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jueves, 9 de julio de 2026

Dios bendice a América y América a Dios.

    Celebraban los gringos el otro día, el pasado 4 de julio de 2026, a bombo y plantillo y con fuegos artificiales por todo lo alto los 250 años de independencia, es decir de entrada en la historia universal y en los mapas del mundo que confieren carta de naturaleza y existencia, de los Estados Unidos de América, bajo el lema God bless America ('Dios bendiga a América') que no deja de ser, leído a la contra, un América bendiga a Dios. Con 2500 drones, probablemente made in China, daban forma al águila calva, esa especie autóctona y exclusiva de Norteamérica, surcando en la noche los cielos, convertida en emblema adecuado para un nuevo Estado compuesto originariamente de trece estatículos. De ahí el lema latino: e pluribus unum, que demuestra cómo de varios, en este caso de muchos, se hace uno, y así del plural nace el singular.
  
    ¿Es el águila un símbolo de libertad? Algo de eso había en la intención de los que eligieron a la reina de las aves como símbolo de encarnación del Estado, como se hacía en el viejo continente con otras águilas y aguiluchos, pero sobre todo es una alegoría de dominio y soberanía. Esta majestuosa águila no es obviamente la paloma de la paz, aunque lleve en la garra izquierda, que es su derecha, una rama de olivo (en la derecha, que es su izquierda, lleva trece flechas que representan, armas ofensivas que son, a los trece primitivos estados dispuestos a defender la paz empuñando las armas de la guerra). Recordemos la evidencia de que si las armas se hicieron para la guerra, la guerra se hace ahora para las armas. 
 
    Quizá hubiera sido más apropiado, a la vista de estos dos siglos y medio de historia que arrastra el país con sus numerosas intervenciones militares allende sus fronteras, representarlo con un misil en vez de un águila calva, que digan lo que digan los yanquis, no deja de ser un ave rapaz y carroñera. 
 

 
    ¿Qué queda, cabe preguntarse, de aquella proclamada Declaración de Independencia de 1776? Ya Tocqueville, se dice, señaló que la igualdad democrática podía amenazar la libertad mediante la sutil tiranía de la mayoría y el aislamiento de los individuos... Pero dicho más sencillo todavía, si cabe: no por dejar de depender de la corona británica son más libres ahora que dependen de sí mismos, es decir, de una voluntad, la suya, que no es muy distinta de aquella otra.
 
    El celebrado filósofo coreano, Byung-Chul Han, por su parte, ha reflexionado sobre las nuevas formas de la tiranía que no vienen impuestas de fuera, sino de dentro de uno mismo que, se diría, ha interiorizado el control del Estado. Sus reflexiones son interesantes. He aquí una de sus últimas perlas: “Somos ganado, ganado del trabajo, del rendimiento, de la comunicación, ganado electoral, ganado del consumo. Y el ganado no sale de su establo, no ve el mundo, porque en el establo es donde está el alimento”. El poder ya no se ejerce principalmente a través del control y la vigilancia externa, como lo definía el panóptico foucaultiano. Ahora opera desde dentro. El sujeto neoliberal, que somos nosotros mismos, sin ir más lejos, es el policía de sí mismo: se autovigila, se exhibe, se optimiza constantemente en un afán constante de progreso y superación. La libertad se convierte en una voluntad positiva y una exigencia de máximo rendimiento y conexión permanente que se transforma en autoexplotación. No necesitamos ya que nadie nos explote porque lo hacemos nosotros mismos. 
 
 
    Hay quien ha denunciado, no sin razón, las sombras de la celebración del aniversario estadounidense diciendo que se trata de la autoglorificación de un presidente chiflado que ha creado una polarización extrema en su país. Y es cierto, no vamos a negarlo, pero que la paja en el ojo ajeno, como decía el Otro, no nos impida ver la viga en el nuestro: aquí mismo, entre nosotros, sin ir más lejos, el Gobierno celebró el 20 de noviembre del año pasado los cincuenta años de España en Libertad a raíz de la muerte del dictador Francisco Franco, por ser el acontecimiento histórico que dio inició a la Transición -en realidad transacción- Democrática. 

  
    El logotipo es básicamente textual: ESPAÑA EN LIBERTAD 50 AÑOS, excepto la paloma al vuelo, un ave menos agresiva que el águila calva y rapaz, que sobrevuela la palabra 'España' y constituye la virgulilla de la eñe, letra españolísima por cierto.  Aunque el epicentro de la fecha simbólica fue a finales de 2025, el programa oficial diseñado por el Gobierno de las España se extiende a lo largo de 2026 y parte de 2027 para consolidar el régimen vigente. Se trata de una operación pedagógica a través de exposiciones, encuentros académicos y convocatorias educativas dirigidas fundamentalmente a la juventud a fin de adoctrinarla, que se pregunta dónde esta esa libertad que no se ve por ninguna parte. Se dice que antes no la había y se conjura mágicamente haciéndola aparecer como sacada de la manga: ahora la hay porque ya no hay dictadura bajo este gobierno progresista que padecemos. El que denuncia las sombras de la conmemoración estadounidenses se muestra ciego a las suyas, las españolas y, por extensión, las europeas.  
 
    La libertad de expresión solo se concibe cuando se expresa que hay libertad, sin profundizar demasiado en la cuestión, porque en las discusiones no se critican las ideas, sino a los oponentes. Los argumentos que se emplean no van ad rem, al meollo del asunto, sino ad hominem. Importa más quién diga una cosa que la cosa que diga. Se mira más el dedo que señala la luna, que la luna que señala el dedo.