En su libro autobiográfico de memorias Autorretrato en el estudio, ('Autoritratto nello studio', publicado en 2017), Giorgio Agamben le dedica unas palabras a nuestro gran poeta, aforista y amigo suyo José Bergamín (1895-1983), al que llama Pepe. Gracias a él, que había pasado buena parte de su vida en el exilio, Agamben descubrió España: “Su Madrid, sin duda, el gris y la oscuridad del barrio de la vieja mezquita, y luego Sevilla y Andalucía, de sol deslumbrante”.
Gracias a él, Agamben reflexiona sobre el concepto de pueblo que no es "una porción numérica". Gracias a Pepe, comenta el filósofo italiano, conoció las "últimas huellas de algo así como un pueblo, ese pueblo-aldea que para él no era una sustancia sino siempre y sobre todo minoría: no una porción numérica, sino más bien lo que impide a un pueblo coincidir consigo mismo, ser todo. Y este era el único concepto de pueblo que podía interesarme. Recuerdo que un día me dijo que se había dado cuenta de que el pueblo español se había muerto antes que él y que ese era el momento más trágico de toda su vida. Sobrevivir al propio pueblo es nuestra condición, pero es, acaso, también la extrema condición poética”.
Sobre esto mismo acaba de volver Agamben recientemente en su última columna Il popolo innumerabile, un pueblo que no se deja reducir a número. En la democracia, viene a decir ahora Agamben en la columna susodicha, no hay pueblo que valga: el pueblo solo tiene sentido, escribe, si no es numerable o si es, si se prefiere decirlo así, innumerable: "si se puede contar, lo decisivo ya no es el pueblo como tal, sino una cantidad numérica, la llamada mayoría, en la que el pueblo se disuelve según el perverso mecanismo de las elecciones o los plebiscitos. El pueblo -al igual que el género humano- no es un conjunto formado por singularidades numerables: el carácter «popular» o «genérico» -es decir, el carácter político- debe pertenecer íntegramente al individuo como tal. Esto es lo que Marx intentó plasmar con el concepto de Gattungswesen («ser genérico»), que define a cada hombre y no a una cantidad numerable. En la medida en que cada hombre «se refiere a sí mismo como al género presente y vivo», este no puede ser una suma numérica de individuos, sino que es una realidad esencial y plenamente presente en cada uno. Si el pueblo, como ser genérico, se cuantifica, se divide no solo en una mayoría y una minoría, sino también en facciones, entre las
que se establece necesariamente una guerra civil".
Volviendo a Bergamín, Agamben le dedica el siguiente párrafo, poniendo de relieve su insobornable libertad y su carácter de poeta popular en el mejor sentido de la palabra: “La ligereza de Pepe -su legendaria frivolidad- residía toda en la cualidad volátil e insustancial de su yo. Era perfectamente él mismo, porque no era nunca él mismo. Era como una brisa, o una nube o una sonrisa: absolutamente presente pero nunca constreñido en una identidad (por esto la condición de inexistencia formal a la cual lo había obligado el gobierno español privándolo de sus documentos se condecía con él y lo divertía). Toda su doctrina del yo se resumía en un verso de Lope de Vega que le gustaba citar: “Yo me sucedo a mí mismo”. El yo no es sino este sucederse a sí mismo, “adentrarse” y “salirse de sí mismo” -o “enfuriarse” - como decía, incesantemente salir de sí y entrar en sí, faltarse y aferrarse, en última instancia, sólo a “un punto de la nada en que todo se cruza”, siguiendo, como escribía a propósito de su amado Lope, “el dictamen del aire que lo dibuja’’. Airoso, Pepe lo era: por eso amaba firmar en forma de pájaro”.
A Bergamín poeta le dedica Agamben estos versos: Sulla neve che intatta / traveste il paesaggio / tre gocce di sangue / meravigliosamente. / Senza chiudere gli occhi / vicino e distante / un fremito d’ali / invisibilmente. Sus traductores al castellano, Rodrigo Molina-Zavalía y María Teresa D'Meza, los vierten magistralmente así en heptasílabos: "Sobre la nieve intacta / que enmascara el paisaje / maravillosamente, / vi tres gotas de sangre. / Y sin cerrar los ojos / sentí, cerca y distante, / aletear un vuelo / invisible en el aire".
A Giorgio Agamben, por su parte, le envió José Bergamín este poema, fechado en la navidad de 1982 en Donosti: "El lenguaje que hablamos no es sonora / música del silencio; / es como un torbellino de palabras / que arrastra un fuerte viento. / Un mundanal ruido pesaroso / que sube del infierno; / y con sus muchos humos enmascara / las luces de su fuego".










