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viernes, 29 de mayo de 2026

Don de lenguas

    La traducción es algo muy real y realizable y que, sin embargo, es imposible (traduttore traditore), como ya sospechaba el teólogo medieval inglés Alexander Hales, quien marcado por el mito de la torre de Babel, sostenía que no había equivalencia entre las lenguas, ya que estas no coinciden ni en su significado ni en su significante, por lo que el latín deus, y de ahí nuestro castellano Dios, no es el equivalente del hebreo Elohim, que en su origen era un plural alejado del monoteísmo, y sin embargo se tradujo al griego por Θεός (theós) y al latín por Deus, como si fuera lo mismo. Y no es lo mismo, diríamos nosotros también, Dios que Alá, dadas sus implicaciones religiosas cristianas e islámicas.
 
    Pero igual que sucede con el movimiento, no hay nada más real y realizable, que se practica cada dos por tres, y nada más imposible. La traducción de los Setenta (siglos III-II antes de Cristo), que es la primera versión que se hizo de una lengua a otra, ocupa un lugar privilegiado. Llamada así porque setenta sabios judíos, si no fueron setenta y dos, tradujeron la Ley hebrea al griego, no se vio como una simple traducción, sino como un segundo original sagrado que habrían sido inspirados por la divina providencia. 
 
  
    Si Babel había acabado con la lengua común, esta primera traducción demostraría milagrosamente que lo que se dice en una lengua puede decirse en otra con el mismo sentido. En cierto modo, la traducción de los Setenta, la Septuaginta, es el antecedente escrito del fenómeno oral de Pentecostés.
 
    El pasado domingo 24 de mayo se celebraba la festividad religiosa de Pentecostés. La palabra viene del griego πεντηκοστή (pentēkostḗ), que significa "quincuagésimo" (el día número cincuenta), que en el judaísmo más antiguo es la fiesta instituida en memoria de la Ley (los Diez Mandamientos) que Dios entregó al pueblo judío en el monte Sinaí y que en el cristianismo es la festividad que se celebra cincuenta días después de la Pascua de Resurrección y conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles a los que confiere el don de lenguas.
 
    En Los Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículos 1-14, leemos “Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos juntos en un lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse. Residían en Jesuralén judíos varones piadosos, de cuantas naciones hay bajo el cielo, y habiéndose corrido la voz, se juntó una muchedumbre que se quedó confusa al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos de admiración decían: Todos estos que hablan, ¿no son galileos? Pues ¿cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra propia lengua, en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, los que habitan Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las partes de Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios. Todos fuera de sí y perplejos se decían unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? Otros, burlándose, decían: Están cargados de mosto”. 
 
Pentecostés, El Greco (c. 1600)
 
    Los discípulos reciben el Espíritu y comienzan a hablar de modo que cada oyente los entiende “en su propia lengua”. El prodigio no consiste solo en hablar, sino en abolir la incomunicación entre hablantes de distintas lenguas. La diversidad lingüística permanece, pero deja de ser barrera. La frase central dice: “Cada uno les oímos hablar en nuestra propia lengua en la que hemos nacido”. Ahí está el núcleo: no una lengua universal impuesta, sino comprensión inmediata entre diferentes lenguas. 
 
    La IA de traducción simultánea persigue precisamente eso. Sistemas como Google Translate, DeepL o los modelos multimodales actuales intentan producir un “Pentecostés técnico”: que un chino, un gallego o un árabe puedan hablar y ser comprendidos instantáneamente sin abandonar su idioma. Tanto Pentecostés como la IA conservan la pluralidad de lenguas, evitando que todo termine reducido a un único idioma dominante, como podría ser en nuestros tiempos el inglés, la lengua del Imperio. El mensaje, sin embargo, que se transmite en todas y cada una de esas lenguas es el mismo: la grandeza de Dios. 
 
La Torre de Babel, Pieter Brueghel el Viejo (1563) 
 
    Recordemos el mito bíblico de la Torre de Babel: la diversidad lingüística de Babel era un castigo divino por la soberbia humana. La IA intenta revertir parcialmente esa dispersión lingüística, favoreciendo la xenoglosia. Hay, sin embargo, una diferencia sustancia: Pentecostés transmite las grandezas de Dios, mientras que la traducción automática transmite sobre todo información.
 
    Se había producido la traducción simultánea, gracias a la inteligencia artificial del Espíritu Santo que permite traducir voz o texto en tiempo real utilizando Inteligencia Artificial, que captura el audio original, procesándolo con redes neuronales avanzadas y emitiendo el resultado casi al instante no solo en forma de subtítulos o transcripciones escritas, sino con voz sintética o clonada del hablante en el idioma o idiomas deseados. 
 
    En Babel, la humanidad busca elevarse unida “hasta el cielo”; la consecuencia es la confusión de las lenguas y la dispersión. La diversidad lingüística aparece como ruptura de una unidad orgullosa. En Pentecostés, los hombres ya están dispersos y hablan idiomas distintos; el milagro consiste en que vuelven a comprenderse sin dejar de hablar sus propias lenguas. Babel multiplica las lenguas para separar a los hombres; Pentecostés las atraviesa para volver a unirlos, sin eliminar la pluralidad lingüística ni restaurar una lengua única: lo que se unifica es el contenido: predicar el evangelio de la grandeza de la obra y el espíritu de Dios.