13.- Pedofobia. Escribía J.M. de Prada en que “detrás de la abolición de la Navidad, cada año más palpable, hay odio a los niños”. Podíamos llamar a este odio, que también es temor por lo que representan las tiernas criaturas, pedofobia. Efectivamente, nuestra sociedad no es ni pederasta ni pedófila en el buen sentido de ambas palabras referidas a la infancia, al niño que todos llevamos dentro, ya sea bajo la sombra de Eros, el amor, o de la filía, la amistad. A medida las cosas van pasando, que son las cosas las que pasan y no el tiempo, la infancia, la pureza de nuestras almas se contamina, nos vemos obligados a pisotear, a violar, a matar el niño que llevamos dentro. Vivir es sobrevivir a un niño muerto, dice Sartre en su hagiografía de Jean Genet. Por eso no hay Navidad, ni (re)nacimiento que valga. Escribe, por su parte, el zamorano que cada vez que nace un niño “el palacio de Herodes se tambalea en sus cimientos”, “Herodes pierde un trozo de su reino”, “Herodes es condenado al destierro”, pero quizá debería decir mejor que cada vez que nace un niño nace con él un Herodes dispuesto a perpetrar la matanza de su inocencia. Herodes somos nosotros mismos, no hace falta ni decirlo.
14 ¿Dónde están los jefes, jefazos, jefecillos, jefezuchos y jefezuelos de antaño? ¿Dónde las jefas...? Parece que ya no hay jefaturas. ¿Vivimos en la divina y áurea acracia? Ni por asomo. ¿Qué es lo que hay entonces? El acrónimo de un anglicismo: CEOS. Antaño los llamábamos ejecutivos, pero como no sonaba bien porque recordaba a “ejecutor” y “ejecución”, los anglosajones los llamaron chiefs, que era su 'jefes' pero en francés, pero al poco hicieron un tres en uno formando el Chief Executive Officer, una denominación que recogía al ejecutivo y al jefe que se querían disimular y, además le añadía, lo de oficial que sonaba poco menos que a militar. Pero lo último ha sido la gran operación de camuflaje que proporcionan las siglas iniciales: CEO. Las siglas, que son un comprimido de un concepto complejo, nos alejan de ese concepto disimulándolo, ocultándolo. Ahora ya no hay jefes ni jefas -tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando-, lo que hay son CEOS de ambos sexos y géneros que, como los antiguos ejecutivos, viven en un mundo de aviones privados, restaurantes de lujo galardonados con estrellas michelín, hoteles de cinco estrellas premium, y manejan cifras astronómicas, impensables para el común de los mortales, viviendo con el bien fundado temor temor de perderlo todo y con la obviedad -que a veces logran olvidar- de que todo eso no les pertenece, y que, como dice a veces la gente, aquí se va a quedar, no ya cuando ellos se mueran, que efectivamente no podrán llevárselo al otro mundo, sino mañana mismo, hoy mismo, cuando su dueño y señor les agradezca sus servicios prestados y les despida, descubriendo que los que más mandaban eran los más mandados.
15.- Por un puñado de likes. Los influencers y tiktokers hacen cualquier cosa por un puñado de likes -pronúnciese laix- y por aumentar así el número de followers, lo que se traduce no solo en fama personal y logro de un nombre propio generalmente ridículo y parlante sino sobre todo en dinero. Algunos llegan a poner en riesgo su propia vida con tal de conseguir la imagen perfecta e impactante para subir a sus redes sociales, convencidos de que unos segundos de viralidad justifican cualquier imprudencia temeraria. Otros encuentran lo que no buscan, por ejemplo, la muerte por un selfie o autorretrato, como se decía antaño. Hay retos, en efecto, que se hacen virales en los que los participantes se juegan la vida: no buscan un logro deportivo ni la hazaña personal de superarse a sí mismos, sino grabar contenido -porque son creadores de contenido, es decir, contenedores de basura- para sus redes sociales, por lo que algunas escenas pensadas para generar visitas y likes, terminan como no podía ser menos en tragedia.

16.- Quien contamina paga. Recibo una carta certificada del ayuntamiento de la localidad en la que vivo comunicándome el basurazo, el nuevo impuesto de recogida y tratamiento de los residuos, en la que me informan de la 'nueva tasa de gestión de residuos', que responde, dicen, a la obligación de que los costes sean sufragados por quienes los generan, conforme al principio de “quien contamina paga” recogido en la legislación europea y española. Recuerda aquello de que 'el que rompe paga y se lleva los platos rotos'. ¿Es justo que quien contamine pague para librarse así de la contaminación que ha producido? Y la pregunta me lleva a la vieja consideración religiosa de que puedo pecar (o contaminar) si pago por ello comprando una bula de indulgencia, como hacían los pudientes -no todo el mundo podía, es decir, había que tener dinero para poder- que se saltaban el ayuno en Cuaresma y comían carne previa compra de una bula de indulgencia, un documento papal que perdonaba penas temporales por pecados confesados a cambio de dinero destinado a obras benéficas como eran las cruzadas por ejemplo. Genero basura (o residuos, como dice el ayuntamiento), pero, si pago por ello, purgo el pecado cometido de contaminación. No dejo de contaminar, que sería lo propio, sino que pago para seguir contaminando. A todo esto, no perdamos de vista el significado del verbo 'pagar', que todo el mundo entiende, y su etimología, que aquí se revela bien clara: hacer la paz, apaciguar, apagar. El dinero me permite seguir pecando, seguir contaminando, siempre que lo pague.

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“-Manu, no la pierdes... la ilusión, digo”.
Es lo que decía el anuncio entrañable -hay que verlo completo- de la lotería de Navidad de 2014, el mejor sin duda, que todavía sigue emocionando a los más duros y su mensaje de compartir el décimo de la ilusión. Su mensaje es que no hay que perder nunca la ilusión, que hay que compartirla. La lotería no se inventó para enriquecer al personal, sino al fisco, que es el único que juega todos los números y que, por lo tanto, gana siempre porque nunca pierde. Hay cien mil números de cinco cifras en juego que van desde el 00000 hasta el 99.999. Si yo juego un décimo de uno de esos números, que cuesta 20 euros, tengo una posibilidad entre cien mil de que me toque el premio gordo en la lotería de Navidad, que son 400.000 euros (que se quedan en 328.000 con la mordida de la Hacienda del Estado). Uno podría comprar todos los boletos para asegurarse así el premio Gordo, pero no sería un buen negocio porque debería para ello invertir dos millones de euros. No merece la pena invertir tanto dinero para ganar menos de la mitad de la mitad de lo que ha invertido. Esto nos da ya una idea de la gran estafa que es la lotería nacional, ese invento del Estado para sacarnos el dinero a la mayoría con la excusa de enriquecer a unos pocos. Uno juega a la lotería para ganar dinero, pero para eso debe gastarse veinte euros en un décimo. Hay más premios, y hay aproximaciones y, con un poco de suerte, puedes ganar la devolución del décimo si la cifra final del número jugado coincide con la del gordo. Eso me ha pasado a mí mismo este año, que caí en la trampa de adquirir un décimo y me tocó la devolución. Cuando fui a cobrarlo, es decir, a recuperar los veinte euros que había invertido, el lotero me dijo que si quería a cambio un décimo de la lotería de El Niño. Le dije que no, que me devolviera los veinte euros. Una y no más, santo Tomás.








