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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Con la jaula a cuestas

    No tenía noticia ni de la persona del ilustrador y pintor ruso Andrei Popov (1970-....), que dejó la carrera militar que había emprendido para dedicarse por completo al dibujo y la pintura, lo que dice mucho a su favor, ni de su obra, hasta que me llegó de forma casual e inesperada esta simpática y sencilla ilustración suya no carente de significado pese a ser una obra sin palabras, porque funciona como una parábola visual cargada de simbolismo. 
      Parece una fábula esópica en la que los animales -en este caso un pájaro- representan a las personas. Ese pájaro corre asustado, buscando refugio, no vuela porque no puede volar, cargando como va con su propia jaula a sus espaldas. En lugar de dejar la jaula atrás, la lleva consigo como si fuera su caparazón o coraza protectora. Esto simboliza cómo las personas a menudo son los guardianes de su propia prisión y esclavitud, sus propios carceleros. 
 
    El detalle más revelador del dibujo de Popov a mi modo de ver es que la jaula está abierta, lo que sugiere que el ave porta su propia jaula como si fuera su propia tumba. Quizá ha estado encerrada en ella y ha conseguido salir por su propia puerta, y, si se desprendiera de su peso y dejara de llevarla,  tendría la libertad de volar y escapar, pero... ha decidido cargar con ella, porque es su propiedad. 
 
    La jaula representa, no hay que ser muy espabilado para verlo, el confinamiento y la falta de libertad, obviamente, pero para el pájaro es también algo más, es la seguridad, es su hogar, dulce hogar, lo conocido y seguro frente a las inclemencias de la tormenta del mundo exterior que sugieren las líneas y trazos que hay de fondo, quizá viento, lluvia o ambas cosas... 
 
    Prefiere, pues, cargar con el peso de la jaula antes que enfrentarse a la libertad absoluta en un entorno que le resulta amenazante. El dibujo, como la fábula clásica y como toda la literatura, según lo clavó el poeta Horacio en una de sus sátiras, no habla de alguien ajeno a nosotros al que le pasa algo gracioso, sino de nosotros mismos.  ¿Quid rides? Mutato nomine de te / fabula narratur, '¿de qué te ríes? Si cambias el nombre, la historia habla de ti mismo'.

     Horacio lo decía a propósito de otra fábula, la de Tántalo, condenado en el Más Allá -es decir, aquí mismo- a un suplicio consistente en estar sumergido en unas aguas que le llegaban literalmente hasta el cuello, cuyo nivel descendía cuando él intentaba beberlas agachándose, y tenía al alcance de su mano y de su boca hambrienta y sedienta una rama cargada de frutos que se retiraban cuando pretendía alcanzarlos, condenado como estaba al hambre y la sed eternas, insaciables. Y Tántalo es un nombre propio, efectivamente, es decir, un pseudónimo o nombre artístico de un personaje de ficción, o sea, de nosotros mismos tantalizados como estamos.
 
    Visualmente, la jaula se asimila a una mochila pesada a sus espaldas. Sus barrotes representan esas cargas, obligaciones, traumas o estructuras sociales que lleva uno consigo y de las que se queja constantemente, pero que seguimos arrastrando a todas partes por costumbre o por la incapacidad de concebir una vida sin ellas y desprendernos así de lo que nos ata y nos apesadumbra.
 
    Buscando alguna otra creación de Popov, me sorprende esta, ahora que se acercan las parece que inevitables navidades. Esta podría servir para ilustrar el Cuento de Navidad de Charles Dickens y al entrañable señor Scrooge, el viejo cascarrabias que decide cerrarle la puerta al consumismo nativideño, pese a lo cual no dejan de colarse en su casa las ramas y las bolas policromadas del dichoso arbolito navideño...
 

domingo, 22 de mayo de 2022

Tantalizándonos

    El verbo 'tantalizar' es un calco del inglés tantalize (pronunciado tantaláis), atestiguado en la lengua de Chéspir desde 1597 como 'someter [a alguien] a un tormento consistente en ofrecer, a través de la vista o de promesas, algo deseado que no se puede conseguir''. En francés está registrado desde al menos 1755 tantaliser (pronunciado tantalisé) con el mismo significado. En castellano no está incluido todavía en el diccionario de la docta Academia, pero se usa con la acepción anglosajona y francesa como sinónimo de atormentar a alguien mostrándole placeres que no puede alcanzar.

    Un ejemplo de su uso en la prosa de Ernesto Sábato: Las palabras de la mesa, incluso las discusiones o los enojos, parecen ya reemplazadas por la visión hipnótica. La televisión nos tantaliza, quedamos como prendados de ella. Este efecto entre mágico y maléfico es obra, creo, del exceso de la luz que con su intensidad nos toma.

    ¿Cuál es el origen de este vocablo? Se basa en el nombre propio de Tántalo, uno de los míticos pobladores del Hades o infierno de los antiguos, castigado por los dioses a sufrir un hambre y sed eternas.

 

Tántalo con el agua al cuello intentando tomar las manzanas


    Tántalo es célebre en la mitología por el castigo que tuvo que sufrir en los Infiernos. Sin embargo no hay acuerdo entre los autores sobre cuál fue el motivo. De la descripción de su tormento hay también dos versiones: se hallaba en los Infiernos colocado debajo de una enorme roca que amenazaba siempre con caer, a modo de espada de Damoclés; pero que se mantenía en eterno equilibrio; o que, sumergido en agua hasta el cuello, no podía beber y calmar su sed porque el líquido elemento retrocedía cada vez que trataba de introducirlo en su boca (... a su barba llegábale el agua, / y, extenuado de sed, no podía llegar a catarla); y una rama cargada de manzanas pendía sobre su cabeza, pero si levantaba el brazo e intentaba tomar la fruta para saciar su hambre, la rama se levantaba bruscamente y quedaba fuera de su alcance. Es este último tormento el que más han reflejado las artes gráficas.
 
    La figura de Tántalo aparece quizá por primera vez en la historia de la literatura en la Odisea de Homero, concretamente en el descenso a los infiernos de Odiseo, o sea Ulises, donde nos lo presenta en estos hexámetros: Luego a Tántalo vi padeciendo penas amargas / puesto de pie en un lago que hasta el mentón le llegaba; / muerto de sed se veía, mas no conseguía saciarla; / pues cada vez que el viejo ganoso a beber se agachaba, / iba menguando el agua que huía, y entre sus patas / negra brotaba la tierra, que un genio divino secaba. / Y árboles de altas copas su fruto por cima le daban: / abarrotados perales, granados, pomar de manzanas, / dulces higueras de miel y olivos de olivas que cuajan. / Cuando el viejo quería alcanzar con su mano a tomarlas, / un vendaval las subía a las nubes encapotadas.
 

     Tántalo, Justin McElroy (diseñador gráfico)
 
     Lucrecio en su De rerum natura libro III, versos 980 y 981 se hace eco del castigo de la roca amenazante: "nec miser inpendens magnum timet aëre saxum / Tantalus, ut famast, cassa formidine torpens": ni Tántalo, el pobre, está -colgada en el aire- temiendo / la enorme roca que caiga, en vano helado de miedo. Reflexiona en ese texto Lucrecio sobre cómo los tormentos infernales, que de por sí son imaginaciones absurdas, trasladan las penas y miserias de esta vida al reino de los muertos. Por eso dice: "Y aquello, sin duda, todo que en los profundos infiernos / contado nos han que lo hay, todo en vida aquí lo tenemos".
 
    Viene a decirnos Lucrecio que el suplicio de Tántalo es nuestro propio suplicio. Sólo hay que cambiar el nombre de Tántalo por el nuestro propio, como nos advirtió Horacio en unos hexámetros de la primera de sus sátiras: Tantalus a labris sitiens fugientia captat / flumina – quid rides? mutato nomine de te / fabula narratur. El poeta lo dice bien claro: Tántalo quiere sediento beber de sus labios el agua / que huye. ¿Por qué sonríes? Cambiándole el nombre, de ti habla / esta historia.
 
 
 Tántalo, Giambattista Langetti (1625-1676)
 
    Eduardo Galeano escribió en "Lecciones de la sociedad de consumo" una reflexión penetrante sobre cómo la publicidad, o sea, la televisión, nos tantaliza: El suplicio de Tántalo atormenta a los pobres. Condenados a la sed y al hambre, están también condenados a contemplar los manjares que la publicidad ofrece. Cuando acercan la boca o estiran la mano, esas maravillas se alejan. Y si alguna atrapan, lanzándose al asalto, van a parar a la cárcel o al cementerio. Manjares de plástico, sueños de plástico. Es de plástico el paraíso que la televisión promete a todos y a pocos otorga. A su servicio estamos. En esta civilización, donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos, los fines han sido secuestrados por los medios: las cosas te compran, el automóvil te maneja, la computadora te programa, la TV te ve.
 
 
Tántalo y Sísifo en el Hades, August Theodor Kaselowky (c.1850)