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sábado, 30 de mayo de 2026

¿Disolver el parlamento o disolver el pueblo?

El resultado de una encuesta de opinión ha causado un enorme revuelo, según revela el periódico alemán Die Zeit: Según ella, el canciller teutón sería el jefe de Gobierno más impopular del mundo, ya que un setenta y seis por ciento de los encuestados estaban insatisfechos con su labor al frente de su gobierno de la nación, un índice de aceptación más bajo incluso que el del sheriff de los Estados Unidos. Pero no es un caso aislado, sucedería lo mismo con el primer ministro francés, el británico, el español, la italiana y un largo etcétera, cuya popularidad está muy por debajo de los votos recibidos en las elecciones generales que les otorgaron el poder.
 
La situación se puede resumir así: en ningún gran país europeo los representantes del pueblo cuentan en la actualidad con el respaldo de este, ya que tienen una tasa de rechazo, según las encuestas, superior al cincuenta por ciento. Da igual que sean de derechas o de izquierdas, conservadores o progresistas. ¿Qué está sucediendo?
 
Cuando se pregunta a los políticos qué piensan hacer para frenar la caída de su popularidad, contestan que Gobierno debe resolver los problemas que preocupan a la gente. Sin embargo, el hecho de que esto funcione cada vez menos no solo se debe a los políticos profesionales, sino también a los propios problemas que crean y amplifican los políticos con el fin de resolverlos. Las crisis ecológicas, económicas y geopolíticas son cada vez algo más frecuente en el siglo XXI. Dicho de otro modo: siempre hay alguna crisis de la que echar mano: alguna guerra, algún conflicto comercial, alguna pandemia, alguna catástrofe natural... Y la capacidad de los gobernantes para resolver los problemas que crean es cada vez menor, lo que hace que las expectativas de la población disminuyan también en cuanto a la resolución de los mismos.
 

Los políticos sufren algo que podría denominarse «demofobia política», es decir un miedo exagerado al pueblo. La palabra demofobia no está incluida en el diccionario de la docta Academia todavía, pero es un neologismo de impecable factura helénica fácilmente comprensible por todo el mundo, sólo que ahora es el “demos” de la democracia, es decir, el pueblo, o dicho mejor, la gente común, corriente y electora la que mete miedo a la clase política. Los ciudadanos, contribuyentes y votantes, consideran que los gobiernos están para resolver problemas y no para crearlos, y lo que descubren es justamente lo contrario: que el problema son los propios gobernantes. 
 
En el año del Señor de 1863, el entonces presidente estadounidense Abraham Lincoln definió en un celebérrimo discurso el republicanismo de los jóvenes Estados Unidos como «government of the people, by the people and for the people»: un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo
 
Pero ¿sobre quién se ejerce ese hipotético 'gobierno del pueblo' si no es sobre el propio pueblo, que se divide esquizofrénicamente en víctima y verdugo, es decir, en heautontimorúmenos? El «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» se ha convertido, en las democracias tardías en las que sobrevivimos, no en un gobierno del pueblo, que eso es un oximoro imposible, sino en un «gobierno para el pueblo, sin el pueblo», es decir, en el viejo lema del despotismo ilustrado del siglo dieciocho.
 
 
Hay un poema crítico, irónico y sarcástico de Bertolt Brecht titulado Die Lösung, ("La Solución"), escrito en 1954, poco después de la represión por el régimen comunista del levantamiento obrero, que viene muy al caso, donde se propone ante lo que hoy llamaríamos la desafección política de los ciudadanos hacia sus representantes elegidos democráticamente no la disolución del parlamento y del gobierno y la convocatoria de nuevas elecciones, como se hace habitualmente para renovar la máquina institucional,  sino la disolución del pueblo: que el gobierno, en quien recae la representación de la soberanía nacional, disuelva al pueblo y elija otro más a su medida a fin de gobernarlo: Tras el levantamiento del 17 de Junio / el secretario de la Unión de Escritores / mandó repartir panfletos en la avenida Estalin / en los que se leía que el pueblo / había perdido la confianza del gobierno / y que sólo con redoblado esfuerzo / podría recuperarla. ¿Pero no sería / más simple que el gobierno / disolviera al pueblo y / que eligiera a otro?
 
Se intercambiarían así los papeles y los representantes elegidos podrían elegir a sus representados electores, lo que haría que su tasa de aceptación y afecto popular aumentara considerablemente y estuviera muy por encima del cincuenta por ciento.     

miércoles, 4 de agosto de 2021

Cuatro cosas

Estado patibulario: En la segunda década del siglo XXI todos nos hemos convertido de la noche a la mañana en enfermos imaginarios de Molière, en pacientes, es decir, en soportadores de males y en, vamos a decir, padecientes, aunque no padezcamos en la inmensa mayoría ningún mal de hecho ni estemos enfermos, pero nos abruman con una infinidad de males en potencia que hay que prevenir si no queremos lamentarlo: todos somos enfermos en potencia porque podemos contagiar y contagiarnos. El Estado terapéutico sonríe satisfecho: ha conseguido doblegar a toda la población sometiéndonos a todo tipo de vejaciones con el nombre de tratamientos preventivos. En prevención de infecciones respiratorias graves nos aconsejan que dejemos de respirar... Somos incompatibles, pasivos patibularios. El Estado, impasible él, es el patíbulo, es decir, el tablado en el que se ejecuta la pena de muerte, mientras que nosotros, sus súbditos, somos los patibularios, los condenados al cadalso, carne de cañón. ¿Hasta qué punto la paciencia es una virtud? ¿Hasta cuándo, Ogro filantrópico, abusarás de nuestra paciencia? 

 
 
 
Reivindicación de la noluntad: El término “noluntad” no es invención mía. Está recogido en el diccionario de la docta Academia de nuestra lengua y definido, dentro de la jerga del ámbito filosófico, como “acto de no querer”. Su etimología remonta al latín tardío noluntas, noluntatis, que deriva del verbo nolo 'no quiero', creado por analogía con uoluntas, uoluntatis 'voluntad', derivado del verbo uolo 'quiero'. Me hago eco de una frase juvenil: “No sabemos lo que queremos, pero sabemos lo que no queremos”. Lo que empleando el término noluntad: no tenemos voluntad, pero sí noluntad. No queremos esto: lo malo conocido. Queremos lo bueno por conocer, lo hoy por hoy desconocido. 
 

 
Dos palabras odiosas: El sacrificio se presenta como salvación para escapar de la amenaza de muerte bajo la dictadura sanitaria de la bata blanca. Hay palabras aborrecibles que se oyen demasiado como “resiliencia” que pretende neutralizar con su connotación camaleónica y adaptativa la belleza insobornable, como dice Pedro García Olivo, de la palabra “resistencia”, mucho más noble porque es patrimonio popular. Otra que tal baila es “empatía”, que se usa como antídoto de la antipática “antipatía”, para corromper el sentido inmenso de la genuina “simpatía”.
 
 
Me matan: Ay, que me están matando. / Lamenta el pueblo, y canta / un cante, que encantando / los ánimos levanta. / Ay, que me estoy muriendo, / pero de ningún modo, / aunque me esté muriendo, / me muero yo del todo.