Según una famosa y quizá apócrifa anécdota que, sin embargo, se non è vera, è ben trovata, el gobierno colonial británico implementó, como se dice ahora, en la India un plan para controlar la población de cobras venenosas que asolaban la metrópoli de Delhi. Consistía en ofrecer una recompensa dineraria, pongamos que unas diez rupias, por ejemplo, por cada piel de serpiente de cobra muerta que se entregara a los funcionarios del gobierno. Inicialmente, la medida pareció exitosa: los intrépidos cazadores de serpientes cobraban sus recompensas y se veían menos cobras en la ciudad.
Sin embargo, con el paso del tiempo, en lugar de disminuir como cabría esperar, se registró un aumento considerable y constante del número de cobras muertas que se presentaban para recibir la recompensa cada mes. Nadie sabía la razón. Al darse cuenta los indios más avispados de que la caza de cobras había convertido a estas serpientes en mercancías valiosas, los más emprendedores comenzaron a criarlas activamente en cautividad. Con la nueva política, las cobras proporcionaban una fuente de ingresos bastante estable. Además, era mucho más fácil matar cobras en cautiverio que cazarlas en la ciudad.
Así, los cazadores de serpientes abandonaron progresivamente la búsqueda de cobras salvajes y se concentraron en sus programas de cría. Con el tiempo, el gobierno se mostró desconcertado por la discrepancia entre el número de cobras avistadas en la ciudad y el número de cobras muertas que se canjeaban por recompensas. Descubrieron los criaderos clandestinos y, por lo tanto, abandonaron la política de recompensas. Como último recurso, los criadores, ahora con nidos de cobras sin valor, simplemente las liberaron en la ciudad, empeorando aún más el problema inicial. La lección es que las políticas simplistas a los problemas complejos pueden resultar contraproducentes. Es lo que se ha denominado el 'efecto cobra'.
Más documentado está el caso de los franceses que intentaron erradicar la plaga de ratas de Hanoi con unos incentivos que produjeron exactamente el resultado contrario al buscado. Hanoi en 1902 era entonces parte de la Indochina francesa. Las autoridades coloniales habían construido un moderno sistema de alcantarillado para el barrio europeo de la ciudad. El problema es que aquellas cloacas se convirtieron en un paraíso para las ratas: húmedo, cálido y lleno de desperdicios.
Al principio, el gobierno empleó cazadores profesionales de ratas, pero no bastaban. Entonces decidió ofrecer una recompensa por cada rata exterminada. Para simplificar la gestión —y no tener que manejar miles de cadáveres, se temía la peste bubónica— se pagaría solo por la cola de la rata, que serviría como prueba de muerte. Durante unos días, el plan pareció un éxito: llegaban montones de colas a las oficinas coloniales.
Pero pronto sucedió algo extraño comenzaron a avistarse ratas vivas… sin cola. Los vietnamitas habían comprendido rápidamente el incentivo económico. Matar una rata eliminaba una futura fuente de ingresos, por lo que resultaba mucho más rentable cortarle la cola y dejarla viva no para que le volviera a crecer el rabo, que no sería el caso, sino para que siguiera reproduciéndose.
Los emprendedores más avispados empezaron a criar ratas expresamente para cobrar recompensas. El resultado fue grotescamente contraproducente: el programa estaba financiando indirectamente la reproducción de ratas, por lo que las autoridades acabaron cancelándolo, pero para entonces el episodio ya se había convertido en símbolo de la torpeza administrativa colonial y de los peligros de otorgar incentivos económicos que lejos de resolver el problema lo ampliaban, tal es la voracidad de Don Dinero.



Los incentivos monetarios rigen el caos organizado.
ResponderEliminarTodo se vende este día, / todo el dinero lo iguala; / la corte vende su gala, / la guerra su valentía; / hasta la sabiduría / vende la Universidad, / ¡Verdad! ( De "Dineros son calidad" de Luis de Góngora y Argote).
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