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miércoles, 19 de agosto de 2026

No dejan títere con cabeza

    Lo que más llamó mi atención de la detención en Madrid hace unos años de dos titiriteros que permanecieron sin juicio previo cuatro días en prisión por orden de un juez(!) fue la unanimidad que hubo en juzgar sumarísimamente que el espectáculo que ponían en escena no era apto para el público infantil al que en principio iba dirigido, porque contenía escenas de violencia. Que yo sepa –y no es que yo sepa mucho, sino todo lo contrario- los títeres de la cachiporra se llaman así porque al final el bueno da un cachiporrazo al malvado, que suele ser la bruja. Y eso no se ha considerado nunca especialmente violento sino bien merecido y apto para todos los públicos.

    Sin embargo, cuando es la bruja, como en el espectáculo de Títeres desde Abajo que se representaba en la capital madrileña, la que le da el cachiporrazo final a Don Cristóbal, porque “a todo cerdo le llega su Sanmartín”,  el espectáculo se convierte en violento, apto sólo para mayores de dieciocho años –y no sin reparos-, chabacano y de mal gusto, aparte de incurrir por si fuera poco en  el delito de apología o, como dicen ahora, “enaltecimiento del terrorismo”. 
 
 

    No hay quien lo entienda. No hay quien entienda cómo se aplican dos varas distintas de medir, y cómo se considera educativo o por lo menos no inapropiado un espectáculo sí y el otro no. 

    Según la tradición, el lobo es el malvado de los cuentos y fábulas infantiles.  Pensemos en Caperucita Roja, sin ir muy lejos. Puede venir un poeta, como José Agustín Goytisolo, y desmitificarnos a este personaje, haciendo uso de su libertad de expresión, y decirnos lo contrario:   “Érase una vez / un lobito bueno / al que maltrataban/ todos los corderos./ Y había también/ un príncipe malo,/ una bruja hermosa /y un pirata honrado. / Todas estas cosas había una vez. / Cuando yo soñaba / un mundo al revés”. Y la cosa tiene su gracia, no pasa de ahí y, de paso, nos da qué pensar sobre la relatividad de nuestros juicios morales y convenciones sociales.

    Pero, según parece, hay cosas que no se pueden decir sin incurrir en un delito.  Esto me recuerda a aquel aforismo de Rafael Sánchez Ferlosio: (Última hora) Los hombres matan, la poli abate. Y es que la violencia institucional no es violencia, está legítimamente justificada, ni siquiera se la llama por su nombre, sino que se utiliza un eufemismo: la policía nunca mata a un hombre, lo reduce, lo derriba, lo abate a tiros, como dice Ferlosio, pero, aunque le quite la vida, no lo mata nunca. Los terroristas, sin embargo, matan, asesinan, nunca abaten a sus víctimas... 
 
    Y si se muestran imágenes o se critica una actuación policial, se incurre en el delito de: ¡enaltecimiento del terrorismo!¿Qué diríamos entonces de este Polichinela, sacado de Cuentos del mundo de los niños (1878), que viene nada más y nada menos que de la Commedia dell´Arte italiana y de una larga tradición cultural europea que remonta a la sátira latina y a la comedia atelana por lo menos,  que les da el cachiporrazo final a dos policías? ¿Desacato a la autoridad? ¿Terrorismo? 
    ¿No podríamos considerar que los títeres tradicionales de la cachiporra fomentan la violencia machista contra las mujeres, justificando los malos tratos que pueden recibir las tachadas muchas veces de brujas? Sin embargo, a ningún padre que estuviera en sus cabales se le ocurriría llamar a la policía para que detuviera a los titiriteros ni a ningún juez, creo yo, enviarlos ipso facto a prisión por fomentar lo que ahora se llama con inapropiado anglicismo “violencia de género” (gender-based violence). Sólo a alguien que no estuviera en su sano juicio se le ocurriría prohibir un espectáculo así, tan políticamente incorrecto, si bien, se mira, sin embargo. Y yo no soy, que conste, partidario de ninguna prohibición.

    En estos tiempos que corren, tan malos para la lírica, la épica y la poesía dramática en general tanto trágica como cómica, y no digamos para la sátira –satura quidem tota nostra est, que dijo Quintiliano, reivindicando la originalidad latina de este género literario- lo que veas:  unos padres han perdido los papeles llamando a la policía, en lugar de marcharse y llevarse a sus hijos si no les gustaba el espectáculo que estaban viendo, y un juez ha prevaricado privando a dos artistas de su libertad de expresión. ¿Para qué vamos a hablar del lamentable papel que han jugado casi todos los medios de (in)formación de masas y comunicación con ruedas de molino que, como don Quijote de la Mancha enloquecido y desvariando cuando acudió a la representación de "El retablo de la libertad" del titiritero maese Pedro, han blandido sus espadas y no han dejado títere de trapo con cabeza? 

    Así retrataba, por cierto, nuestro Cervantes magistralmente la escena: "Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo: —No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!  Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán." 
 Don Quijote no dejando títere con cabeza