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miércoles, 24 de abril de 2024

Guerra higiénica (I)

    La cosa, si no recuerdo mal, empezó hace cuatro años cuando los gobiernos le declararon la guerra al famoso virus. Recordemos las palabras del presidente francés: Nous sommes en guerre (contre le virus). Hace cuatro años el enemigo era el virus, el virus chino, se decía, otorgándole una denominación de origen bárbara, ajena al Occidente grecorromano y cristiano. 
 
    El presidente español declaró, como el francés y tantos otros de la vieja Europa, el estado de alarma, y más tarde, el toque de queda, que denominó con el ridículo eufemismo rimbombante  de “restricción de movilidad nocturna” porque según él lo de “toque de queda” era algo cutre, una expresión trasnochada, de otros tiempos, de cuando la guerra. Nos ocultaba capciosamente así que la guerra era aquello mismo que estábamos viviendo entonces y no otra cosa, y esto mismo que estamos viviendo aquí y ahora, esta paz. 
 
       Para hacernos olvidar que la guerra era orgüelianamente la paz, hace dos años, además, retransmitieron la película de larga duración La Guerra de Ucrania, que oficialmente había comenzado con la invasión rusa el 22 de febrero de 2022, pero verdaderamente llevaba un recorrido mucho más largo sobre el terreno.  El zar ruso, se dijo medio en serio medio en broma, había conseguido acabar con el virus, convirtiéndose en el nuevo virus contra el que había que luchar. 
 
     Bob Moran, en la que es sin duda una de sus mejores viñetas, representó magistralmente este cambio de decorado. De un escenario teatral desaparecía el atrezo de la pandemia, el rótulo mismo de la palabra "pandemic" en inglés,  que era rápidamente sustituido por la utillería de guerra  y la palabra correspondiente en la lengua de Chéspir, que es "war", que a partir de ahora iba a estar enfocada en primer plano en el centro del escenario, bajo la batuta del director de orquesta.
 
    La guerra era la higiene que se imponía por doquier, haciéndose realidad las palabras del Manifiesto Futurista (1909) de Marinetti, que se anticipó a las dos guerras mundiales del siglo XX y a todos los manifiestos de las vanguardias artísticas: Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer.  
 
    La guerra se ha glorificado declarándola bajo el manto de la higiene -sanitaria en el primer caso y democrática en la lucha contra los regímenes totalitarios de las potencias emergentes que ponen en peligro la hegemonía de la alianza atlántica-, y en ese sentido se glorifica constantemente la labor del ejército -el militarismo- y el patriotismo deportivo. Marinetti, que sentenció que un automóvil cualquiera era más bello que la Victoria de Samotracia,  quería glorificar el gesto destructor de los anarquistas que ponían bombas, el terrorismo, que lejos de atentar contra el sistema lo que hacía era, como se ve, fortalecerlo. Y lo que se glorifica de ese modo son las ideas que matan porque son las que dan sentido a la vida, los nuevos dioses que exigen sacrificios humanos por los que se debe morir, y también el desprecio de la mujer, que va de la mano de su poderío o empoderamiento que las equipara a los varones.  
 
     
    Otra viñeta de Bob Moran representa lo que parece la caricatura de Winston Churchill habida cuenta de su puro y sombrero emblemáticos pintando en un lienzo la blanca paloma de la paz con la rama de olivo en el pico  con unos botes de pintura que son:  sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor, haciéndose eco de su famosa frase: I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat ("Sólo puedo ofrecer sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor"). Viene a ser una expresión moderna de la justificación que ya se dio desde los romanos de la guerra: si uis pacem, para bellum: si quieres la paz, dispara la pistola.