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miércoles, 27 de mayo de 2026

Mamíferos y El prisionero del tiempo

De Jesús Lizano (1931-2015), uno de nuestros mejores y paradójicamente más desconocidos poetas contemporáneos, de aspecto valleinclanesco y de la talla de un León Felipe, ya hablamos en Contra las líneas rectas, donde venía en auxilio de la argumentación del escéptico Sexto Empírico contra las líneas rectas geométricas al hacer el elogio y la apología de las personas curvas. 

Traemos ahora aquí dos poemas en prosa (o verso libre, si se prefiere), recitados por el propio Lizano: el primero se titula Mamíferos. Donde los demás ven 'seres humanos' de distinta condición y creencias el poeta ve... mamíferos. El segundo, El prisionero del tiempo, es un monólogo dramático en el que el poeta se siente prisionero de los años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos

Mamíferos, Jesús Lizano     

 

Yo veo mamíferos. Mamíferos con nombres extrañísimos. Han olvidado que son mamífero y se creen obispos, fontaneros, lecheros, diputados. ¿Diputados? Yo veo mamíferos. Policías, médicos, conserjes, profesores, sastres, cantautores ¿Cantautores? Yo veo mamíferos… Alcaldes, camareros, oficinistas, aparejadores ¡Aparejadores! ¡Cómo puede creerse aparejador un mamífero! Miembros, sí, miembros, se creen miembros del comité central, del colegio oficial de médicos… Académicos, reyes, coroneles. Yo veo mamíferos. Actrices, putas, asistentas, secretarias, directoras, lesbianas, puericultoras… La verdad, yo veo mamíferos. Nadie ve mamíferos, nadie, al parecer, recuerda que es mamífero. ¿Seré yo el último mamífero? Demócratas, comunistas, ajedrecistas, periodistas, soldados, campesinos. Yo veo mamíferos. Marqueses, ejecutivos, socios, italianos, ingleses, catalanes. ¿Catalanes? Yo veo mamíferos. Cristianos, musulmanes, coptos, inspectores, técnicos, benedictinos, empresarios, cajeros, cosmonautas… Yo veo mamíferos.

 

El prisionero del tiempo, Jesús Lizano 


     Comenzó porque me limitaban los años, doce años, quince años, veinte años... Eran límites, eran fronteras soportables: el año que viene, cuando cumpla treinta años, el año pasado, el nuevo año... Eran límites amplios, era posible la lejanía, el horizonte, ¡por muchos años! Los espacios dominaban el tiempo recibías la aurora, despedías la tarde ampliamente y amabas dulcemente los sueños. Los años eran los carceleros pero rondaban muy distanciados. ¡Había quien vivía cien años!

    Más tarde, comenzaron los meses a limitarme, aparecían súbitamente, todo era muy distinto, el tiempo dominaba a los espacios, era un límite más agobiante, estaban más próximos los carceleros, ¡eran carceleros!: el mes que viene, dentro de unos meses, me oprimían mis propios límites, ¡originaba límites! Qué había sido de aquellas apacibles distancias, hay tiempo por delante, decía, cuando me limitaban los años. Ahora miraba con recelo todas las cosas, nueves meses, tres meses, un mes de plazo, meses, meses volando sobre los sueños.

    ¿Y las semanas? Dejaron los meses de ceñirme y un nuevo límite me controlaba, una nueva medida extendida por todo el mundo, cubriendo de espejismos todas sus galerías. Contaba la vida por semanas, semana tras semana. Los carceleros eran los oficiales de semana, me distraían, me envolvían en las verdades falsas, la próxima semana, dura muy poco una semana, la semana santa, mi mundo era la semana, la realidad era la semana, la semana, sólo existía la semana. Qué era un mes sino cuatro semanas y qué era un año sino cincuenta y dos semanas... Y contaba las semanas y veía la humanidad ansiosa forzada a la semana, viviendo para el fin de semana, vivos, libres sólo el fin de semana.

    Después fueron los días, empecé a contar los días, me sobresaltaron los días, era cuestión de días, pesaban enormemente los días y deseaba a la vez que pasaran los días y que no pasaran... Me aferraba a los días, ¡buenos días!, el día estaba allí, era un carcelero inamovible, omnipresente, todo lo medían los días. ¡No era libre! ¡No podía ser libre! El día de mi boda, el día de mi licenciatura en filosofía, apenas encontraba un hueco para mi aventura, apenas quedaba espacio y yo necesito espacio, mucho espacio, no podía salirme de los días, un día y otro día, el día de las fuerzas armadas, mañana será otro día, ¡otro día! Crecía la muralla de los días, el circo de los días, un día se comía a otro día, los límites eran insostenibles, días de ayuno, días de alegría, pero todo medido, era preciso obedecer al día, despertarse al despertarse el día, dormirse al dormirse el día, ¡el orden del día!, un día es un día, en los próximos días...

    Ahora, mientras escribo este poema, ya no cuento los días sino las horas, faltan tres horas, dura cuatro horas, qué horas es, a qué hora... Los carceleros se han convertido en mi sombra, apenas hablo, las horas se confunden y me confunden, límites, límites, la tarde, la mañana, el mediodía, una hora cae sobre otra hora, aplasta a la otra, una hora es como otra hora, hora adelantada, horas extraordinarias, ¡hace horas extraordinarias!, la danza de las horas, horas perdidas, el récord de la hora, no somos seres, somos horas, cuerda de horas, una cada dos horas, cada seis horas, y suenan las horas y ya sólo puedes oír las horas, y todo ha de moverse en un horario, todo ha de estar a su hora, todo tiene su hora, cuántas de mis horas son mis horas, media hora, un cuarto de hora, ¡la hora! Me destruye pensar que he nacido para las horas, abro las manos y las tengo llenas de horas. ¡Ah, carceleros, horas terribles que nubláis mis ojos!: dentro, os llevo dentro, estoy lleno de carceleros, de sombras.

    No quiero ni pensar cómo será mi vida cuando dependa de los minutos, cuando sean ellos mis carceleros y no existan los espacios, los sueños, las dudas, cuando mi cuerpo sea un garaje de minutos, minutos, minutos, no tengo ni un minuto, sólo cinco minutos, todo sucederá en minutos, qué hará de mí la furia de los minutos, cuando no pueda perder ni un minuto, qué humillación me aguarda cuando en mi vida sólo se muevan las agujas de los minutos, qué espacio puede haber entre minuto y minuto. ¡Qué oscura noche había en vosotros, meses, años, y qué traición vuestros espacios! ¡Erais minutos, minutos, sólo minutos! ¡Que se hunda el mundo será cuestión de minutos!

    Finalmente, finalmente, ah, finalmente, cuando apenas aliente un soplo en mi sentidos y sólo existan los segundos, sean los segundos los que ciñan mi cuerpo, mi vida, todo mi ser un carcelero monstruoso, un áspid, una víbora destruyendo los últimos reflejos, todo el mundo un carcelero horrible, y cuando todo sean fantasmas y las ideas se conviertan en nubes y los sentidos en cavernas y en los últimos segundos pasen los años, los meses, los días y las horas convertidas en aire y se cierren mis ojos y los rostros sin vida rían como nunca por todos los abismos del mundo, cómo desearé seguir prisionero del tiempo, cómo amaré al tiempo —¡yo era tiempo, dolorosísimo tiempo!—, cómo amaré los límites —sólo ellos no estaban muertos—, los años y los meses, los días y las horas y los minutos, todos los límites del mundo. ¡Cómo me arrancará la eternidad del tiempo!

lunes, 16 de diciembre de 2024

Contra las líneas rectas

Extraigo del libro Contra los dogmáticos de Sexto Empírico, publicado por editorial Gredos, Madrid, 2012,  estos tres fragmentos, en traducción de Juan Francisco Martos Montiel, que razonan de una manera clara y sencilla que puede entender cualquiera contra la pretensión de los matemáticos de referirse a la realidad  cuando formulan nociones como "línea recta" y "punto". 
 

De ahí también que hablen sin fundamento los matemáticos cuando dicen que van a cortar en dos partes iguales una recta dada. Pues la recta que se nos muestra en la pizarra tiene longitud y anchura sensibles, mientras que la línea recta concebida por ellos es ≪longitud sin anchura≫. La que se muestra en la pizarra no será una línea, y los que se proponen cortarla no cortan la línea real, sino la que no es real. Por otro lado, puesto que, según la conciben ellos, la línea está compuesta de puntos, supongamos una línea recta compuesta de un número impar de puntos, por ejemplo nueve, y que ellos, según dicen, cortan en dos partes iguales. Pero al cortarla, obviamente, o tendrán que dividir el quinto punto (es decir, el que se concibe como intermedio entre los cuatro primeros y los otros cuatro) o harán dos segmentos, uno de cuatro puntos y el otro de cinco. Ahora bien, no podrán afirmar que cortan el quinto punto, porque, según ellos, el punto carece de partes, y lo carente de partes es imposible concebirlo como dividido en partes. Solo les queda, pues, hacer de la línea dos segmentos, uno de cuatro puntos y el otro de cinco; pero esto es absurdo, una vez más, y va contra su propia premisa, pues se comprometen a dividir científicamente la línea recta dada en dos segmentos iguales, pero la dividen en dos desiguales. (Sexto Empírico, Contra los Físicos, I, 282-284) 
 
Afirman los geómetras, en efecto, que ≪la línea es longitud sin anchura≫ (Euclides), pero, si examinamos la cuestión, ni entre las cosas sensibles ni entre las inteligibles podemos percibir una longitud sin anchura. De hecho, sea cual sea la longitud sensible que percibamos, la percibimos con una cierta anchura. De manera que, entre las cosas sensibles, no hay ningún cuerpo sin anchura. Y, ciertamente, tampoco entre las cosas inteligibles es posible imaginar una longitud de tal clase. Porque podemos concebir una longitud como más estrecha que otra, pero cuando, conservando la misma longitud, vamos recortando de esta poco a poco, con nuestro pensamiento, la anchura y hacemos esta operación hasta un cierto punto, concebimos una anchura que va disminuyendo progresivamente, pero cuando, finalmente, llegamos a privar de anchura la longitud, entonces tampoco concebimos ya la longitud, sino que, junto con la eliminación de la anchura, se elimina también la noción de longitud. (Sexto Empírico, Contra los Físicos, I, 390-392)
 Aristóteles, sin embargo, decía que la longitud sin anchura de los geómetras no es inconcebible (≪de hecho≫, afirma, ≪percibimos la longitud de un muro sin tener en cuenta la anchura del muro≫). Pero Aristóteles se equivoca. Porque, cuando percibimos la longitud del muro sin anchura, no la percibimos prescindiendo de toda anchura, sino solo de la anchura particular del muro. Cabe la posibilidad, en efecto, de combinar la longitud del muro con una cierta anchura, sea esta cual sea, y así formamos una noción de él, de manera que no percibimos una longitud sin anchura, sino solamente sin esta anchura concreta. Pero lo que Aristóteles se proponía demostrar era la posibilidad de concebir no la longitud desprovista de una determinada anchura, sino desprovista de cualquier anchura; y esto no lo ha demostrado. (Sexto Empírico, Contra los Físicos, I ,412-413)

 La argumentación de Sexto Empírico contra los matemáticos nos trae a la memoria el siguiente aforismo que formuló Albert Einstein en 1921 en una conferencia sobre "Geometría y experiencia": En la medida en que se refieren a la realidad, las proposiciones de la matemática no son seguras y, viceversa, en la medida en que son seguras, no se refieren a la realidad.
 
Jesús Lizano (1931-2015), uno de nuestros mejores y paradójicamente más desconocidos poetas contemporáneos, de aspecto valleinclanesco y de la talla de un León Felipe, por lo menos, dada la magnitud e importancia de su obra creativa, viene quizá sin querer en ayuda de la argumentación del escéptico Sexto Empírico despotricando líricamente contra las líneas rectas al hacer el elogio y la apología de las personas curvas.