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viernes, 17 de julio de 2026

El filósofo pirata

Amador Fernández-Savater, “investigador, activista y filósofo”, según la entrevistadora Marga Durá, ya conocido por el libro que su padre Fernando Savater le dedicó, “Ética y Política para Amador” (1991), ha concedido una entrevista a La Vanguardia con motivo de la publicación de su libro “La batalla del pensamiento”, de la que entresaco, en primer lugar, su titular, que llama mi atención: “Sin ideas propias se vive en un mundo diseñado bajo requerimientos de otros”, que da a entender que hay que tener ideas propias, no vaya a ser que la Inteligencia Artificial, por ejemplo, se apropie de la capacidad que nos hace únicos: pensar. Pero pensar no es tener ideas propias, sino todo lo contrario: deshacerse poco a poco de ellas...
 
Amador prefiere autodefinirse como un filósofo... pirata, desmarcándose de la filosofía académica, quedándose con la otra, la que surge al margen de las instituciones educativas, que es un tesoro del que hay que reapropiarse una y otra vez, cual corsario bucanero Pata de Palo al abordaje. El libro que acaba de publicar habla, según leo en la sinopsis, del colapso de la salud mental, del del vínculo social, del de la relación con la naturaleza, por lo que parece un libro de autoayuda que propone una receta mágica: pensar, que es para él, aprender de nuevo a ver y a dirigir la atención, renombrar la realidad, una declaración subversiva de independencia, algo que cada vez se hace más cuesta arriba porque en los media se siembran opiniones personales, insistiendo en la obligación política de «tomar partido» en un espacio polarizado, como gustan de decir ahora, y manipulados en la vida cotidiana por los dispositivos tecnológicos que acaparan nuestra atención y percepción, convirtiéndonos en meros espectadores, consumidores de informaciones -todas ellas fake news- y en tertulianos en nuestra vida privada, siempre aislados y con miedo, lo que supone un caldo de cultivo para las ultraderechas.
 
 
Cuando la periodista le pregunta qué es pensar, piratea una definición de Albert Camus que le gusta mucho y dice: “Pensar es aprender de nuevo a ver y a poner atención”. En el arcón hemos pirateado otra definición que nos parece más acertada y de más hondo calado en Pensar a pesar de todos los pesares: Pensar es decir que no, debida a Derrida, que la tomó prestada del filósofo francés Alain, pseudónimo de Émile-Auguste Chartier (1869-1951). Sin embargo, en la respuesta de Amador hay algunos vislumbres de provecho, pero son precisamente los de índole negativa: “El saber, suministrado por la ideología, por un programa de la IA, por un argumentario de partido político, por un recetario de TikTok, obtura el pensar, lo bloquea”.
 
Para el filósofo pirata es necesario encontrar una voz propia, nuestro propio “daimon”. La entrevistadora aclara para ilustración de sus lectores que en la antigua Grecia era algo parecido a la voz interior, pero se le olvida decir que, en lo tocante a Sócrates, ese demonio o voz interior sólo sabía decirle que no, no afirmando nunca nada positivo. 
 
Cae Amador, a mi juicio, en el error de reivindicar la propiedad de las ideas: Hay que hacerse “una idea propia del mundo en que vivimos. Sin ideas propias se vive mal, se vive en el mundo diseñado por otros, bajo requerimientos que son los de otros. Pensar es activar lo propio”. Le recomendaría apropiarse de aquel fragmento de Heraclito que contrapone, precisamente, la idíe phrónesis (ἰδίη φρόνησις), el pensamiento propio o idiomático, personal o particular de cada uno, con el lógos xynós (λόγος ξυνός), la razón común: "Por eso conviene seguir lo que es general a todos, pues común es lo que es general a todos. Pero, aunque la razón es común, viven los más como si tuvieran una inteligencia propia particular". 
 
  
La conversación se pone interesante cuando la entrevistadora le hace una pregunta que conecta precisamente con lo que decimos de la opinión personal: “¿Por qué opinamos tanto si pensamos tan poco?” Y ahí reconozco que la respuesta de Amador es bastante útil: “Opinamos para darnos seguridad. Para cargarnos de razón. Para afirmar una posición. Para exhibir un saber. Para manifestar una superioridad. Para calmar la angustia de lo desconocido. Para formar parte de algo, del “bando” que opina esto o lo otro. El régimen de la opinión no tiene que ver con el pensamiento, sino con las identificaciones, con las consignas, con el ordenamiento del mundo. El opinador, como dice William Burroughs, es un “poseído”. Está tomado por un lenguaje que le habla y le piensa, mientras que él cree estar manejando”. 
 
Y en ese sentido despotrica contra las tertulias políticas que nos sirven los medios diciendo que nunca ha visto a un tertuliano cambiar de opinión ni dudar siquiera o vacilar. Cada tertuliano va a defender su propio punto de vista, tratando de vencer y derrotar a los otros tertulianos, quedando por encima de ellos.
 
Se le pregunta después sobre qué es el lenguaje brutalista (?) y cómo se combate, y responde que ese lenguaje es el que hablan los líderes de la ultraderecha “que tienen tanto éxito hoy”, enredándose a continuación con la política profesional internacional de los Estados Unidos. Se pregunta por qué tantos votantes demócratas votaban republicano, y elegían al chiflado de Trump, y elogia la campaña que hizo el aspirante a la alcaldía de Nueva York “enfrentándose a los poderosos con las manos prácticamente vacías”, de la que habla en su libro que, para mí, que no lo he leído, a partir de eso pierde totalmente el poco interés que despertaba, pese a los padrinos Albert Camus, William Burroughs, Guy Debord, Hannah Arendt, Ernst Bloch o Simone Weil de que se sirve.