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jueves, 29 de octubre de 2026

El pueblo y "yo"

    En su libro autobiográfico de memorias Autorretrato en el estudio, ('Autoritratto nello studio', publicado en 2017), Giorgio Agamben le dedica unas palabras a nuestro gran poeta, aforista y amigo suyo José Bergamín (1895-1983),  al que llama Pepe. Gracias a él, que había pasado buena parte de su vida en el exilio, Agamben descubrió España: “Su Madrid, sin duda, el gris y la oscuridad del barrio de la vieja mezquita, y luego Sevilla y Andalucía, de sol deslumbrante”. 
 
  
    Gracias a él, Agamben reflexiona sobre el concepto de pueblo que no es "una porción numérica". Gracias a Pepe, comenta el filósofo italiano, conoció las "últimas huellas de algo así como un pueblo, ese pueblo-aldea que para él no era una sustancia sino siempre y sobre todo minoría: no una porción numérica, sino más bien lo que impide a un pueblo coincidir consigo mismo, ser todo. Y este era el único concepto de pueblo que podía interesarme. Recuerdo que un día me dijo que se había dado cuenta de que el pueblo español se había muerto antes que él y que ese era el momento más trágico de toda su vida. Sobrevivir al propio pueblo es nuestra condición, pero es, acaso, también la extrema condición poética”. 
 

    Sobre esto mismo acaba de volver Agamben recientemente en su última columna Il popolo innumerabile, un pueblo que no se deja reducir a número. En la democracia, viene a decir ahora Agamben en la columna susodicha, no hay pueblo que valga: el pueblo solo tiene sentido, escribe, si no es numerable o si es, si se prefiere decirlo así, innumerable: "si se puede contar, lo decisivo ya no es el pueblo como tal, sino una cantidad numérica, la llamada mayoría, en la que el pueblo se disuelve según el perverso mecanismo de las elecciones o los plebiscitos. El pueblo -al igual que el género humano- no es un conjunto formado por singularidades numerables: el carácter «popular» o «genérico» -es decir, el carácter político- debe pertenecer íntegramente al individuo como tal. Esto es lo que Marx intentó plasmar con el concepto de Gattungswesen («ser genérico»), que define a cada hombre y no a una cantidad numerable. En la medida en que cada hombre «se refiere a sí mismo como al género presente y vivo», este no puede ser una suma numérica de individuos, sino que es una realidad esencial y plenamente presente en cada uno. Si el pueblo, como ser genérico, se cuantifica, se divide no solo en una mayoría y una minoría, sino también en facciones, entre las que se establece necesariamente una guerra civil".
 
    Volviendo a Bergamín, Agamben le dedica el siguiente párrafo, poniendo de relieve su insobornable libertad y su carácter de poeta popular en el mejor sentido de la palabra: “La ligereza de Pepe -su legendaria frivolidad- residía toda en la cualidad volátil e insustancial de su yo. Era perfectamente él mismo, porque no era nunca él mismo. Era como una brisa, o una nube o una sonrisa: absolutamente presente pero nunca constreñido en una identidad (por esto la condición de inexistencia formal a la cual lo había obligado el gobierno español privándolo de sus documentos se condecía con él y lo divertía). Toda su doctrina del yo se resumía en un verso de Lope de Vega que le gustaba citar: “Yo me sucedo a mí mismo”. El yo no es sino este sucederse a sí mismo, “adentrarse” y “salirse de sí mismo” -o “enfuriarse” - como decía, incesantemente salir de sí y entrar en sí, faltarse y aferrarse, en última instancia, sólo a “un punto de la nada en que todo se cruza”, siguiendo, como escribía a propósito de su amado Lope, “el dictamen del aire que lo dibuja’’. Airoso, Pepe lo era: por eso amaba firmar en forma de pájaro”. 
 
    A Bergamín poeta le dedica Agamben estos versos: Sulla neve che intatta / traveste il paesaggio / tre gocce di sangue /  meravigliosamente. / Senza chiudere gli occhi / vicino e distante / un fremito d’ali / invisibilmente. Sus traductores al castellano, Rodrigo Molina-Zavalía y María Teresa D'Meza, los vierten magistralmente así en heptasílabos: "Sobre la nieve intacta / que enmascara el paisaje /  maravillosamente,  / vi tres gotas de sangre. / Y sin cerrar los ojos / sentí, cerca y distante, / aletear un vuelo / invisible en el aire".
 
 
    A Giorgio Agamben, por su parte, le envió José Bergamín este poema, fechado en la navidad de 1982 en Donosti: "El lenguaje que hablamos no es sonora / música del silencio; / es como un torbellino de palabras / que arrastra un fuerte viento. / Un mundanal ruido pesaroso / que sube del infierno; / y con sus muchos humos enmascara / las luces de su fuego".

domingo, 25 de octubre de 2026

Power has the people

    La cantante estadounidense Patti Smith, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Artes del año del Señor de 2026, ofreció a su paso por las Asturias de Oviedo, dos actuaciones para conmemorar el quincuagésimo aniversario de su primera actuación en España. El recital del Teatro Jovellanos, el 20 de octubre, organizado por la fundación que le otorgaba el premio, llevaba por título precisamente «50 años después». El acceso fue gratuito mediante la obtención de entradas por inscripción previa, agotándose las localidades enseguida. Debido a la altísima demanda, se organizó al día siguiente un segundo concierto, también gratuito, para dar cabida a las cinco mil personas que se habían quedado sin entrada, en el Palacio de Deportes de la Guía.
 
  
    Pero quizá el momento más emocionante se produjo el jueves 22 cuando unas tres mil personas sorprendieron a la propia Patti Smith cantando y coreando su mítico himno People have the power, para mí, por cierto, dicho sea de paso, la peor de todas sus canciones por lo que a la letra se refiere, en la antigua Fábrica de Armas de Oviedo. Varias corales asturianas y cientos de voces anónimas acompañaron a Patti, que cantó acompañada de su hijo Jackson y el músico de su banda Toni Shanahan, ambos a la guitarra acústica. Patti se emocionó y recordó que había escrito la canción con su esposo Fred 'Sonic' Smith, ya fallecido, el padre de su hijo Jackson y su hija Jesse, presentes ambos con ella en el escenario. 
 

      En ¿El pueblo tiene el Poder o El Poder tiene al pueblo? ya hablamos de cómo la madrina del punk, aquella que cantaba "Jesucristo murió por los pecados de algunos, pero no por los míos; estos me pertenecen a mí" y que recientemente visitó al Papa de Roma, se había acabado convirtiendo en la abuela de la democracia con su himno People have the Power, a lo que contraponíamos allí la fórmula del revés Power has the people, para subvertir directamente la letra de la canción y decir algo de verdad, denunciando el falso empoderamiento, en realidad dominación, del pueblo.
 
 
     Me dicen que la frase que propongo suena extraña en inglés, como si estuviera mal dicha y hubiera invertido el orden 'natural', pero suena igual de mal en castellano, porque no es políticamente correcta, porque se presenta como la antítesis exacta de la communis opinio de que bajo el Régimen democrático gobierna el pueblo, que es el mantra de la canción de Patti que tanto se ha coreado, y es por aquello de que una mentira que se repite una y otra vez nos resulta tan familiar que acaba pareciendo que tiene que ser verdad a la fuerza, pero no es cierto: es el Poder el que tiene a la gente, no la gente la que tiene el Poder, porque ¿para qué iba a quererlo la gente? 
 
    Al invertir el sujeto y el objeto, transformamos una proclama democrática en una poderosa denuncia sobre cómo el Régimen, el Poder, se ha adueñado de la población engañándola, controlándola y dominándola con su consentimiento, porque la contrafórmula que propongo a la consagrada “the Power to the people”, lo que indica en verdad es "the Power over the people", que el Poder recae sobre el pueblo, o, si se prefiere un sustantivo menos definido, sobre la gente, que así queda convertida en pueblo definido, ya sea español o marroquí, con una definición que es una jaula o un ataúd, como todas las definiciones, que encierra en este caso a la gente entre unas fronteras nacionales y bajo un régimen político.

sábado, 30 de mayo de 2026

¿Disolver el parlamento o disolver el pueblo?

El resultado de una encuesta de opinión ha causado un enorme revuelo, según revela el periódico alemán Die Zeit: Según ella, el canciller teutón sería el jefe de Gobierno más impopular del mundo, ya que un setenta y seis por ciento de los encuestados estaban insatisfechos con su labor al frente de su gobierno de la nación, un índice de aceptación más bajo incluso que el del sheriff de los Estados Unidos. Pero no es un caso aislado, sucedería lo mismo con el primer ministro francés, el británico, el español, la italiana y un largo etcétera, cuya popularidad está muy por debajo de los votos recibidos en las elecciones generales que les otorgaron el poder.
 
La situación se puede resumir así: en ningún gran país europeo los representantes del pueblo cuentan en la actualidad con el respaldo de este, ya que tienen una tasa de rechazo, según las encuestas, superior al cincuenta por ciento. Da igual que sean de derechas o de izquierdas, conservadores o progresistas. ¿Qué está sucediendo?
 
Cuando se pregunta a los políticos qué piensan hacer para frenar la caída de su popularidad, contestan que Gobierno debe resolver los problemas que preocupan a la gente. Sin embargo, el hecho de que esto funcione cada vez menos no solo se debe a los políticos profesionales, sino también a los propios problemas que crean y amplifican los políticos con el fin de resolverlos. Las crisis ecológicas, económicas y geopolíticas son cada vez algo más frecuente en el siglo XXI. Dicho de otro modo: siempre hay alguna crisis de la que echar mano: alguna guerra, algún conflicto comercial, alguna pandemia, alguna catástrofe natural... Y la capacidad de los gobernantes para resolver los problemas que crean es cada vez menor, lo que hace que las expectativas de la población disminuyan también en cuanto a la resolución de los mismos.
 

Los políticos sufren algo que podría denominarse «demofobia política», es decir un miedo exagerado al pueblo. La palabra demofobia no está incluida en el diccionario de la docta Academia todavía, pero es un neologismo de impecable factura helénica fácilmente comprensible por todo el mundo, sólo que ahora es el “demos” de la democracia, es decir, el pueblo, o dicho mejor, la gente común, corriente y electora la que mete miedo a la clase política. Los ciudadanos, contribuyentes y votantes, consideran que los gobiernos están para resolver problemas y no para crearlos, y lo que descubren es justamente lo contrario: que el problema son los propios gobernantes. 
 
En el año del Señor de 1863, el entonces presidente estadounidense Abraham Lincoln definió en un celebérrimo discurso el republicanismo de los jóvenes Estados Unidos como «government of the people, by the people and for the people»: un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. 
 
Pero ¿sobre quién se ejerce ese hipotético 'gobierno del pueblo' si no es sobre el propio pueblo, que se divide esquizofrénicamente en víctima y verdugo, es decir, en heautontimorúmenos? El «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» se ha convertido, en las democracias tardías en las que sobrevivimos, no en un gobierno del pueblo, que eso es un oximoro imposible, sino en un «gobierno para el pueblo, sin el pueblo», es decir, en el viejo lema del despotismo ilustrado del siglo dieciocho.
 
 
Hay un poema crítico, irónico y sarcástico de Bertolt Brecht titulado Die Lösung, ("La Solución"), escrito en 1954, poco después de la represión por el régimen comunista del levantamiento obrero, que viene muy al caso, donde se propone ante lo que hoy llamaríamos la desafección política de los ciudadanos hacia sus representantes elegidos democráticamente no la disolución del parlamento y del gobierno y la convocatoria de nuevas elecciones, como se hace habitualmente para renovar la máquina institucional,  sino la disolución del pueblo: que el gobierno, en quien recae la representación de la soberanía nacional, disuelva al pueblo y elija otro más a su medida a fin de gobernarlo: Tras el levantamiento del 17 de Junio / el secretario de la Unión de Escritores / mandó repartir panfletos en la avenida Estalin / en los que se leía que el pueblo / había perdido la confianza del gobierno / y que sólo con redoblado esfuerzo / podría recuperarla. ¿Pero no sería / más simple que el gobierno / disolviera al pueblo y / que eligiera a otro?
 
Se intercambiarían así los papeles y los representantes elegidos podrían elegir a sus representados electores, lo que haría que su tasa de aceptación y afecto popular aumentara considerablemente y estuviera muy por encima del cincuenta por ciento.     

miércoles, 4 de agosto de 2021

Cuatro cosas

Estado patibulario: En la segunda década del siglo XXI todos nos hemos convertido de la noche a la mañana en enfermos imaginarios de Molière, en pacientes, es decir, en soportadores de males y en, vamos a decir, padecientes, aunque no padezcamos en la inmensa mayoría ningún mal de hecho ni estemos enfermos, pero nos abruman con una infinidad de males en potencia que hay que prevenir si no queremos lamentarlo: todos somos enfermos en potencia porque podemos contagiar y contagiarnos. El Estado terapéutico sonríe satisfecho: ha conseguido doblegar a toda la población sometiéndonos a todo tipo de vejaciones con el nombre de tratamientos preventivos. En prevención de infecciones respiratorias graves nos aconsejan que dejemos de respirar... Somos incompatibles, pasivos patibularios. El Estado, impasible él, es el patíbulo, es decir, el tablado en el que se ejecuta la pena de muerte, mientras que nosotros, sus súbditos, somos los patibularios, los condenados al cadalso, carne de cañón. ¿Hasta qué punto la paciencia es una virtud? ¿Hasta cuándo, Ogro filantrópico, abusarás de nuestra paciencia? 

 
 
 
Reivindicación de la noluntad: El término “noluntad” no es invención mía. Está recogido en el diccionario de la docta Academia de nuestra lengua y definido, dentro de la jerga del ámbito filosófico, como “acto de no querer”. Su etimología remonta al latín tardío noluntas, noluntatis, que deriva del verbo nolo 'no quiero', creado por analogía con uoluntas, uoluntatis 'voluntad', derivado del verbo uolo 'quiero'. Me hago eco de una frase juvenil: “No sabemos lo que queremos, pero sabemos lo que no queremos”. Lo que empleando el término noluntad: no tenemos voluntad, pero sí noluntad. No queremos esto: lo malo conocido. Queremos lo bueno por conocer, lo hoy por hoy desconocido. 
 

 
Dos palabras odiosas: El sacrificio se presenta como salvación para escapar de la amenaza de muerte bajo la dictadura sanitaria de la bata blanca. Hay palabras aborrecibles que se oyen demasiado como “resiliencia” que pretende neutralizar con su connotación camaleónica y adaptativa la belleza insobornable, como dice Pedro García Olivo, de la palabra “resistencia”, mucho más noble porque es patrimonio popular. Otra que tal baila es “empatía”, que se usa como antídoto de la antipática “antipatía”, para corromper el sentido inmenso de la genuina “simpatía”.
 
 
Me matan: Ay, que me están matando. / Lamenta el pueblo, y canta / un cante, que encantando / los ánimos levanta. / Ay, que me estoy muriendo, / pero de ningún modo, / aunque me esté muriendo, / me muero yo del todo.