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sábado, 18 de julio de 2026

La familia real unida

El fútbol es metáfora de la guerra. La emoción futbolera no solo se vivió en casi todos los hogares españoles, sino también en la Casa Real española, que nos muestra ahora, a través de un vídeo ilustrativo, cómo vivieron el monarca, su cónyuge, la reina, y sus hijas, la princesa y la infanta, el histórico encuentro que nos  reportó la victoria, celebrando el triunfo de nuestras tropas en el frente de combate extranjero. No sé por qué me incluyo en ese nosotros colectivo, si a mí nunca me ha gustado ni interesado el balompié ni en su versión clásica masculina ni en la femenina que se fomenta ahora lo más mínimo. ¡Cómo vibraron sus majestades por los logros -goles- obtenidos y por el glorioso pase a la Final que podría reportarnos la victoria Final!  

La familia española que ve unida el partido de fútbol en el que juega la Roja, nuestra(?) selección nazional, permanece unida y apretada en el estrecho sofá de cuatro plazas. Por sus venas no corre sangre azul, sino roja como la de cualquiera, más exactamente rojigualda, que son los colores de la bandera nacional. 
 
La familia real no se hallaba en el aristocrático palacio, sino, al parecer, en un modesto(?) hotel barcelonés, cuyo nombre no ha trascendido, desde donde siguió el encuentro de semifinales entre los ejércitos de España y Francia que se jugaba en el campo de batalla estadounidense de Dallas.
 
Imagen creada con IA, tomada de Rubén Gisbert
  
Todo un montaje, real como la vida misma, pero falso. Parece de lo más natural, pero no lo es. Solo faltaba el rey soplando la vuvuzela. Y es que no es muy “real” estar en casa en pleno verano con vaqueros, apretados los cuatro en un sofá en el que casi no caben, abrazada la princesa al rey, y la infanta a la reina, en un salón minimalista, con la camiseta personalizada con sus nombres propios: "Felipe VI", "Leonor", "Sofía" y "Letizia". Todos con el número 26 porque estamos en el año del Señor de 2026, el año del Mundial. Unas camisetas que fueron un regalo de la Real Federación Española de Fútbol. Dan ganas de gritar "¡Viva España, Viva el Rey, Viva el Orden y la Ley!" 
 
 
Imagen creada con IA 
 
Viendo la televisión como una familia más, y celebrando el pase de España a la Final. ¡Qué entusiasmo! ¡Qué alegría! ¡Todo un espectáculo, nunca mejor dicho! Un ejemplo de familia unida que permanece unida ante la pantalla de televisión. Parece todo tan natural que, de puro natural, resulta falsísimo, mero postureo.

sábado, 23 de marzo de 2024

Pareceres XLIII

211.- La Sagrada Familia. Al parecer el propio Jesús de Nazaré, inseminado artificialmente por el Espíritu Santo, no era hijo único, como se nos ha hecho creer torticeramente a lo largo de los siglos, sino que tenía varios hermanos, hecho que se desprende de la atenta lectura de los evangelios canónicos: Leemos en Marcos, 6, 3, y en Mateo 13, 55, entre otras menciones que pueden rastrearse en el Nuevo Testamento: ¿No es éste acaso el carpintero, hijo de María y hermano de Santiago y José, Judas y Simón?). Así que nada de familias con un único pensamiento o hijo único, o a lo sumo con una parejita heterosexual, no, nada de eso: la Sagrada Familia era una familia numerosa, como las que había antaño, y no como las unipersonales que hay ahora, que no son familia ni nada parecido.

La Virgen María azotando al Niño Jesús ante tres testigos, Max Ernst (1926)   

212.- ¡Símbolo franquista, fuera de la vista! Algún poetastro venido a menos se ha sacado de la manga este ripio de doce sílabas, compuesto de dos hemistiquios hexasilábicos de ritmo trocaico, con rima total o consonante en -ista (sin haberlo procurado, he compuesto un pareado), para corearlo en alguna manifestación autorizada, desfile militar o procesión religiosa o laica, que todo es lo mismo. Su carácter reivindicativo salta a la vista. Se trata de exigir al gobierno de turno que desmantele los símbolos de la España del caudillo F.F.: algún que otro busto, alguna que otra estatua ecuestre, algún que otro letrero de alguna que otra calle, por ejemplo la del 18 de Julio, que recuerda con su ominosa fecha el alzamiento nacionalista, que quedan por ahí. Pues no, mejor que no nos los quiten, que los dejen donde están por el bien de nuestra (des-)memoria histórica: a ver si así caemos en la cuenta de que en realidad nada ha cambiado, si se exceptúa la simbología y nomenclatura. ¿Qué más da que en las monedas aparezca la faz del caudillo que la de su sucedáneo el monarca borbónico? ¿Qué más da incluso que a la vieja moneda, la peseta aquella, se le haya cambiado el nombre, si lo fundamental es que sigue habiendo monedas y que el dinero sigue contando y sonando? 

 213.-Sociedad tripartita.- La sociedad neoliberal, al igual que la medieval o feudal, es tripartita. Hay laboratores, que son los que se dedican a la producción de inutilidades. Hay bellatores, que son los cuerpos y fuerzas armadas de seguridad del Estado, ejército y policía básicamente. Y hay oratores, que son los políticos e intelectuales encargados de gobernar, es decir, de mentir. Estos últimos son la clase sacerdotal, el antiguo clero, en el que se incluyen los periodistas que reconstruyen periódicamente el establecimiento. Su función es justificar el capitalismo, y que los laboratores cumplan su función subordinándose al mercado, convirtiéndose en mercancías, y que los bellatores sostengan la guerra que es la paz, es decir el (des-)orden establecido. 

214.- No somos nadie. Tenemos un nombre propio y unos apellidos, títulos académicos, un empleo, un “curriculum uitae”, es decir una historia, o una biografía detrás, una propiedad o una cuenta bancaria (o, si no lo tenemos, aspiramos a ello porque nos han metido en la cabeza que eso es importante, cifrando en ello el status de nuestro grado de felicidad), pero, a pesar de todo eso y por debajo de esa máscara, sentimos lo que late en lo más hondo (y el pueblo a veces lo reconoce y lo dice cuando se muere alguien), ay, que no somos nada, no somos nadie.

 215.- Ruido de tanques: Uno que fuera mandatario del régimen actual carpetovetónico que conocemos y padecemos en esta sufrida y curtida piel de toro ibérico -conocer es sufrir, la ciencia acarrea sufrimiento, escrito está-, pronunció en su momento la siguiente y muy significativa perla cultivada: “El ruido de los tanques es ahora el ruido del Estado democrático”. Era una declaración de un ahora ex-ministro del régimen. En ella se le escapaba algo más que una opinión personal: le salía un vislumbre de algo muy cercano a la verdad, por decirlo de un modo solemne, o, por lo menos, de algo muy próximo a la denuncia de la mentira: el Estado democrático es el estado autoritario, militarista, patriarcal, violento, dictatorial, totalitario de toda la vida -en fin, todo lo que nos sugiere el paso pesado de los tanques- legitimado tras la segunda guerra mundial y la caída del muro de Berlín por el pueblo en los comicios electorales. Ruido de tanques que, por otra parte, no deja de oírse en películas de hazañas bélicas y en los noticiarios de actualidad, como algo inminente, ahora que la Unión Europea decide -resuenan tambores que llaman a las armas cada vez más cercanos- rearmarse porque no hay paz sin guerra.

miércoles, 5 de abril de 2023

Contra la Sagrada Familia

    El Sistema intenta ‘atraer’ a los homosexuales para gobernar su sexualidad como hace con los heterosexuales, acabando así con la ‘diferencia’ que representaban y que amenazaba acaso con destruir la sagrada familia tradicional formada por José, María y el niño Jesús, más la burra y el buey. La ideología de la igualdad de derechos y oportunidades le sirve de instrumento en esa tarea: promete un “trato igual y no discriminatorio” a la pareja y a la familia homosexual para que, precisamente como ‘pareja’ y como ‘familia’, habiendo abdicado de su diferencia, contribuya a la reproducción del orden social establecido. Poco importa la diferencia sexual, lo que interesa es que se reproduzcan los roles y la institución que encarnan.

    El peligro que representaba la figura del homosexual no radicaba en su ‘preferencia’ hacia su propio sexo, sino en el riesgo que suponía para la institución familiar, que es el soporte incuestionable del entramado social. “Familiarizado”, el homosexual deja de constituir una amenaza. Habrá familias ‘diversas’, pero familias al fin y a la postre, que era de lo que se trataba. Ya no hay un rechazo a la familia por parte del homosexual, porque él mismo ha sido familiarizado.
 
 
    El sistema ya no margina ni discrimina ni ridiculiza a los homosexuales, que es lo que hacía antes para conjurar la amenaza que representaba su existencia; ahora los asimila, ha cambiado de táctica: pasa de excluirlos, como hacía antes, a incluirlos como hace ahora. 

    La pareja homosexual se consideró primero pareja de hecho y se equiparó legalmente a la pareja heterosexual, abriéndose incluso la posibilidad de la adopción de hijos. Da igual que no sea un matrimonio eclesiástico ni civil, o que sea un paramatrimonio, no deja de ser un matrimonio, se llame como se llame y se apellide como quiera.
 
 
    La figura del homosexual que vive solo, orientado hacia la promiscuidad, ha quedado obsoleta. Su “desorden amoroso” es asimilado al vínculo matrimonial con posibilidad de divorcio, claro, que asegura la existencia de dicho vínculo. Porque el divorcio, lejos de romper la institución matrimonial, como temían los conservadores, lo que hace es fortalecerla, asegurar la indisolubilidad del vínculo. 
 
    El homosexual que había elegido el "wild side of the life" es sustituido ahora por el homosexual asimilado y respetable, amariconado en el peor sentido que pueda tener la palabreja.