Mucho se oye últimamente hablar de geopolítica y aun de geoestrategia, dos términos cultos de factura griega, formados sobre el nombre del planeta -geo- y la organización del estado -polis- y hasta del ejército -estrategia-, que sirven para ocultar y revelar a la vez la realidad. Por geopolítica se entiende, según parece, el estudio del condicionamiento geográfico de la política. Según el ángulo de nuestra localización en el planeta (Oriente/Occidente, Norte/Sur...) adoptamos, inevitablemente al parecer, un punto de vista u otro, condicionados como estamos por el lugar donde hemos nacido o donde vivimos.
Esto implica un relativismo moral flagrante. Lo que es “bueno” visto desde un lado se convierte en “malo” desde el otro, y viceversa, lo que resulta a todas luces escandaloso, maniqueo y no poco hipócrita, pero revela lo condicionado que está nuestro juicio.
Si consideramos un caso concreto de la actualidad que nos sirven los periódicos y los medios en general, como hace el periodista francés Xavier Alzabert, director de France Soir, en su artículo Un miroir réfléchissant como fue la captura del presidente de Venezuela el 3 de enero de este año por las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos (Fuerza Delta), ya nos encontramos con el primer problema que es la utilización de los términos que estamos empleando para referirnos al hecho: hemos escrito, como hace el periodista, "captura" y "presidente", que parecen neutros pero no lo son, porque podíamos haber utilizado otros en su lugar como "secuestro" y "dictador". No hay un discurso objetivo. La elección de las palabra que utilizamos en el relato es subjetiva y revela ya nuestro condicionamiento moral. Los hechos son como se cuentan.
Siguiendo con el ejemplo, los norteamericanos con la llamada Operación Resolución Absoluta y con ataques aéreos sobre Caracas y bases militares venezolanas produjeron muertes y destrucción, y finalmente la abducción del presidente y su esposa que fueron llevados inmediatamente en barco a Nueva York. Este hecho, que parece el argumento de una película de acción norteamericana, es visto desde Guásinton una contundente victoria del Bien contra el Mal, representado por un presidente que en realidad es un narcoterrorista acusado de liderar un gigantesco cártel de la droga, del que habría sido liberado el pueblo venezolano gracias a la intervención del Tío Sam.
Desde una perspectiva opuesta como es la de los BRICs (siglas de Brasil, Rusia, India y China, como fueron denominadas estas potencias emergentes a principios del siglo), que es como si dijéramos desde la perspectiva del resto del mundo, el hecho es una violación del derecho internacional y la soberanía de un Estado así como una agresión imperialista que ha causado al menos ochenta muertos (incluidos civiles según el New York Times) y destrucción en la capital de Venezuela, lo que se interpreta como expansionismo estadounidense que quiere apoderarse del petróleo venezolano y mantener la supremacía del dólar, ya que el petrodólar que resulta de la venta del petróleo mueve el mundo al parecer.
Esta visión maniquea de buenos y malos oculta, como señala el periodista francés al final de su artículo, una realidad más profunda: que tanto los unos (los EEUU) como los otros (BRIC,s y resto del mundo) no son dos polos opuestos como habitualmente se presentan, sino que forman un único y mismo bando, que es el que él denomina las 'élites globalistas'. Por lo que elegir entre el expansionismo armado de los EEUU o la multipolaridad de los BRIC,s no hace más que dividir a la gente que vive bajo la tutela de esos Estados.
No hay, en verdad, dos bandos opuestos, sino uno solo y una sola guerra, que se presenta orgüelianamente como paz (una paz que según doña Úrsula manifiesta en la cumbre de Davos de este año hay que asegurarla armando y rearmando y volviendo a rearmar la Europa que regenta) la de los gobiernos de estos Estados rivales contra sus propios pueblos.
Los globalistas, término que los engloba a unos y otros, mantienen su dominio manipulando la opinión pública mediante la creación de guerras indirectas, sanciones o intervenciones humanitarias, y sus respectivos relatos: no hay obras sin palabras ni palabras sin obras, y crean ambas cosas, para camuflar la auténtica guerra que es el dominio camuflado bajo el disfraz -otro helenismo- de la "democracia", que siempre es "pseudodemocracia".
Unos dirigentes tachan a otros de dictatoriales y represivos, y estos, a su vez, les devuelven la pelota a los primeros acusándoles de lo mismo: quieren que nos decantemos por unos o por otros, pero no podemos decantarnos por ninguno, porque son lo mismo: autoritarios.
La diferencia es que no ven su propio autoritarismo y sí el de los demás. Es la fábula de las dos alforjas de Esopo: cada uno de los hombres lleva dos alforjas, una por delante y otra por detrás: la delantera lleva los defectos de los otros, la trasera los nuestros propios por lo que tenemos ante los ojos los ajenos, pero los propios, que curiosamente son los mismos, no los vemos.
Los Estados Unidos siempre ha encontrado una buena excusa para sus intervenciones militares que han denominado impunemente 'humanitarias', luchar contra el narcotráfico venezolano en esta ocasión, o antes desarmar a Iraq porque poseía “armas de destrucción masiva” que podía poner en peligro nuestra integridad mundial, y para justificarlo han hecho uso de la propaganda a través de los medios de creación de la opinión pública.
La guerra verdadera de verdad no está en las guerrillas de estas hazañas bélicas de naciones que pugnan por la hegemonía mundial, como quieren hacer que veamos, sino entre las élites, como dice Azalbert, que son los 'electi' o elegidos democráticamente para la gloria, gobiernos y empresarios, los dueños del Poder y del Capital, si no son lo mismo ya políticos y economistas, y nosotros; la guerra, que se presenta torticeramente como paz, en definitiva, entre los de arriba y los de abajo.



