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domingo, 28 de diciembre de 2025

Pareceres XCV

466.- Trastornos mentales. ¿No seremos todos enfermos mentales de hecho o en potencia? Todo es susceptible de catalogarse como enfermedad mental. La homosexualidad, por ejemplo, lo fue; ya no lo es porque ha sido excluida del SMS o sea de la Biblia de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, la obra de referencia mundial de los médicos del alma que se encarga de dictaminar cuáles son las enfermedades mentales y cuáles no, el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos de la psique. Establecer el límite entre normal y anormal es cada vez más difícil. Los norteamericanos han declarado ahora como “trastorno” la adicción a los ordenadores, al chat, a la cirugía estética... Todo puede ser considerado una patología mental. No lo pueden parar, y en realidad no quieren pararlo, porque es un gran negocio. Si determinada conducta es tipificada como trastorno psíquico, los laboratorios fabricantes de psicofármacos se frotan las manos. Si todo fuera considerado normal ¿de qué vivirían los psiquiatras? ¿curarían a los 'cuerdos' cuando ya no hubiera 'locos'? Lo peor de los trastornos mentales es que se consideran dolencias individuales, es decir, características de una persona. Por lo tanto el tratamiento es personal e intransferible. No se tiene en cuenta la causa. Me medican contra el estrés laboral, pero, si lo padezco, el problema no radica en las condiciones laborales de mi trabajo, sino en mí, que soy extremadamente sensible, por lo que hay que anestesiarme. Me recetarán psicorfármacos que paliarán los síntomas, pero no eliminarán, claro está, las causas que provocan el problema. Eso no interesa. Como tampoco interesa una reflexión sobre la locura del mundo contemporáneo. Si el problema está en el paciente, todo lo demás está bien: su entorno laboral, social, político y económico es perfecto. Estamos en el mejor de los mundos posibles, como dijo el otro. 
  
467.- Los cuatro descubrimientos de América. El descubrimiento apocalíptico de que uno es feo, o no tan guapo como creía, suele hacerse muy pronto, en la primera adolescencia, cuando uno se mira detenidamente en el espejo por primera vez y se fija en lo que ve con cierta objetividad. Uno descubre entonces sus, digamos, defectos físicos. Podemos reaccionar de dos formas o acomplejándonos por nuestra fealdad monstruosa para el resto de nuestros días y tratando de hacernos la cirugía estética, o, si renunciamos a tan drástico procedimiento, lo que es mejor, intentando aceptarnos como somos, y considerando lo relativos que son los cánones de belleza, y que lo feo es bello y lo bello es feo. El segundo descubrimiento de América que hacemos a lo largo de nuestra vida, poco después del primero, es que somos tontos, o no tan listos como creíamos que éramos o nos gustaría ser, lo que debería llevarnos a una cura de humildad y a no creernos depositarios de ninguna verdad o saber definitivo, intentando compensar nuestra necedad y falta de inteligencia con el estudio, la lectura, la curiosidad permanente y el desarrollo del sentido crítico que consiste, ante todo, en desalojar la fe de todas las certezas. Por si fueran pocas estas apocalípticas revelaciones, el tercer descubrimiento de América que uno hace a lo largo de su vida y que es el más tardío de los tres es que uno es viejo, o ya no tan joven como quisiera, lo que no tiene mucho remedio. Me refiero al envejecimiento físico de la calvicie o las canas, las arrugas a partir de los veinticinco, las patas de gallo a partir de los treinta y cinco, la papada a partir de los cuarenta y cinco…, envejecimiento que es natural y es de algún modo una etapa de la vida como el otoño es una estación, y, según se mire, una de las más bellas del año. Nunca es demasiado tarde si la dicha es buena, y se aprovecha el tiempo para no tener que hacer un cuarto y último descubrimiento de un nuevo mundo que de nuevo no tiene nada, que sería el peor con mucho y más nefasto de todos, y que consistiría en descubrir (¡ojalá no lo veamos nunca!), que cada año, cada semana y cada día y cada hora que pasa somos, en el peor sentido de las palabras, más feos, más necios y más viejos a la vez, porque no hemos hecho nada de lo que estaba a nuestro alcance para evitar la fealdad, la estupidez y la vejez espiritual. 
468.- La manosfera. El gobierno británico, según informa The Times, está interesado en iniciar clases especiales contra la misoginia en las escuelas como parte de su guerra contra la violencia masculina que se ejerce sobre las mujeres y las niñas “A todos los niños se les enseñará cómo respetar a las mujeres y a las niñas como parte del currículo escolar, según los planes del gobierno para “desplegar todo el poder del Estado” (“deploy the full power of the state”) para acabar con la violencia masculina y la misoginia”. ¿Resultará bueno “desplegar todo el poder del Estado” para erradicar la misoginia que se presupone inherente al varón? Es más que probable que el experimento resulte contraproducente. Sucede lo mismo con la histeria que hay contra la gripe estacional. Cada vez que el Estado nos dice que nos cuidemos poniéndonos la vacuna y la mascarilla lo que está haciendo es propagando el miedo y haciendo que nos volvamos hipocondríacos y paranoicos. Sucede lo mismo con el sexo y con la cuestión racial. Quieren normalizar tanto la aceptación homosexual y la racial que acaban fomentando el odio hacia los maricones y los negros. Se pretende que los niños no se radicalicen por obra de algunos misóginos adultos contra las mujeres y las niñas. Se habla de una manosfera, flagrante anglicismo, (machosfera, deberíamos decir nosotros) en línea que alimenta la misoginia extrema. Si se le dice a un niño que tiene que erradicar el odio hacia las niñas que siente, se conseguirá que el niño acabe sintiendo odio hacia las niñas y que crea que ese odio es natural, y que por eso quieren erradicárselo. Una educación feminista puede malinterpretarse enseguida viéndose como la imposición de un movimiento que, como reacción al machismo imperante, favorece a las mujeres por encima de los hombres, con lo que el feminismo sería un machismo pero al revés y desarrollaría, como antagonista de la misoginia, la misandria . 

469.- Apología del franquismo. Al parecer, un profesor de un Instituto de Educación Secundaria de Huelva ha hecho unas manifestaciones en clase que constituyen apología del franquismo, sentenciando cosas como que “con Franco se vivía mejor”, una afirmación que se oye a veces a gente mayor de setenta años que argumenta que algunas cosas malas que pasan ahora “con Franco no pasaban”: no había el problema del paro que hay hoy o la escasez de vivienda... Claro está que con Franco también pasaban otras cosas malas que hoy ya no pasan... La Ley de Memoria Democrática, aprobada en 2022, “obliga a incorporar en el currículo educativo la formación sobre la Guerra Civil, la represión franquista y la promoción de valores de libertad y de prevención frente a los totalitarismos”. La susodicha ley introduce multas y sanciones administrativas contra actos públicos que supongan exaltación o apología del franquismo, la dictadura o la represión. Sin embargo, el Código Penal vigente no contempla la apología del régimen franquista como delito específico, como sí sucede en Alemania con el nazismo, que es un delito. El Tribunal Constitucional ha defendido que la libertad de expresión permite incluso manifestaciones contrarias a los valores constitucionales, salvo que inciten a la violencia o constituyan un discurso de odio tipificado como delito. La susodicha ley no crea un nuevo tipo penal. Lo que sí castiga penalmente es la humillación a las víctimas de la dictadura, en línea con los delitos de odio ya existentes. En varias ocasiones se ha planteado reformar el Código Penal para incluir la apología del franquismo como delito, especialmente desde los partidos de izquierda. El problema es que, como advierten juristas y constitucionalistas, tipificarlo como delito podría chocar con la libertad de expresión. 
 
  
470.- Singles: Aumentan los singles (deberíamos escribir sínguels, sin complejos), que no es lo mismo que los solteros y los solterones, que son los solteros entrados en años, que no se han casado nunca. El anglicismo single está admitido por la docta Academia referido, en la marinería, a un cabo que se emplea sencillo cuando uno de sus extremos está atado al penol de la verga; ni siquiera está recogido el uso de single como disco sencillo, extracto de uno de larga duración, obsoleto ya tecnológicamente; pero coloquialmente se usa single como soltero “por opción”. El concepto de single (del latín singulus y por lo tanto relacionado con 'singular') engloba a cualquier persona sin pareja formal, tanto a los que no se han emparejado nunca, como a los separados, divorciados y viudos, que prefieren la soledad a la vida en pareja. En algunos países europeos como Italia una de cada tres familias es unipersonal. Crece el número de singles de retorno, que llaman, es decir, separados, divorciados, viudos que no quieren, como se decía antaño, “rehacer su vida” buscando otra pareja, y cansados de buscar su media naranja platónica prefieren amancebarse consigo mismos. Dicen que las mujeres se las arreglan mejor que los varones, que, en su mayor parte, no saben afrontar los aspectos prácticos de la vida cotidiana. Nadie conoce realmente a nadie. Nadie tampoco se conoce a sí mismo. Nadie conoce realmente a la persona que hay detrás de la fachada, que es su máscara.
 

viernes, 28 de enero de 2022

Saturno devorando a sus hijos

    Leo en las hojas parroquiales electrónicas de mi comunidad autónoma, o sea en la prensa de campanario, que los directores de los IES, o sea I(n)stitutos de Educación Secundaria de Cantabria, piden ayuda a la Consejería de Educación de dicha taifa (cito literalmente) “ante el incremento de los trastornos de la salud mental del alumnado como consecuencia de la situación 'muy convulsa' que sufre la sociedad desde hace dos años por los 'estragos' del Covid-19”. 
 
    Reclaman que se dote a los centros de la figura del psicólogo escolar y que se aumente la dotación del servicio de Orientación (vuelvo a citar de la hoja parroquial) "para dar la mejor respuesta posible a esta problemática latente y mejorar la atención psicológica en nuestros centros educativos". 
 
Saturno devorando a su hijo, Goya (1819-1823)
 
      No voy a entrar yo en la necesidad o no de dichos psicagogos y orientadores desorientados la mayoría de las veces que reivindican los directores de los i(n)stitutos, que también deberían atender al profesorado y a los propios equipos directivos. Me llaman más la atención las justificaciones que esgrimen para reclamarlos, como si el problema no fuera en gran medida con ellos, y no me refiero solo a los equipos directivos de los centros, sino a los profesores y padres, a los adultos en general. 
 
    Afirman los directores claramente que los trastornos mentales que sufren los adolescentes se deben a la situación muy convulsa provocada por los estragos del Covid-19. No son los estragos de la enfermedad del virus coronado, me parece a mí, los que han provocado la convulsión de la sociedad, sino las medidas restrictivas y draconianas que se han aplicado y se siguen implementando desde mediados de marzo del 2020 secundadas unánimemente por los medios de información, empeñados en la tarea de desinformar y de hacer que cunda el pánico en la gente. Una de ellas, a título de mero ejemplo:  la aconsejada utilización de los barbijos FPP2, los más caros en el mercado y los más seguros, según los expertos de los platós televisivos, porque no dejan entrar ni salir a los virus. Claro que tampoco dejan entrar ni salir el aire por lo que se hace difícil, si no imposible, respirar. 
 
Saturno devorando a su hijo, Daniele Crespi (1619)
 
     Son los protocolos sanitarios en los hospitales y los protocolos escolares dictados por las autoridades sanitarias y educativas respectivamente los responsables de los trastornos de los adolescentes, a los que comenzaron encerrando en sus casas -confinando, decían entonces con un eufemismo deleznable para referirse a lo que no era sino un arresto domiciliario, España se convertía en un enorme centro penitenciario-, obligando a llevar mascarillas en las aulas y a mantener ridículas distancias de 'seguridad', tomándoles la temperatura compulsivamente todos los días y haciéndoles creer que estaban enfermos porque podían estarlo o porque lo decía una prueba fraudulenta que no tiene ningún valor diagnóstico pero que se ha utilizado para diagnosticar la 'enfermedad' asintomática, cerrando aulas y aislando y poniendo en cuarentena a los 'positivos' como si fueran apestados, inculcándoles desde el primer momento que podían matar sin querer a sus abuelos y progenitores, y finalmente que tenían que inocularse una sustancia experimental, ellos que no tenían prácticamente ningún riesgo de contraer ni de trasmitir la dichosa enfermedad. 
 
Saturno devorando a uno de sus hijos, Rubens (1636)
 
     Parece que el sistema de enseñanza, o educativo, como prefiere autodenominarse él, ha decidido no querer saber lo que está pasando. ¿Cómo no van a estar trastornados los jóvenes y adolescentes, si lo estamos todos, inducidos como hemos sido a una psicosis colectiva delirante y paranoica? ¿Quién está en los cabales de su sano juicio? Pero es especialmente triste que ellos, los adolescentes, y los niños, cuyas sonrisas se han visto congeladas bajo las ridículas mascarillas, estén viviendo bajo una dictadura mediática y sanitaria que les ha inculcado que los besos y los abrazos son conductas de alto riesgo que tenemos que evitar si no queremos contagiarnos y matar a los mayores. 
 
    Somos precisamente los mayores los que hemos sacrificado la infancia y la adolescencia. Nunca antes se había visto una cosa igual, que una generación inmole a los más jóvenes haciéndoles literalmente la vida imposible para asegurar su supervivencia. Miento, se había visto, sí, en la mitología: Saturno, entiéndase Crono,  el titán, que ante el temor no sólo de ser destronado sino de sucumbir a manos de uno de sus hijos, un temor que le había sido inculcado por Urano y Gea, el Cielo y la Tierra respectivamente en la lengua de Homero, depositarios de la sabiduría, que era la ciencia de aquel momento, y del conocimiento del porvenir, los iba devorando a medida que nacían.  Ayudó a su madre a vengarse de su padre Urano, que abusaba constantemente de ella, utilizando la hoz que ella le dio para cercenarle los testículos que arrojó al mar, de donde nacería según una versión Afrodita. Crono ocupó su lugar en el cielo y se hizo dueño del universo, casándose con su hermana la titánide Rea. Los romanos lo identificaron a él con Saturno y a ella con Cibeles. 

       Numerosos pintores, a lo largo de la histoira del arte, han representado la escena de antropofagia en la que Crono devora literalmente a cada uno de sus hijos.  Por ejemplo, y dentro del Museo de El Prado, sin ir más lejos, tenemos los impresionantes lienzos de Goya y el de Rubens, más antiguo.
 
 

    En la época imperial, con la romanización del norte de África, Saturno se identificó con el gran dios cartaginés Ba'al Hammon, al que los cartagineses ofrecían sacrificios humanos de niños, precisamente, recién nacidos. Las nuevas generaciones eran sacrificadas en aras de la supervivencia de sus mayores.
 
     Saturno, pues, ha engullido a todos sus vástagos, antes de que alguno de ellos le arrebate el trono y la vida, contagiándole el virus letal que no ha visto nadie todavía pero que como Dios existe, y cómo y cuánto existe... todavía.