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martes, 12 de mayo de 2026

Porsiacaso

La ominosa OMS (nomen omen), Organización Mundial de la Salud, no pasa por uno de sus mejores momentos desde la propagación y gestión de la pandemia, y después de lo que le costó que se aprobara parcialmente el paquete de medidas contra siempre futuras pandemias, y desde que algunos países importantes decidieron recientemente abandonarla, quedando en manos, como ya estaba, del capital privado, habida cuenta de que su financiación no solo se basa en las cuotas obligatorias de los estados miembros como España, que no llegan a un veinte por ciento del total de su presupuesto, sino sobre todo en las contribuciones voluntarias de organismos privados como la Fundación de la señora y el señor Gates o la Alianza GAVI, que constituyen más del ochenta por ciento de su financiación.
 
La ominosa es un organismo asesor internacional sin poder político efectivo alguno por lo que no puede obligar a ningún estado a nada. No puede imponer, como les gustaría a los organismos privados que la patrocinan, confinamientos, mascarillas, peceerres ni ordenar vacunaciones ni dictar políticas sanitarias aplicables a toda la población, porque, hasta la fecha, cada estado mantiene su soberanía sanitaria. En términos jurídicos del derecho romano, no tiene potestas, sino solo auctoritas. La poca auctoritas que tiene es una autoridad moral basada en su influencia social cada vez más desprestigiada. La potestas a la que aspira es el poder efectivamente coactivo otorgado por la ley. 
 
 
Su modus operandi se basa en el ejercicio del terror informativo: propaga el virus más efectivo que hay, que es el del miedo, ante una amenaza a medio camino entre el Holandés Errante y el barco ruso que transportaba al conde Drácula, sacando a relucir un crucero de bandera holandesa y lujo trasatlántico apestado que ha fondeado y al fin atracado en el puerto canario de Granadilla, que podría desencadenar una pandemia peor que la anterior por las ratas que transporta y que suelen ser las primeras a la hora de abandonar un barco... Nos amenaza sibililnamente para que aceptemos voluntariamente medidas y leyes que restringen la poca autonomía y libertad que nos queda con unos protocolos que de otro modo nunca aceptaríamos.
 
Es aquí donde entra en escena la Señora Ministra de Sanidad de las Españas, que desde hace un par de años es miembro (o miembra, si lo prefiere) del comité ejecutivo de la OMS, qué casualidad, y que improvisa el siguiente discurso acelerado y aderezado con todo tipo de aspavientos y esparajismos y que revela, atención, que todo estaba ya preparado. Escuchémoslo: 
 
  
Estos protocolos -otra vez resuena en nuestros oídos aquella maldita palabra- y estos operativos -¡esta es nueva!- no han sido improvisados. 
 
Hace un mes, el catorce de abril, hicimos un simulacro en Las Palmas, para, bueno, pues, por si acaso -aquí comienza a titubear y de pronto va a hacer la gran revelación, que es el gran porsiacaso, mira tú que casualidad- venía algún barco con algún tipo de enfermedad hemorrágica y por si acaso venía también algún cadáver. 
 
Quiero decir: Estamos no solamente preparados sino que la Organización Mundial de la Salud -de la que ella forma parte, no se olvide- nos pone como ejemplo y nos pone como formadores de otros países.  (Podemos sentirnos orgullosos. A su lado el sumo gerifalte de dicha Organización escucha la traducción que le hace una intérprete de las palabras de la ministra).
 
  
 Por eso creo que hoy es el día de hablar de el orgullo de país, -la conclusión del razonamiento es bastante pobre, una apelación al orgullo nacional- el orgullo también de la población canaria que efectivamente como decía el ministro (…) es una población que es solidaria y que está comprometida, ¡cómo no!, con la salud global, -trata inútilmente con la mención la ministra de ganarse la benevolencia de los canarios y las canarias- y que vamos a seguir trabajando hasta que termine todo el operativo y hasta que pongamos a todo el mundo a salvo. 
 
No hay que preocuparse, van a salvarnos de un peligro que no existía que ellos se han sacado de la manga para justificar su existencia. En fin, un discurso afásico que no dice más que lo que está mandado: que en el mes de abril ya se hizo un simulacro por si se daba algún día el caso, por si acaso, y mira, qué casualidad, acaba de darse el caso como estaba programado para celebrar el éxito del operativo, la cooperación del gobierno español, la distracción del público mundial con el objeto de aumentar la desprestigiada auctoritas de la organización, y de obtener lo que persigue de lejos: la potestas global.

sábado, 6 de marzo de 2021

Ordeno y mando

El concepto de “autoridad” recubre entre nosotros la identificación de lo que los romanos llamaban potestas (el poder político efectivo) y auctoritas (la opinión de los expertos que hace que “aumente” la confianza y el reconocimiento de los gobernados; la raíz de la palabra es el verbo augere “aumentar”): la potestas requiere auctoritas: el poder quiere autorizarse, justificarse: tener razón. No sólo quiere el gobierno, sino el reconocimiento de los gobernados, porque sin ese requisito se desautorizaría su mandato.

Pero la razón, como el logos de Heraclito, es común, no es de nadie en particular porque lo que es del común “non es de ningún”. El que pretende arrogarse la razón lo que quiere de verdad es mandar, imponer la suya. Pero la razón y el ordeno-y-mando no se confunden nunca, como pretenden nuestros mandamases, porque son todo lo contrario.

Sufrimos un poder que quiere legitimarse doblemente, por un lado democráticamente al ser elegido por la mayoría del electorado, no por el pueblo, que ese no elige a nadie, pero como eso no basta, necesita también el aval constante de la ciencia y del saber de los expertos.

Cuando ciencia y poder político se confunden entre sí de manera que no se distinguen lo uno de lo otro, no es porque el poder se vuelva más racional, sino porque la ciencia se vuelve pseudociencia irracional.


“Quienes mandan y quienes obedecen mantienen un tipo de relación que causa miseria a todos los niveles”

El poder no sólo quiere la legitimidad democrática, sino además la legitimidad divina, vamos a decir, que le da la ciencia en esta época pretendidamente atea pero en verdad teológica, a fin de que el carisma científico legitime su gobierno y este pueda pasar por la expresión de la razón y por un despotismo democrático ilustrado. 

El boss, o sea el jefe que tiene la potestas, quiere revestirse, del carisma del leader, del que es seguido por su prestigio o auctoritas, por su "capacidad de liderazgo", no del que es obedecido porque tiene el mando. Pero en el fondo el leader no deja de ser el boss, el lobo disfrazado con la piel de cordero. Un calco semántico del término leader es el alemán Führer, y ya sabemos a dónde le llevó al pueblo alemán su seguimiento.

 

No es tanto que la ciencia se ha hecho con el poder político, como en otro tiempo lo hizo la religión, sino al revés, que el poder político se ha hecho con la ciencia, al menos la más sumisa y vendida. Con esta maniobra trata de infundirnos miedo, un miedo que está, según la ciencia a su servicio, justificado, de donde resulta que el miedo, que es lo más irracional que hay, se "racionaliza". Pero todo el mundo sabe que eso no puede ser porque es lo contrario, que el miedo que nos meten para que obedezcamos es una sinrazón. 

Si obedezco es porque a la fuerza ahorcan, no porque me parezca razonable hacerlo, como se me exige. El Poder, no contento con su ejercicio de gobierno y ordeno-y-mando, quiere que todos y cada uno de sus súbditos le den la razón, hasta que lo que se manda y lo que es razonable se confundan y sean lo mismo y parezca razonable que a uno le manden cualquier cosa que sea, de modo que dé la sensación de que uno no obedece al gobierno, sino a su fuero interno y hace lo que tiene que hacer y que, en todo caso, sometiéndose a la propia diosa Razón, porque eso es lo razonable. Parece así que no es necesario que le ordenen a uno hacer algo, ya que sale de uno mismo el hacerlo, sin necesidad de que se lo mande nadie. La voluntad individual se convierte de este modo en el peor de los tiranos. Y el más efectivo porque pasa inadvertido. 

El poder no se conforma con el hecho de vencernos, sino que quiere convencernos. Y ahí es donde falla, porque siempre podremos soltarle aquellas palabras tal vez apócrifas que se le atribuyen a don Miguel de Unamuno, rector a la sazón de la Universidad de Salamanca, que  el 12 de octubre de 1936 le espetó al general franquista Millán Astray : “Venceréis pero no convenceréis”. Es la eterna lucha de la razón y la fuerza: la fuerza de la razón contra la razón de la fuerza, el poder de la razón contra la razón del poder.

martes, 15 de septiembre de 2020

auctoritas vs. potestas y viceversa

La "potestas" es un poder que te sitúa por encima de los demás, en las altas esferas jerárquicas de la sociedad. Es una etiqueta que figura en tu tarjeta de visita. Es un cargo. Puede ser otorgado desde arriba, por alguien que tiene otro cargo superior y que te subordina, o puede ser otorgado desde abajo por los demás que delegan en ti su poder tras la ceremonia de unas elecciones democráticas, por ejemplo, pero siempre supone un empoderamiento. Etimológicamente está relacionado con "potis", cuya raíz indoeuropea significa "poder", y que hallamos también en "potens, -entis" y en el primer miembro del verbo "possidere", y  en griego en el término δεσπóτης (despótes, señor, amo, dueño, soberano), que conservamos en castellano en "déspota" y sus derivados "despótico" o "despotismo".

La "auctoritas" es un reconocimiento que surge de abajo, o, por mejor decir, que no viene de arriba. Tiene que ver más con el saber, un saber socialmente reconocido, que con el poder, y genera respeto y cierto prestigio, y se manifiesta enseguida sin necesidad de la violencia que ejerce el poder establecido, porque es razonable, es fruto del común razonamiento. Procede el término del verbo latino augere, que significa aumentar (cf. fr. augmenter; la palabra "auge", sin embargo, es en español un arabismo que significa apogeo de un astro), auxiliar, robustecer, ampliar, completar, apoyar, dar plenitud a algo...


El término "potestas" podríamos traducirlo por "poder" sin más, mucho mejor que por "potestad", que es su evolución lingüística desde el latín. "Potestas" es el poder socialmente reconocido y aceptado, lo tienen los políticos cuando desempeñan un cargo porque han sido  nombrados o elegidos para ello, lo que traducimos por poder y por autoridad, una autoridad temporal que termina con el cargo. Es el caso, por ejemplo, de un ministro de educación o de sanidad o de cualquier otro ámbito. La potestas es "autoritaria" por esencia, y es temporal.

El término "auctoritas", sin embargo, que evoluciona a "autoridad", es más peligroso porque en nuestra lengua, además de conservar su significado primitivo, invade el campo semántico de la "potestas" latina, es decir, conlleva poder puro y duro.  La "auctoritas" es esencialmente antiautoritaria. Y es atemporal.

La moderna capacidad de liderazgo (leadership en la lengua del Imperio) consiste en la mezcla y confusión de potestas y de auctoritas: el moderno líder (o Führer en la lengua del Reich) no sólo debe tener el poder, sino también el reconocimiento del pueblo que le otorga dicho poder por su valía, por su "auctoritas".

Durante la república romana ambos términos estaban al parecer separados: auctoritas tenía el senado, mientras que los magistrados, es decir, los gobernantes, gozaban de potestas, es decir,  del poder administrativo. Sólo las magistraturas superiores de la carrera política honorífica o cursus honorum, los cónsules y pretores, gozaban además de imperium, que era el derecho de decidir sobre la vida y la muerte de los ciudadanos, es decir, un poder absoluto, del que excepcionalmente gozaban también el dictador y el maestre de la caballería.  

Durante el Principado Augusto acapara ambas nociones: quiere gobernar con auctoritas y potestas, como los modernos líderes, por lo que su autoridad acabó por convertirse en una potestad superior a la ordinaria: los gobernantes después de él acabaron pensando que ´como él estaban revestidos no sólo de potestas, sino también de auctoritas. 

Y es así como llegamos a nuestros tiempos, en los que la razón juega el importante papel de limitar la potestad, el poder, desautorizándolo, deslegitimándolo.

Hay quien ha querido ver en los "mass media" o modernos medios de creación y manipulación de la opinión pública, y en los intelectuales orgánicos, una autoridad limitadora de la potestad, pero esto no es más que una apariencia engañosa, porque en la práctica los intelectuales a sueldo de  los gobiernos y los medios de comunicación son más instrumentos del poder que fuentes de conocimiento crítico; de hecho han sido calificados como el cuarto poder de los Estados, un poder en el que se apoyan los demás poderes.