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jueves, 7 de mayo de 2026

"Le debemos un gallo a Asclepio".

(In memoriam Elías García Pérez, profesor de filosofía).
 
 
Si no me falla la memoria, hace la friolera de más de cincuenta años, cursando yo a la sazón quinto de Bachillerato de Letras, curso 1974-1975, asistí a mi primera clase de griego en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Mixto de Camargo. Entonces los institutos no se llamaban IES, como ahora, sino INEM, porque se pretendía que fueran centros de enseñanza y aprendizaje, no de educación. Ya conocía a la profesora, Margarita Martín Díaz. Durante el curso anterior, aquel cuarto, que era el último del bachillerato elemental, nos había dado clase de latín y había sido nuestra tutora. Yo había elegido letras porque me gustaba el latín, y, además, no se me daba mal. Pero lo que me viene a la memoria ahora, como si fuera ayer, fue la primera clase de griego de aquella profesora, que escribió una frase en la pizarra en un extraño alfabeto... Y entonces comenzó una fascinación que no ha terminado todavía. 


Eran las últimas y misteriosas palabras de Sócrates al afrontar el trance postrero de su condena a muerte:  "Oh Critón, a Asclepio le debemos un gallo". Era el primer texto griego que aprendíamos a leer y a escribir. Divinas palabras. Eran unas letras desconocidas que nos abrían a un mundo por un lado lejano y ajeno, pero por otro muy próximo. A la vez que aprendíamos los nombres de las letras y sus grafías mayúsculas y minúsculas, oíamos hablar de aquellos acentos agudos, graves y circunflejos, aquellas iotas suscritas, y aquellos espíritus suaves y ásperos, que habían dejado el recuerdo imborrable de una hache en nuestra lengua, y oíamos hablar por primera vez de Platón, que había escrito esa frase, y de Sócrates, que la pronunció pero que no había escrito nada por su parte, condenado a muerte por un tribunal democrático ateniense por corromper a la juventud y no creer en los dioses en que creía la ciudad, y de Critón, su amado discípulo, y del dios de la salud Asclepio o Esculapio, al que Sócrates encargaba consagrarle un gallo. Vuelvo a escribirlas ahora, tal como las aprendí: Ὦ Κρίτων, τῷ Ἀσκληπιῷ ὀφείλομεν ἀλεκτρυόνα.
 
Tal vez se trataba de un sacrificio de acción de gracias, quizá era una manera de desdramatizar la propia muerte. Aquella clase fue una experiencia inolvidable. Era como aprender a leer otra vez, aprender a leer en una nueva lengua hermética, pero a la vez muy nuestra; en una lengua en la que se ha dicho todo o casi todo lo que puede decirse e imaginarse. Aprender griego es descubrir la filología, el amor -filo- por las palabras -logos-, que son lo más valioso que tenemos, gratuito como es el lenguaje como el aire que respiramos, porque sirven para preguntarnos una y otra vez según la costumbre socrática qué son las cosas.

Viñeta de El Roto, aparecida en El País el 4 de julio de 2016

Georges Dumézil publicó un “divertimento” sobre las últimas palabras de Sócrates, que son las primeras palabras griegas que, casualmente, aprendí yo cuando empecé a estudiar griego clásico en mi bachillerato: “Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no os olvidéis”. No hay ninguna explicación satisfactoria del significado de esta frase.

La más habitual, pues se ha escrito mucho, es la de Lamartine, que la puso en verso como buen poeta que era:
¡A dioses que liberan, dijo, ofrenda debida!
¡Me han curado! -¿De qué? Diz Cebes. -¡De la vida!

Sócrates querría sugerir que la muerte es el remedio de la enfermedad que es la vida misma, cualquier vida humana, y como él ya está alcanzando ese beneficio pues se está muriendo después de haber tomado la ingesta de cicuta que empieza a hacerle efecto les pide a sus discípulos que se lo agradezcan a Asclepio consagrándole un gallo.



 
Dumézil no está de acuerdo con que la enfermedad de la que el dios de la salud Asclepio -Esculapio latino- ha curado a Sócrates sea la vida, otorgándole la muerte como remedio.

Dice Dumézil: “Asclepio no desempeña, en el mundo de los hombres, más que un único servicio. Sólo se ocupa de los enfermos; si pasan una noche acostados en su santuario, reciben allí, a través de un sueño, la receta que los curará”. 

Suele representarse a este dios con el báculo o la vara de Esculapio, un bastón por el que sube enroscada una serpiente, que, a diferencia del caduceo de Hermes, símbolo del comercio, no lleva alas.   

 
Estatua de Asclepio o Esculapio, dios de la medicina.

¿De qué enfermedad, de qué receta de cura se trata en el caso de Sócrates? He aquí la verdadera cuestión.

Hay quienes piensan que esta “ultima sententia” del filósofo no tiene mucho sentido, porque se trata de la última frase de un hombre que está moribundo bajo los efectos de un veneno letal como es la cicuta.

Otros creen que Sócrates quiere agradecer a Asclepio una especie de “curación por adelantado” al ahorrarle los achaques propios de la vejez matándolo cuando contaba setenta años. Pero Asclepio sólo cura las enfermedades actuales, declaradas, no las presuntamente futuras y por lo tanto inexistentes: no es un dios profiláctico.

Leo en Eva Cantarella que la americana Eva C. Keuls en su libro 'The Reign of the Phallus', publicado en Nueva York en 1985, y traducido al italiano como 'Il regno della Fallocrazia', considera que el gallo era un regalo típico entre homosexuales y avanza la hipótesis de que Sócrates, sátiro hasta el final, en el momento en que los efectos de la cicuta alcanzan el bajo vientre, descubre las ingles para mostrar, una erección provocada por la acción del veneno, con lo que la frase concordaría bien con la ironía socrática, como si les dijera a sus discípulos “mirad lo que me pasa en el trance postrero de mi muerte: una milagrosa erección contra la disfunción eréctil: agradecédselo a Asclepio”. 
 

Dumézil, sin embargo, que no conocía la tesis desmitificadora de la americana, opina que la curación que merece el sacrificio de un gallo a Asclepio no es la de Sócrates, sino la de Critón. Sócrates, como si fuera su médico, le ha hecho desembarazarse de una opinión errada, y éste ha recobrado la salud mental. Y no es que Sócrates posea la verdad, que no la tiene, pero es consciente al menos de su ignorancia. 

Critón quería que Sócrates escapara de la cárcel. Le habían él y otros amigos preparado la fuga. Consideraba Critón que la muerte de Sócrates era un mal. Y para él desde luego que lo era, porque se vería privado de su maestro y amigo. Pero Sócrates le hace ver lo mismo que a los jueces en su discurso de defensa: que pensar que la muerte es lo peor que le puede pasar a uno es una idea equivocada, lo que no quiere decir tampoco lo contrario, que sea lo mejor. Pero en ese trance él prefiere obedecer a las leyes de la ciudad y que se cumpla la sentencia de muerte que sobre él ha caído, consciente de que qué es lo mejor para los hombres “sólo lo sabe el dios”, o diríamos hoy con flagrante anacronismo “sólo Dios -con mayúscula como nombre propio que es- lo sabe”, es decir, nadie.

Marsilio Ficino tradujo las últimas palabras de Sócrates al latín: “O Crito, Aesculapio gallum debemus, quem reddite neque neglegatis”.

Se cumplía así el terrible silogismo que nos condena a los seres humanos a muerte: “Todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre, luego Sócrates es mortal”.