Mostrando entradas con la etiqueta Göring. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Göring. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de abril de 2026

Pareceres CVIII

527.- La gente no quiere la guerra. Ya hablamos de ello en De lo que dijo un jerarca nazi. Herman Göring dijo al psicólogo que lo entrevistó en la prisión de Núremberg que la gente común y corriente no quería la guerra, pero que los dirigentes podían arrastrarla si lograban convencerla de que estaba siendo atacada y al mismo tiempo presentaban a los pacifistas como una seria amenaza para la patria (y para la propia paz y seguridad), a lo que su interlocutor le respondió que eso no podía suceder en un régimen democrático donde el pueblo tiene voz indirectamente a través de sus representantes y puede expresar su oposición a la guerra. Göring insistió en que, con voz o sin ella, el mecanismo funciona igual si se le mete miedo a la gente. La fuerza de esta argumentación no consiste en quién la expresó, sino en lo que revela. No justifica nada. No absuelve nada, pero demuestra, con fría claridad, cómo el poder establecido utiliza el miedo a través del lenguaje y la idea de una amenaza externa para empujar a individuos y a poblaciones enteras a tomar decisiones que, en circunstancias normales, si no estuvieran embargados por el miedo, nunca habrían tomado. Meses después, el jerarca y criminal de guerra nazi puso fin a su existencia, pocas horas antes de su ejecución dictada por el tribunal. La frase ha permanecido, no porque la dijera quien la dijo, sino porque recuerda una verdad incómoda: las guerras no empiezan solo con armas, suelen empezar con palabras que preparan a la gente para aceptarlas. 
  
528.- De identitate. La identidad ya sea nacional, ya sea individual o personal es la superstición moderna más poderosa que hay, un fetichismo en el sentido etimológico de la palabra: el término 'fetiche' es un galicismo que, al igual que nuestro 'hechizo', procede del latín facticium, que significa artificial, inventado, imitativo, hecho adrede-, con el doble significado de culto irracional a seres o entidades sobrenaturales y admiración exagerada hacia algo a lo que se le otorgan unas virtudes extraordinarias que a todas luces no posee. La identidad es, por lo tanto, una cárcel, un encasillamiento y una trinchera en la que nos refugiamos y a la que nos aferramos como si fuera un chaleco salvavidas, lo que le permite al sistema clasificarnos a través de sus algoritmos y controlarnos. La identidad nos define y, por lo tanto, nos delimita. El siglo XXI se ha revelado como el siglo de los fanatismos identitarios: religiosos, étnicos, nacionales, sexuales... La libertad no consistiría en cambiar de identidad, en transitar de una identidad a otra, sino en no tener ninguna casilla que nos defina porque no somos lo que creemos ni lo que decimos ser. No somos lo que nos define y lo que defendemos. Somos, más bien, el resultado siempre inacabado de otras cosas. Bajo esos ropajes impuestos, todos somos iguales. Convertir la identidad en destino es una forma de renunciar a la vida. No hemos dejado de ser esclavos. Solo hemos cambiado de amo. Ahora se llama identidad. 
 
 529.- La traicionera pipa de Magritte: Estamos ante un imagen del pintor surrealista belga René Magritte: una pipa de fumador, un óleo. Y una anotación escueta en la lengua de Molière: Ceci n’est pas une pipe: “Esto no es una pipa”. Pertenece a la serie que tituló: “La traición de las imágenes”. De eso se trata. Desde Platón sabemos que la imagen miente necesariamente siempre. La imagen no es la cosa que representa, es otra cosa. La palabra tampoco. Si lo que pintó Magritte no era una pipa, la palabra “pipa” tampoco lo es. Ni la imagen ni la palabra son la realidad, sino una representación de ella, que la trastrueca. Si hubiera escrito “Esto es una pipa” estaría mintiendo porque no nos hallamos ante una pipa, sino ante una imagen sugerente o representativa de una pipa. La traición de las imágenes radica en que son representaciones. Si me miro en el espejo o en una fotografía no me veo a mí mismo, sino mi imagen, que no es lo mismo. Es lo mismo que sucede con las palabras. La palabra “pipa” tampoco es una pipa. Porque de eso se trata. Desde Platón. La imagen miente. Por necesidad. Siempre. Eso dispara la razón humana hacia la paradoja esencial de los signos. Ni la imagen, ni tampoco siquiera las palabras, dan la realidad. Dan siempre y necesariamente una representación de ella. Que la trastrueca. 
 
 530.- La pistola de Chéjov: La pistola de Chéjov es un recurso narrativo que dicta que cada elemento en una historia debe ser necesario, significativo y, por lo tanto, imprescindible; si no contribuye a la trama, debe eliminarse. Popularizado por el escritor ruso Antón Chéjov, establece que si un objeto se muestra (ej. un arma en la pared), debe usarse después, por lo que en una narración deben evitarse detalles irrelevantes que distraigan al lector o espectador de la trama principal. Si se menciona una pistola es como si se desenfundara, y si se desenfunda, debe más tarde o más temprano dispararse. Se evita con este recurso la inclusión en un relato de elementos superfluos de relleno, palabrería innecesaria que no sirve ni al desarrollo de la trama ni a la caracterización de los personajes. La paja -los rastrojos- debe eliminarse para facilitar la siembra. ¿Que efecto produce la frase "Se sentaron a negociar con el dedo puesto en el gatillo por debajo de la mesa" sobre el resultado de la negociación? 
  
531.- No hay salvador supremo. La frase en inglés americano "There is no supreme savior" se traduce al castellano como "No hay un salvador supremo". Su significado se centra en la idea de que nadie por encima de uno mismo en singular o de nosotros, en plural, puede solucionar los problemas individuales o colectivos que tenemos de manera mágica o externa, enfatizando la responsabilidad propia. Respecto al ámbito personal la frase sugiere que hay que aceptar que cada cual es responsable de su propio destino por lo que no debe buscar ningún gurú o mesías que resuelva sus problemas; y por lo que atañe a la política, la frase deriva de la letra de “La internacional”, que en una de sus estrofas fomenta la idea de que la clase trabajadora debe liberarse a sí misma, en lugar de esperar a líderes que la liberen. En la letra original francesa escrita por Eugène Pottier aparece esta idea: “Ni Dieu, ni César, ni tribun, (“Ni Dios, ni César, ni tribuno”, pero añade a continuación: “productores, salvémonos nosotros mismos”). Ni en dioses, reyes ni tribunos: está el supremo salvador; / nosotros mismos realicemos/ el esfuerzo redentor. El mensaje es esperanzador porque aunque no hay salvador sí puede haber salvación por debajo de nosotros.