo se achicharre muy rápidamente al recibir la luz solar intensa. Colóquelo a la sombra, protéjalo, envuélvalo o escóndalo. Déle un respiro. Si nota que empieza a calentarse, cierre las aplicaciones que consumen más energía, funciones como el GPS, el Bluetooth o los juegos, y hacen que suba su temperatura. No lo cargue cuando esté muy caliente, y espere a que se enfríe antes de usarlo. Y si tiene intención de fotografiar el evento astronómico del siglo, el Eclipse Total Solar, hágalo con el filtro especial diseñado para evitar la exposición a rayos ultravioletas e infrarrojos. 
 
 
594.- Guerras de religión: Parece que ante la presencia de “moros en la costa” algunos quieren renovar las guerras religiosas que enfrentan a moros y cristianos apelando a defender nuestra tradición cristiana contra el islam. Pero el «choque de civilizaciones» y «la defensa de la cristiandad en peligro» son una cortina de humo. El cristianismo, en este país, no corre el peligro de ser derrotado por ningún enemigo externo, porque se ha consumido por sí solo, año tras año, entre parroquias vacías, curas pederastas, catecismos reducidos a la nada y un clero que se dedica al márquetin pastoral. Resultan graciosos los ateos progresistas que se redescubren ahora como cristianos que quieren defender sus propias fiestas, arrostrando el calificativo de islamófobos racistas. Están fomentando una guerra horizontal, de los de abajo contra los de abajo, de los de aquí contra los foráneos que deja fuera de combate y al margen del campo de batalla a quienes han provocado deliberadamente esta situación de escasez y pobreza generalizada que obliga a muchas personas a huir de su país natal en busca de mejores horizontes. No hay ninguna civilización cristiana que defender frente al islam, porque la civilización cristiana ya no existe, y los que agitan el fantasma de las guerras de religión lo saben perfectamente: solo les sirve para desviar la atención de lo que importa, para inventarse un enemigo conveniente formado por marginados, por el producto de una inmigración desmesurada que poco o nada tiene que ver con el islam, sino con la auténtica religión de Dios que impera aquende y allende: el capitalismo.

martes, 14 de noviembre de 2023

Información y desinformación

    Puede decirse sin gran escándalo que para describir la realidad social acierta más la ciencia-ficción que la sociología o ciencia propiamente dicha de la sociedad. 

    Así, por ejemplo, Fahrenheit 451 la novela que Ray Bradbury escribió en 1953, cuyo título alude a la temperatura a la que arde el papel impreso, reflejó muy bien la represión de la censura y las quemas de libros que a lo largo de la historia se han venido produciendo. 

    Guy Montag, el personaje principal de la novela, encarnado en la película magistral que tanto me impresionó la primera vez que la vi, de François Truffaut (1966)por el actor Oskar Werner,  es el bombero que en lugar de apagar fuegos se dedica a provocarlos quemando libros porque hacen pensar y, al hacer pensar, alejan a los hombres de la felicidad. Pero en realidad es un bombero que apaga otros fuegos, los de la inteligencia. 

 

    Pero si tomamos a Guy Montag, independientemente de la evolución que sufre a lo largo de la película que lo lleva a amar los libros que quemaba, como representante de la represión y de la censura del pensamiento, podemos decir que Guy Montag hoy no es sólo el censor, sino el que trabaja en la producción de noticias, es decir, el periodista que inunda a la gente con una ingente cantidad de informaciones de arriba, provenientes de las altas esferas de la política y de la realidad. 

    Aunque ha cambiado la táctica, el objetivo sigue siendo el mismo: imponer las verdades oficiales, la versión autorizada y políticamente correcta del relato único y hegemónico, y tachar las contrainformaciones como fake news, reduciendo drásticamente la comunicación, que es la puesta en común de lo que pasa aquí abajo, saturar el deseo de saber con noticias de la realidad que, ficticia e impuesta como es, acaban siendo siempre esencialmente falsas.

 

    Distinguen los ingleses entre los conceptos de misinformation y disinformation. Ambos términos suelen traducirse a nuestra lengua como 'desinformación' sin más, pero hay un matiz importante en ellos que es la intencionalidad: disinformation es información falsa difundida deliberadamente adrede, sabiendo su falsedad, mientras que misinformation es información errónea que se difunde inconscientemente como verdadera. El resultado es el mismo, pero no la intencionalidad.

    Ahora, por ejemplo, sabemos que las vacunas de ARN mensajero contra la enfermedad del virus coronado cosecha 2019 no eran seguras ni eficaces como se nos repitió hasta la saciedad. Se trataba, por lo tanto, de una desinformación o información falsa: ¿misinformation o disinformation? ¿Tenían los laboratorios y los gobiernos la intención de engañarnos o lo hicieron sin querer porque confiaban en la bondad de sus productos?

    La sociedad actual no se caracteriza por el déficit de información, sino por el superávit. No se nos sustraen las noticias, se nos ofrecen hasta límites insospechados de hipertrofia, prueba de ello es que los canales televisivos y la Red Informática Universal están emitiendo las veinticuatro horas del día, y que apenas quedan zonas en el planeta que no tengan cobertura a donde no lleguen. 

 

    Sin embargo, como revela este vídeo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación en poco más de un minuto, el Gobierno de España lucha contra la desinformación, que es una de sus grandes preocupaciones, ya que "las plataformas digitales potencian sus efectos y su velocidad de propagación", dado que en los últimos años hay mucha información y mucha desinformación, y se presta especial atención -se dice allí- a la infodemia(sic)"provocada en las redes debido al COVID-19". Con este término se alude a la contrainformación, es decir a la crítica de la información oficial, que es la auténtica disinformation o desinformación deliberadamente difundida por los Gobiernos. En la lucha contra la desinformación resulta clave, se nos dice, "la colaboración con las empresas(!), la sociedad civil, los factcheckers (!) y las instituciones académicas". Queda bien claro, viendo esta publicidad o mejor propaganda orgánica institucional, que la lucha contra la desinformación que emprenden los gobiernos y las plataformas digitales afines es la vieja censura que ejercía Torquemada o el moderno Guy Montag en Fahrenheit 451, y que la auténtica desinformación (sin hacer distingos innecesarios entre mis- y dis-information)es la información oficial que se defiende de las críticas tachándolas de falsas, censurándolas y quemándolas, como en la película, a la temperatura a la que arde el papel como si fueran cosa del demonio.