El periódico progresista y alarmista británico The Guardian se pregunta en un reciente artículo apocalíptico cuánto tiempo queda para el fin del mundo habida cuenta de la guerra a cuestas contra Irán, Ucrania, la IA, el colapso climático (sic) y el largo etcétera que aumenta la posibilidad de una hecatombe nuclear.
Se habla allí del Reloj del Juicio Final, Reloj del Apocalipsis o Reloj del Fin del Mundo (Doomsday Clock, en la lengua del Imperio), un artilugio creado en 1947 por el Bulletin of the Atomic Scientists que nos advierte de lo cerca que está la humanidad de una catástrofe global que destruya la civilización. Tic-tac, tic-tac.
Entre los científicos históricamente asociados al comité del reloj estuvieron Oppenheimer y Einstein, que apoyó la creación del Bulletin. Ellos comprendieron enseguida que la humanidad, con la energía nuclear, había adquirido el poder de autodestruirse. Predijeron, correctamente, que con el avance de la ciencia se descubrirían nuevas tecnologías potencialmente apocalípticas, y entendieron que era fundamental que el público estuviera debidamente informado sobre los riesgos emergentes.
Originalmente el reloj se refería sobre todo al riesgo de guerra nuclear entre Estados Unidos y Unión Soviética durante la Guerra Fría, pero acabado ese trampantojo empezó con el paso del tiempo a incluir también el cambio climático, la proliferación nuclear, la inteligencia artificial aterradora, la desinformación, el deterioro político y hasta la falta de liderazgo(?) mundial.
Algunos de los hitos del Reloj fueron los siguientes: en 1947 se determinó que faltaban siete minutos para la medianoche; en 1953 solo 2 minutos tras las bombas de hidrógeno estadounidense y soviética. Cuanto más cerca están las agujas de las doce, mayor es el peligro.
Pero la buena noticia fue que en el año del Señor de 1991, con el final de la Guerra fría, retrocedió a 17 minutos, lo más lejos que hemos estado de la medianoche. El reloj no solo adelantaba progresando adecuadamente, sino que también podía retrasarse... La mala noticia es que en los últimos años ha vuelto a acercarse peligrosamente al gran apagón de la medianoche.
En 2020 con el despliegue de la pandemia el reloj comienza a acercarse peligrosamente a la medianoche, contando en segundos el tiempo que faltaba: 100 segundos exactamente. El Boletín señaló la insuficiencia del control de
armamentos, la falta de acción contra el cambio climático, el aumento de
la desinformación y las amenazas que planteaba ya la IA. En aquel entonces,
se comparó la nueva hora del reloj con la advertencia de dos minutos en
los partidos de fútbol americano, el two-minute warning en la lengua del Imperio: «El mundo ha entrado en el ámbito de
la advertencia de dos minutos, un período en el que el peligro es alto y
el margen de error es mínimo». Desde entonces, la hora del juicio final
se ha mantenido tan cerca de la medianoche que se mide en segundos.
En el año del Señor de 2026 en el que nos hallamos las manecillas del reloj se hallan a solo 85 segundos de la medianoche, la posición más cercana jamás establecida, y es que ya falta escasamente un minuto y medio, casi nada, para que se acabe todo, unos segundos para el fin del mundo. Los expertos creen que la humanidad nunca ha estado tan cerca del abismo y del desastre total.
Obviamente el reloj no es una predicción científica exacta, sino una metáfora política y moral: una advertencia de los científicos bien intencionados sobre riesgos existenciales creados por la propia humanidad, que ven cómo la ciencia avanza a un ritmo que desafía nuestra capacidad de comprenderla, y mucho menos de controlarla. Es una llamada de atención, diseñada para impulsar a líderes y ciudadanos a actuar y evitar que la humanidad se autodestruya.
El argumento de estos científicos es bastante simplón, dicen que la ciencia y la tecnología pueden usarse para bien o para mal, porque tiene esa doble función. Y ponen como ejemplo el hallazgo prometeico del fuego que puede calentar nuestros hogares, haciendo confortable nuestra estancia en el invierno, pero también incendiarlos y destruirlos.
Estamos en 2026, acercándonos al fin del mundo, suponiendo que este mundo haya tenido un principio y vaya a tener un final. Faltan 85 segundos para la medianoche.
¿No será, nos preguntamos algunos, que el fin del mundo no va a suceder porque ya ha tenido lugar y no nos hemos enterado todavía? ¿Hemos de esperar un invierno nuclear, la fuga de un laboratorio que aniquile todo rastro de vida biológica?



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