Si no era ya harto ridículo llamar a los ciegos invidentes, como hacen algunos con no poca pedantería, empleando el
lenguaje para ocultar la realidad, y no llamando a las cosas por su nombre (al pan pan, y al vino vino), vicio que ya denunció Quevedo entre nosotros (“Por
hipocresía llaman al negro, moreno; trato a la usura; a la putería,
casa; al barbero, sastre de barbas y al mozo de mulas, gentilhombre del
camino”*), he aquí el eufemismo políticamente corregido, mejor que “correcto”, o sea, la corrección política aplicada al eufemismo: discapacitados visuales.
Y dando un paso más aún, en pro del
lenguaje incluyente, para que no se sientan excluidas las mujeres, que
no tendrían por qué sentirse así ni ofenderse, habida cuenta de que nos
hallamos ante un uso no marcado del género gramatical masculino que
incluye al femenino, pero algunas se sienten privadas de mención e
invisibilizadas, según afirman: personas discapacitadas visuales, o su variante estilísticamente alternativa: personas con discapacidad visual.
Viñeta de Alberto Montt
Así, podemos leer aberraciones escritas como esta joya: “Por suerte, la naturaleza que es sabia, hace que las personas discapacitadas visuales
desarrollen mucho más el resto de sus sentidos, el del oído, el del
olfato y, por supuesto, el del tacto.” O esta otra: “En España, son
70.000 las personas discapacitadas visuales afiliadas a la ONCE”,
en la que, por cierto, es de agradecer que se mantenga el acrónimo
ONCE, cuya “c”, como se sabe, es la letra inicial de “ciegos”: Organización Nacional de Ciegos de España.
Supongo que, aplicando el mismo criterio, a los sordos se les acabará llamando discapacitados auditivos,
y para que quede claro que no excluimos a las sordas cuando hablamos de
“discapacitados” usando el masculino como término marcado, mejor: personas discapacitadas auditivas o con discapacidad auditiva,
expresiones que, feas como ellas solas como demonios, atentan a todas
luces contra el principio de economía del lenguaje y contra el buen
gusto y la sencillez a la hora de hablar y de escribir.
Recordemos aquella joya del eufemismo que nos brindó nuestro gobierno progresista cuando impuso, durante el cuarto estado de alarma, el toque de queda desde las once de la noche hasta las seis de la mañana por razones 'sanitarias' -el virus no dormía, sino que trasnochaba- pero no quería denominarlo así, ya que era un término obsoleto de los tiempos de Maricastaña, sino con el sesudo hallazgo terminológico que camuflaba la realidad que imponía. Decía el presidente del gobierno haciendo lo que según él era un ejercicio de pedagogía (sic): "Creo que podemos ir acuñando todos una expresión más contemporánea, que nada tiene que ver con lo que
representa el ‘toque de queda’ para generaciones con más experiencia y más vida a sus espaldas. Esto es una ‘restricción de movilidad nocturna’. Nada tiene que ver con el ‘toque de queda’, que tiene otra serie de componentes y significados en la mente de todos".
oOo
NOTA.- Hurgando en la obra de Quevedo no
encuentro esta frase, tan repetida en interné, escrita como tal. Se
trata de una abreviación de este párrafo de los Sueños, que prefiero citar completo: Pues
todo es hipocresía. Pues en los nombres de las cosas ¿no la hay la
mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado.
El botero, sastre del vino, porque le hace de vestir. El mozo de mulas,
gentilhombre de camino. El bodegón, estado; el bodegonero, contador. El
verdugo se llama miembro de la justicia; y el corchete, criado. El
fullero, diestro; el ventero, güésped; la taberna, ermita; la putería,
casa; las putas, damas*; las alcagüetas, dueñas; los cornudos, honrados.
Amistad llaman al amancebamiento; trato a la usura; burla a la estafa;
gracia, la mentira; donaire, la malicia; descuido, la bellaquería;
valiente al desvergonzado; cortesano al vagamundo; al negro, moreno;
señor maestro al alabardero; y señor doctor al platicante. Así que ni
son lo que parecen ni lo que se llaman: hipócritas en el nombre y en el
hecho. (Francisco de Quevedo, El Mundo por Dedentro, Sueños).
Como puede comprobarse, todos los eufemismos de la primera cita están
en este párrafo salvo el de "barbero, sastre de barbas", que sin embargo
es también creación del propio Quevedo, quien en La vida del buscón don Pablos,
Pablos presenta a su padre como barbero que se avergüenza de que le
llamen así y prefiere denominarse "tundidor de mejillas y sastre de
barbas".
Nota*.- Le haría sin duda gracia a don Francisco de Quevedo que hoy a las putas se las denomine trabajadoras sexuales.


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