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miércoles, 22 de julio de 2026

Pareceres CXVII

572.- ¿Cómo te llamas? En griego moderno, cuando se quiere preguntar a alguien su nombre propio para dirigirse a él, no se pregunta como en nuestra lengua, entre nosotros, ¿cómo te llamas? sino ¿cómo te llaman? (πώς σε λένε), en el lenguaje informal del tuteo, o ¿cómo le llaman (a usted)? (πώς σας λένε en el más formal del usteo o ustedeo). Si lo pensamos un poco, es lógico que se diga así y que se responda a la pregunta no como hacemos nosotros: Me llamo Fulano de Tal, sino Me llaman Fulano de Tal, como en aquellos célebres versos de la Odisea IX, 366-367, cuando Polifemo le pregunta su nombre al héroe y este le engaña diciendo más verdad de la que podía parecer: Nadie, mi nombre propio. Así me llaman a mí mi / madre, mi padre y todos los otros, mis compañeros. Todos los nombres propios, como alguna vez hemos señalado por aquí, pseudónimos, reales sí e impuestos, pero falsos. 
 
 
573.- Nombres parlantes. Entre los nombres propios de persona, prosopónimos o antropónimos, carentes en principio de significado, hay unos, que son los llamados nombres parlantes y los apodos, que pretenden significar algo. Entre los indígenas de Norteamérica, por ejemplo: Caballo Loco, Toro Sentado... Y entre los antiguos griegos, tenemos algunos como Filipo, que significa “amigo de caballos”. Recuerdo, a propósito, un pasaje de Las Nubes de Aristófanes, en el que Estrepsíades comenta que cuando nació su hijo regañó con su mujer a cuenta del nombre propio que iban a poner a la criatura. Ella quería ponerle un nombre que como Caripo, Jantipo, Fidípides (o el susodicho Filipo, para el caso, que es el origen por cierto de nuestro Felipe), contuviera la raíz híppos que es una referencia equina ya que es nombre común que en griego significa 'caballo', dado que la posesión de caballos era un signo de nobleza y distinción entre la aristocracia, mientras que él se empeñaba en poner el nombre de su abuelo, Fidónides, cuyo significado etimológico era “hijo del tacañón”, dado que pheídon significa 'avaro'. Porfiaron mucho tiempo por el nombre, hasta que llegaron al acuerdo salomónico y ridículo de ponerle Fidípides, una mezcla cómica de ambos nombres: hijo del caballo tacañón. 
 
 
574.- Hipocorísticos: El hipocorístico simboliza la rebelión infantil contra el nombre propio impuesto en el bautismo. Es una desfiguración expresiva del nombre propio. Están establecidos entre nosotros Pepe, para José, Quique, para Enrique, Charo, para Rosario... Suelen ser nombres propios abreviados y simplificados, que repiten a veces los sonidos vocálicos facilitando la pronunciación de los consonánticos. También es frecuente añadirles un sufijo diminutivo como -ito: Alfonsito, Jaimito, Julita, Rosita... Son la forma abreviada, diminutiva o infantil de un nombre propio que se usa de forma cariñosa o familiar. Frente al hipocorístico, la seriedad del nombre propio se impone cuando se pasa lista o cuando se escribe el nombre en una lápida sepulcral. En el tuteo es frecuente la desfiguración del nombre propio, frente a la seriedad del ustedeo o usteo, que utiliza el nombre propio como figura en el registro civil (o en la partida de nacimiento o de bautizo) y en el documento de identidad. Llamar a alguien por su nombre propio oficial es algo perfectamente serio, y frío. Utilizar un hipocorístico o desfigurador del nombre propio es un síntoma de amistad. La etimología helénica de este término lo demuestra: se divide en dos partes: hipo- (ὑπό) que significa por debajo o de forma indirecta, y el verbo korízomai (κορίζομαι) que quiere decir “acariciar, hablar con ternura, halagar”, tratando a alguien como si fuera un niño pequeño (κόρη o κόρος). 
 
 
575.- El nombre propio como receptor de órdenes. Como señala Elias Canetti en Masa y Poder: “La orden es más antigua que el habla, si no, los perros no la podrían entender. El amaestramiento de animales descansa precisamente en que ellos, sin que conozcan un habla, aprendan a comprender qué se quiere de ellos. En breves, muy claras órdenes, que en principio en nada se diferencian de las que se dan a los hombres, les es comunicada la voluntad del domador”. Hasta los perros entienden los nombres propios que les ponen sus dueños, e incluso algunos son capaces de identificar su nombre no sólo cuando se les está llamando, en caso vocativo por decirlo así, sino cuando se está hablando de ellos, en caso nominativo. El nombre propio está asociado a ambas funciones de la lengua: básicamente a la yusiva, que es la más antigua, y posteriormente a la predicativa. Recordemos lo que el mosquito le dijo a Alicia, y cómo a ella se le ocurría que podría librarse de las lecciones de su institutriz si la llamaba por su nombre propio, haciéndose la tonta o la sorda, digamos, pero también si la llamaba “señorita”, replicando que ella no era ninguna señorita y que, por lo tanto, no se daba por aludida.
 
Los nombres propios más comunes
 
 576.- De la esencial masculinidad del nombre propio. Entre los romanos, al menos, el nombre propio era esencialmente masculino y propio solo del ciudadano libre, no de los esclavos, que generalmente tenían motes relacionados con su lugar de procedencia, como “Syrus”, el sirio. El ciudadano romano tenía derecho a los tria nomina: praenomen o nombre de pila, elegido entre un repertorio limitado (Marco, Lucio, Gayo, Publio, Quinto...), nomen, el apellido paterno que indicaba el linaje o clan familiar al que pertenecía, y cognomen, un sobrenombre familiar que se acercaba a nuestro mote y al apodo.  La mujer no tenía un nombre individual similar al masculino. Su nombre era el femenino de la gens. La hija de Gayo Julio César se llamó, o mejor, fue llamada, era inevitable, Julia; su madre,  Cornelia porque era la hija de Lucio Cornelio Cinna. Cuando había varias hermanas todas se llamaban de la misma manera, porque no tenían un nombre individual, sino familiar. Se las distinguía mediante ordinales: prima, secunda, o adjetivos como maior, minor. La diferencia está clara: el nombre masculino romano expresa una identidad individual dentro de la estructura familiar, mientras que el prosopónimo femenino sólo expresa la pertenencia a la gens. Si el nombre propio viene a ser algo así como el distintivo del alma individual, las mujeres en la antigua Roma carecían de dicho distintivo.