Se habla mucho de las faltas de ortografía, y muy poco de las sobras; es decir, de lo que está de más en la escritura. Serían sobras de ortografía, poner, por ejemplo, tildes donde no debería haberlas. Una sobra de ortografía que cada vez veo más y que me preocupa es "vinierón" (sic): acentuar una palabra llana como si fuera aguda, lo que se debe a una imposición de la norma sobre el oído, que no se ha comprendido y escuchado, pero que se apresta a obedecer. Quien escribe "vinierón" sabe que hay una regla orotográfica que dice que en español se pone tilde sobre la vocal correspondiente a todas las palabras agudas acabadas en -n o -s, como, por ejemplo "canción" o "inglés". Quien escribe "vinierón" no se para a escuchar a su oído y a oír si la palabra es aguda, llana o esdrújula porque su oído, ensordecido por la imposición de la norma, probablemente no le diga nada, pero se apresura a obedecer y cumplir -la ley es la ley- la regla susodicha, aprendida y no comprendida, escribiendo algo que no pronunciará nunca.
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domingo, 10 de mayo de 2026
Sobras ortográficas
Las faltas de
ortografía, desde mi modesto punto de vista, tienen alguna justificación:
quien escribe "b" en vez de "v" o viceversa lo hace porque
hoy en día ambas letras se pronuncian igual, quien escribe "acer" sin
hache está cometiendo una falta de ortografía, que se explica por el carácter
mudo de la hache en español contemporáneo. Las faltas de ortografía, por
lo tanto, tienen alguna justificación más que las sobras. Lo único que justifica a
estas últimas es la "ciega" obediencia a las reglas de ortografía.
Otra
sobra de ortografía sería escribir haches donde no las hay. Nuestras haches
suelen venir de haches latinas, por ejemplo la palabra "hombre", que
procede de hominem o de efes iniciales que, después de aspirarse,
acabaron desapareciendo delante de la mayoría de las vocales, fenómeno que se
produjo en castellano pero no en catalán ni en portugués, y que Menéndez Pidal
explicaba como influencia del sustrato vasco, dado que la lengua vasca no tiene
f- inicial. Se trata de palabras como "hijo", que procede de filium
o "harina", que viene de "farinam".
Si
preguntamos a un estudiante español de ESO (hagamos la prueba) si es más
correcto escribir "exuberante" o "exhuberante" es más que
probable que, desconociendo el significado de la palabra, se incline por la
forma que contiene la hache intercalada, porque le parecerá más correcta, es
decir, más difícil de escribir. Esa sería otra sobra de ortografía, no
propiamente una falta. Debe escribirse “exuberante”, sin hache intercalada,
porque el término procede del adjetivo latino uber que significa
"fértil, fecundo, abundante", cuya forma de superlativo conservamos
en español "ubérrimo". La palabra uber también significa, como
sustantivo, "pecho, teta, seno", como se ve en la evolución fonética
pues su acusativo "úberem" evolucionó, tras la apócope final de -m y pérdida de la vocal interior átona postónica, a
"ubre". De ahí que "exuberante" signifique
etimológicamente que "produce fruto, que da leche": la preposición
"ex" indica un movimiento centrífugo de dentro hacia fuera. Sin
embargo y por miedo tal vez de cometer una falta de ortografía y por analogía con
palabras como exhumar (sacar de la tierra, propiamente hablando, donde
la hache está etimológicamente justificada porque procede de humus), cometemos
una sobra de ortografía intercalando una hache totalmente superflua.
Sería
precisa una reforma de la ortografía para que desaparecieran como por
arte de
magia y de la noche a la mañana todas las faltas de ortografía, y
prestar un poco de oído a la lengua hablada, sin obediencia ciega y
acrítica a las normas académicas, para que no hubiera tampoco sobras de
ortografía a la hora de
escribir.
jueves, 23 de abril de 2026
¿Cómo solucionar el problema de las faltas de ortografía?
A las respuestas tradicionales de fomentando la lectura desde la más
temprana infancia y leyendo mucho desde entonces, desarrollando
la memoria visual, haciendo cuadernos de ortografía y muchos
dictados, copiando correctamente las palabras mal escritas varias veces
como nos hacían en la escuela el siglo pasado, aprendiendo
las reglas y normas (como por ejemplo: ene se escribe eme antes de pe y be), habría
que añadir la solución definitiva que ningún Académico de la RAE ni profesor de Lengua y Literatura Castellanas quiere
considerar, porque ¿a qué iban a dedicarse ellos, la real
institución y los muchos profesores tanto de la enseñanza pública
como de la privada y la concertada si desapareciera el problema?
La solución definitiva sería la mejor reforma educativa -y ya van
para siete en treinta y cinco años en España las reformas que no han
servido para nada bueno-, la más interesante de
todas las habidas y por haber: la reforma ortográfica. No se atreven a
emprenderla porque habría que jubilarlos a todos, como
habría que, siguiendo la propuesta que un día desde la Orotava hizo don
Joaquín Gutiérrez Calderón en un periódico de humilde
tirada, jubilar todas las haches mudas al principio de palabra, unificar
las
bes y las uves y utilizar una sola de las dos letras para el mismo
fonema, quitarles la u a las ges para decir “guerra” y usar las
jotas tanto para “coge” como para “coja”, de lo que fue precursor Juan
Ramón Jiménez. Habría que
despedirse de equis como la de “experto” y dejarlas en lo que
son, simples eses, y olvidarse de enes como la de “instituto”,
que sólo los muy pedantes se empeñan en pronunciar para que se note su
afectada cultiparla, unificar las
ces, las kas y las cus y utilizar una sola de esas letras para
escribir cosas como “casa”, “kilo” o “queso”; y unificar
la zeta y la ce, quedándonos con una de las dos para escribir
“ceniza”, por ejemplo. Y a la lista de propuestas de Gutiérrez Calderón
añadamos que habría que escribir con y griega tanto "calló" como "cayó",
habida cuenta de la extensión del fenómeno fonético del yeísmo en
español oficial contemporáneo que ha acabado confundiendo ambos fonemas.
Sólo entonces, con una escritura fiel al habla de
la gente -y hablando se entiende la gente y no hay faltas de
ortografía que valgan- se acabarían los errores ortográficos,
“esos clamorosos desajustes entre la razón limpia de los niños y
la norma más caprichosa que etimológica de los académicos” en
expresión de Gutiérrez Calderón.
Sobra de ortografía: auriculares in(h)alámbricos
Ya hablaremos más adelante de cómo, por otra parte, la escritura,
con faltas y sobras de ortografía o sin ellas, no es más que la tumba de la
lengua hablada, y de la narración y la poesía, y del razonamiento,
que acaba así enquistándose y convirtiéndose en filosofía, y en
historia de la filosofía, y en mera literatura, pero ese es otro
cantar.
lunes, 17 de noviembre de 2025
Sobras de ortografía y esmárfonos
Adictos como son los adolescentes en su mayoría a las redes sociales,
se dedican, una vez que han caído en ellas y se han convertido de peces que eran en el río o en la mar salada en pescados de la pescadería, a leer lo que otros escriben y a publicar ellos sin
piedad,
consideración ni pudor todas las ocurrencias que les pasan por las
mientes, descerrajando sin ton ni son las opiniones y los gustos
personales más idiotas de sus idiosincrasias: cómo les mola –o disgusta,
para el caso da igual- el último temazo infumable de la diva
milmillonaria y
estrafalaria de turno que ha visto la luz y acaba de vomitar un adelanto de su último
álbum que
todavía no está en el mercado, o los exabruptos de cualquier
politicastro de
turno, tertuliano o concursante televisivo...
Y así uno puede leer, por ejemplo, entre tanta morralla y bazofia gritos desesperados y desgarrados en menos como: HABER SI ME MUERO (sic). Que en seguida recibirá la adhesión de varios “like”, “me gusta”, “fav”, o lo que sea, porque de lo que se trata es de permanecer atentos a la pantalla y de reaccionar ante lo que airean los demás dentro de la Time Line.
Y así uno puede leer, por ejemplo, entre tanta morralla y bazofia gritos desesperados y desgarrados en menos como: HABER SI ME MUERO (sic). Que en seguida recibirá la adhesión de varios “like”, “me gusta”, “fav”, o lo que sea, porque de lo que se trata es de permanecer atentos a la pantalla y de reaccionar ante lo que airean los demás dentro de la Time Line.
Lo que no consiguió, precisamente, la televisión cuando decía
aquello de “permanezcan atentos a su pantalla” –algunos nos desenganchamos de
aquella droga estupefaciente y nos quitamos de ella para siempre- lo han logrado los
teléfonos supuestamente inteligentes, a cuyas pantallas permanecen atentos los
jóvenes y no tan jóvenes en su inmensa mayoría a todas las horas del día y de la noche.
HABER SI ME MUERO: Se trata
de un exabrupto adolescente donde lo que a mí más me preocupa no es su carácter
infantiloide, ni siquiera la falta de ortografía consistente en meter una B de
burro donde no debería, sino el carácter –me refiero ahora a la letra- que está de más, es decir, la sobra de
ortografía consistente en meter una H donde no debería haber (aquí sí que está
justificada la hache) nada. Porque, vamos a ver (sin hache y con uve), a ver si nos
enteramos: la B y la V se pronuncian igual y puede entenderse que alguien
medianamente instruido cometa una falta de ortografía confundiendo una letra
por otra y escriba por ejemplo *avalanzarse, con uve, o *abalancha con be, porque, a fin de
cuentas, ambas letras representan un mismo fonema oclusivo labial sonoro castellano
que escribimos unas veces con be y otras con uve por razones meramente etimológicas
y conservadoras que la mayoría de los hablantes ignoran, pero son dictados prescriptivos
de la RAE, que nos dice que abalanzarse es con be, como balanza, y avalancha es
con uve, porque viene del francés avalanche, donde la uve por cierto es un fonema
distinto de la be, y donde no es lo mismo “je bois” (bebo)
que “je vois” (veo). Pero lo que demuestra una sumisión total a la
autoridad y un miedo pluscuampatológico a cometer una falta ortográfica que nos
lleva a perpetrar lo contrario, para mí mucho más grave, si cabe: una sobra
ortográfica.
No me extraña que muchos jóvenes y no tan jóvenes utilicen las
redes sociales que los utilizan a ellos para mostrar su insatisfacción y su
ilibertad, motivadas entre otras cosas por su dependencia y grado de adicción a
dichas redes. Y es que, como muy bien escribió el recientemente laureado Byung-Chul Han, la red digital, que se
recibió al principio como un medio de libertad ilimitada, pasada la euforia
inicial, se muestra hoy como una decepción: “La libertad y la comunicación
ilimitadas se convierten en control y vigilancia totales”. Y también: “El smartphone es un objeto digital de devoción”. Y “devoto”
significa “sumiso”, por lo que el smartphone
es un objeto de sumisión y alienación. Funciona, dice el ocurrente maestro coreano, como
un rosario, ya que ambos –el teléfono inteligente y el rosario- sirven para
examinarse uno y controlarse a sí mismo. “El me gusta es el amén digital. Cuando hacemos clic en el botón de me gusta nos sometemos a un entramado de dominación. El
smartphone no es sólo un eficiente
aparato de vigilancia, sino también un confesonario móvil. Facebook es la
iglesia, la sinagoga global (literalmente, la congregación) de lo digital.” (Byung-Chul Han, La crisis de la libertad, en su libro Psicopolítica).
miércoles, 3 de enero de 2024
¿¡Todabía, con be de burro!? (I)
(Plan
de mejora de la escritura del español para la erradicación de las faltas de ortografía).
La
escritura es un fenómeno cultural
gracias al que los hablantes de una lengua toman conciencia de la
lengua que hablan. En este sentido, la escritura del castellano, la
del italiano y el alemán, así como la del latín para su tiempo,
son bastante fieles a la lengua hablada, reflejan bastante bien en general, ya
que no la pronunciación, sí la estructura fonológica, es decir,
los rasgos pertinentes y distintivos de los sonidos, a diferencia del
francés o del inglés.
En esta última lengua franca y babélica, que es la lengua del Imperio, la pronunciación de la vocal larga /u:/,
por poner un solo ejemplo, puede reflejarse en la escritura de siete
formas diferentes: boot, move, shoe, group, flew, blue, rude.
Esto supone que la mayoría de las palabras
de la lengua de Shakespeare deben deletrearse si no se saben escribir, lo que se ve en las películas anglosajonas donde cada dos por tres deben deletrear los nombres propios cuya escritura
se desconoce, mientras que en la lengua de Cervantes la mayoría de las palabras se leen prácticamente como se escriben,
porque a cada letra por regla general suele corresponderle un fonema,
y viceversa.
El poeta Juan Ramón Jiménez emprendió
por su cuenta su pequeña reforma ortográfica en lo que a la ge y a
la jota concierne, escribiendo con jota, por ejemplo, “antolojía”
y reservando la ge exclusivamente para la oclusiva velar sonora, como
en gato.
Agustín García Calvo optó en sus últimos textos por eliminar la x en el margen postnuclear de la sílaba, y escribir en su lugar, una "s", por ejemplo, "testo" en vez de "texto", igualmente optó por la eliminación de la "n" cuando iba seguida de silbante más consonante, en una tendencia que ya recoge la RAE, que en algunas ocasiones admite la doble forma como en "transporte" y "trasporte".
No obstante, todavía chocamos en
castellano con algunos obstáculos, que deberíamos desechar si
queremos ser más respetuosos con la procura de escribir bien la
lengua que hablamos. Las letras “b” y “v”, por ejemplo,
representan el mismo fonema oclusivo labial sonoro hoy día, a pesar
de algunos cultiparlantes que se empeñan en africar las uves al modo
francés. Parece lo más razonable usar una grafía común para este
fonema: o siempre la “v” o siempre la “b”, pero no unas veces
uno y otras otro como sucede ahora por unas razones conservadoras que
la inmensa mayoría de los hablantes y escribientes desconoce.
Otro ejemplo: la hache no es un fonema castellano y
no se incluye dentro del sistema fonológico (aunque alguna vez se
aspirara, como revela la expresión cante jondo, es decir,
hondo). Deberíamos olvidarnos de ellas al comienzo de las
palabras, como hicieron los italianos -sólo queda alguna reliquia en la lengua de Dante. O, de lo contrario, los
conservadores de grafías obsoletas deberían reclamar que España se
escribiera con hache, sí, porque viene del latín “Hispania”,
como se sabe, con hache (aquí tienen el argumento etimológico que
necesitan), y deberían escribir, de acuerdo con eso, Hespaña
por lo tanto.
Igualmente, el problema de los acentos
se resolvería con un poco de buena voluntad si acentuáramos todas
las palabras tónicas y nos olvidáramos de normas ortográficas que
huelen a alcanfor y a naftalina, que impone la santa madre inquisición
de la corrección ortográfica. Las autoridades académicas nos han
dispensado de escribir la tilde del acento en algunos monosílabos
tónicos, pero sería mucho más fácil ponérsela a todos que no
acordarse de que hay que ponerla en mí cuando no es posesivo, sino personal, y en sí, cuando es afirmación y no la conjunción condicional, pero
no en ti por ejemplo.
Se podría objetar que lo que aquí se
predica traería consecuencias desastrosas y funestas para el cabal
entendimiento de la lengua, o sea para la gramática. No es así en
absoluto. Al contrario, nadie confundiría, por poner un ejemplo, la
preposición “a” (a casa) con el verbo auxiliar “ha”
(ha ido), porque la diferencia más importante no radica en la hache,
que es sólo superficial y literaria, y no es más que una rémora de
nuestra tradición escrita, sino en el acento: la preposición es
átona y el verbo tónico. Bastaría solamente con prestarle oído a
la propia lengua que hablamos para saber que “a” no lleva acento
en “a casa”, pero sí lo lleva, aunque secundario, en “hà ído”…
¡Lástima que algunos estén ya irremediablemente sordos para el
resto de sus días por culpa del propio sistema educativo, que pretende ensordecernos a
todos o, al menos, a la inmensa mayoría democrática, anteponiendo
el carro de las reglas ortográficas del acento a los bueyes del
sentido del oído y la prosodia!
¿Qué sucedería si de repente, de la
noche a la mañana, como suele decirse, nos pusiéramos todos a
escribir como hablamos? ¿Pasaría algo grave? No, nada más que no
habría lugar a cometer faltas de ortografía. ¿Nada más que eso?
Nada más y nada menos. ¡Sería estupendo! Nadie se escandalizaría
por el hecho de que se escribiera “abézes”, por ejemplo, todo junto y con “b”
y con “z” (sí que sería una idiotez, un signo de cobardía,
sumisión a la autoridad y miedo a cometer una falta –pero no una
falta propiamente dicha, sino en todo caso una sobra- escribir “habézes”, lo
que pasa hoy: algunos se pasan por miedo de no llegar y ponen o
intercalan haches donde no las hay, como en teléfono
in(h)alámbrico, creyendo que escriben más cultamente, y ponen tildes donde no hay que ponerlas como en vinierón y todo lo
que acaba en –on, porque han interiorizado la norma de que se
acentúan las palabras oxítonas que acaban en ene o ese, y no
escuchan a su oído que debería hacerles sentir cuál es la sílaba
tónica, que no es la última sino la penúltima en este caso, complicando las cosas así sobremanera.
Y es que la normativa académica
vigente cumple a mi ver dos funciones importantes: la de inducir a
errores ocultando y falsificando la realidad de la propia lengua que
se habla, y la política (todo es política en esta vida, ya lo ves,
hija mía, hasta lo que no lo parecía), de imponerle a la gente
(analfabeta como viene al mundo) normas, reglas y autoridades
académicas y pedantes desde su más temprana infancia para someterla
también al yugo ortopédico y ortodoxo de la ortografía.
(1)
La palabra todavía procede de dos palabras
latinas tota uia, expresión que significa “en todo el recorrido
del camino”, como en la frase “tōtā uiā
errāre”: equivocarse totalmente, de cabo a
rabo. De ahí viene, escrito en una sola palabra, nuestro todavía,
que en castellano viejo se usaba como
sinónimo de siempre (cf. ing. allways), como en el verso aquel del Arcipreste de Hita
del Libro de Buen Amor: adulterio e
forniçio todavía deseas. La Real
Academia Española de la Lengua, esencialmente conservadora,
prescribe que se escriba todavía con uve para recordar precisamente
su origen etimológico latino. Pero el argumento cae por su propio
peso: en latín no había uves: la palabra VIA se pronunciaba “uia”,
no “bia” (al menos en el latín clásico, porque, según sabemos,
los hispanos confundieron enseguida en latín vulgar VĪVERE
(uiíuere: vivir) con BIBERE (bíbere: beber), haciendo ambas
palabras equivalentes al oído. Y es que hoy sólo hay una pequeña
diferencia de timbre vocálico entre vivamos
y bebamos,
lo que no deja de tener su miga de gracia por su parte.
jueves, 12 de agosto de 2021
Don Miguel de Unamuno y la ortografía
¡Qué feroz insistencia la de los padres y los maestros en torcer lo derecho y corroborar lo torcido de sus naturales instintos (de los niños)! (Miguel de Unamuno, Acerca de la reforma de la ortografía castellana, 1896).
Miguel de Unamuno (1864-1936)
Don Miguel de Unamuno nos
ha legado un retrato entrañable de un maestro de escuela llamado
Gárcia y no García, decidido partidario de la ortografía
fonética. Su propuesta era la siguiente: “Para cada sonido un solo signo y para cada signo un
solo sonido. Suprimía la c y la qu,
escribiendo ka, ke, ki, ko, ku
y za, ze, zi, zo, zu.
Así,
kerer,
kinto
y zera,
zinturón.
Su
grito de guerra -que él escribía
gerra- era:
“¡Muera la qu!”.
De
él escribe Unamuno: “...él era Gárcia y no García, y defendía
la prosodia de su apellido con una tozudez heroica. Era menester que
no le devorasen los Garcías, los vulgares Garcías. Un García
cualquiera podía conformarse con la ortografía oficial y transigir
con la qu
y con la hache; pero él, Gárcia, él era un rebelde que iba a
revolucionar por la ortografía fonética el pensamiento todo de las
generaciones futuras.”
Las
pretensiones del maestro rural chocaron enseguida con la tozuda realidad
de los
vulgares Garcías, los conformistas, los que a todo decían amén. No
en vano García es el apellido más común en la geografía de nuestra
sufrida piel de
toro que sigue siendo España, donde la tauromaquia es la fiesta nacional
y está declarada de interés para los turistas. Así continúa don Miguel:
“Pero el
pueblo se alarmó, y creyó que aquel hombre heroico y abnegado
estaba trastornando los entendimientos de los niños puestos a su
cuidado, que a estos niños les convenía aprender la ortografía
oficial y no otra, que si escribían azer
en
vez de hacer, zikatero
en
vez de cicatero y keso
por
queso, no harían carrera, y empezó una campaña contra el pobre
maestro. Él que escriba sus cartas como quiera -decían los
vecinos-; pero a nuestros hijos que les enseñe a escribir como Dios
manda. Dios era la Real Academia Española de la Lengua. Y querían
que les enseñase a escribir hasta septiembre
y
obscuro y
subscriptor,
como yo no escribo nunca.”
Es
curioso que las tres palabras que cita Unamuno como correctas
ortográficamente puedan escribirse hoy también con corrección
setiembre, oscuro y suscriptor, y en estos dos últimos casos es la
forma más habitual, quedando ya como obsoletas las formas con bs que él citana como académicas.
Nuestro maestro de escuela acabará claudicando ante los
requerimientos de su mujer, que le recrimina que van a echarlo de
la escuela y no van a admitirlo en ninguna parte, y sus hijos van a
morirse de hambre. Lo que dice la abnegada esposa y madre de familia representa, según Unamuno, la voz de la
sabiduría del pueblo, pero se trata de una voz popular "de la claudicación, de la
mansedumbre”.
El cuento, que lleva por título “Gárcia, mártir de la
ortografía fonética”, concluye así: “Al fin llegó el desenlace de la
tragedia, la catástrofe. El pobre Gárcia sucumbió. Enseñaría a
escribir como la Academia manda, enseñaría a escribir
obscuro con la b,
y enseñaría la qu
y la hache y la ce.
Pero antes se haría
García. O sea, la muerte civil, el suicidio intelectual. Y desde que
se convirtió en García y enseñaba ortografía académica, el pobre
hombre fue como un cadáver ambulante. Y sobrevivió poco. La pena le
mató.”
Por
otra parte, en su escrito de 1896 Acerca
de la reforma de la ortografía castellana,
aborda don Miguel de Unamuno el mismo tema desde una perspectiva, no ya literaria
como en el susodicho cuento, sino ensayística, aunque es a veces difícil deslindar la narración del ensayo en Unamuno .
Muchos
maestros se quedarían sin trabajo, porque ya no tendría ningún
sentido hacer aprender a niños y niñas las normas ortográficas,
“aquellas reglitas, llenas de encanto tradicional e impregnadas de
dulces recuerdos infantiles”. No sería necesario someter a los
pobres chiquillos a ese martirio para que no fueran “ordinarios”
porque, como dice Unamuno, no por eso iban a llegar a ser
“extraordinarios”.
Si
adoptásemos la escritura fonológica, una vez aprendidas bien las
letras, todos seríamos capaces de escribir bien sin necesidad de memorizar unas reglas incomprensibles que sólo se conservan por
prurito arqueológico, cosas tan abstrusas como, por poner un solo ejemplo y tomando para el caso la ge y la
jota, lo que pasa con estas letras, que no ofrecen ninguna dificultad
cuando van seguidas de las vocales a,
o
y u,
pero sí cuando preceden a e
o a i,
por lo que hay que aprender porque sí, sin más explicaciones, que rugir y rugido se escriben con ge, pero
crujir y crujido con jota...
No hace falta conservar la ortografía
tradicional para demostrar el origen latino del castellano, como dice
don Miguel, y pretenden los puristas conservadores: No
necesita el castellano, para conservar su pureza y el sello de su
abolengo, el que le planten esos caireles, y flecos, y borlas llenas
de jeroglíficos; que no por vestir a la antigua usanza a un quidam
cualquiera, resultaría con aire de nobleza. Sin toga vieja y
remendada es el castellano latín hasta los tuétanos.
A
la pregunta que se formula don Miguel: ¿Cuál
es, en efecto, el principal y hondo obstáculo (¿por qué no
ostáculo?) a la reforma de la ortografía?
Él mismo nos da una respuesta no sin ironía: Si
se adoptase una ortografía fonética sencilla, que, aprendida por
todos pronto, hiciera imposibles, o poco menos, las faltas
ortográficas, ¿no desaparecería uno de los modos de que nos
distingamos las personas de “buena
educación” de
aquellas otras que no han podido recibirla tan esmerada?
Si la instrucción no nos sirviera a los ricos para diferenciarnos de
los pobres, ¿para qué nos iba a servir? Y
más adelante concluye: Adoptar
una ortografía sencilla y fácil, que haga imposibles las faltas
ortográficas, es algo así como adoptar un uniforme. Y si no nos
distinguimos por el traje, ¿qué será de nosotros? Si al que lleva
levita, se la quitan, y con ella la ortografía y el bachillerismo, y
le cortan las uñas chinescas (1), ¿qué queda del caballero? Le han
quitado el caballo al caballero: queda un simple hombre.
Uñas chinescas
(1) Entre los chinos era
síntoma de elegancia y refinamiento mantener las uñas largas y
cuidadas, al menos la del dedo meñique, porque eso denotaba que uno no necesitaba trabajar con las
manos como un vulgar asalariado y que pertenecía, por lo tanto, a la clase privilegiada y a la
“buena sociedad”, como dice Unamuno. Dejarse largas todas las uñas hubiera sido bastante incómodo. Las uñas chinescas como el
gastar corbata entre los occidentales son un medio que sirve para
distinguirse exteriormente del pueblo inculto y grosero, como la
aplicación de las normas de ortografía, que revelan que uno ha sido
alfabetizado y sufrido la escolarización obligatoria, lo que, por
otra parte no impide que sea, digo yo, un analfabeto funcional, o
sea, alguien que sólo lee y escribe lo que está mandado, que es lo
que Dios manda.
martes, 29 de septiembre de 2020
Vizcaya se escribe con be
Resulta que ahora Vizcaya debe escribirse con be de burro y no con uve de vaca. Su Majestad el Rey, hoy emérito y huido de España, sancionó con su firma en 2011 una ley que ordenaba y mandaba que los españoles (y supongo que las españolas también, no sé cómo pudo pasárseles este significativo lapsus de corrección política a quienes redactaron el documento) denominaran a las provincias vascongadas oficialmente, no con su denominación tradicional castellana, sino en vascuence, lo que es lógico cuando se escribe en esa lengua, pero no tanto cuando se escribe en la de Cervantes.
¿Qué dijo la Real Academia Española de la Lengua? Nada. Calló, entre tanto, guardando un mutismo sepulcral hasta la fecha, habida cuenta, supongo, de que era una medida política y no gramatical, y considerando, por lo tanto, que no tenía mucho que decir. Se trataba de imponer a las administraciones del Estado y a los periodistas y medios afines de manipulación de la opinión pública la norma de escribir los nombres propios de las localidades de las comunidades autónomas con lengua propia su nombre y ortografía en su propia lengua: A Coruña en vez de La Coruña, Lleida en vez de Lérida y ahora Bilbo en vez de Bilbao.
Ya no vale, pues, escribir Guipúzcoa, sino que hay que escribir Gipuzkoa, lo que leído por un castellano parlante sería Jipuzcoa. Y hay que escribir Vizcaya en vascuence, o sea Bizkaia, con ka de kilo, i latina y no griega, y con be de burro oficialmente, lo que no deja de ser una falta de ortografía de grueso calibre para el castellano-escribiente.
En el caso de Álava, la denominación oficial será Araba/Álava, también en el primer caso con be de burro y sin tilde esdrújula, obligatoria como se sabe en la lengua de Cervantes, donde se acentúan todas las proparoxítonas.
«Mando a todos los españoles, autoridades y particulares, que guarden y hagan guardar esta ley». Yo, desde luego, no pienso hacerlo. Es como si me mandaran escribir oficialmente –o sea, de oficio y de facto- Deutschland en vez de Alemania. Ya sé que en alemán se escribe Deutschland, pero en mi lengua, que es el castellano, más conocido como español a secas fuera de nuestras fronteras, se dice y se escribe Alemania.
Me permito recordarles a Sus Majestades los Reyes, al emérito y huido, hoy en paradero desconocido, y al que sucedió al emérito y fugado, su hijo y heredero, que en la lengua no puede pretender mandar él, porque en la lengua no manda ni Dios: la lengua es un don gratuito, quizá lo único que se nos da gratis et amore a todos cuando nacemos. Claro está que cuando decimos que en la lengua no manda nadie nos referimos a la lengua hablada, porque la escritura es otro cantar: ahí sí que hay autoridades políticas y académicas que nos dicen cómo hay que escribir, siguiendo unos criterios completamente obsoletos que nos obligan a escribir en castellano "extraño" (y los hay que convenientemente adoctrinados se esfuerzan en pronunciar incluso "ekstraño") en lugar de "estraño" que es lo que nos sale a poco que nos descuidemos.
Y ahí, en el tesoro común de la lengua hablada, donde no hay faltas de ortografía, el único soberano no es usted, Majestad, sino el pueblo auténticamente soberano. Ni siquiera la Academia, que siempre se disculpa diciendo que no pretende ser normativa sino descriptiva, aunque acabe convirtiéndose en prescriptiva por la pretensión que tienen los de arriba de imponerse sobre los demás, lo mismo que la lengua escrita sobre la hablada.
jueves, 30 de enero de 2020
Ensalada mista
Hay en el blog de Miguel Lizano Ordovás una estupenda entrada sobre las faltas de ortografía, que comienza así: “Ensalada
mista”, leo en el menú del bar de la esquina. ¿Falta de ortografía? Tal
vez, pero hay otra cosa más interesante: Si esa palabra se pronunciara
como los bustos parlantes y los políticos creen, o sea "miksta", ¿cómo
se le iba a ocurrir a nadie escribir “mista”? Si el camarero del bar de
la esquina lo ha escrito así, es, obviamente, porque él así lo dice. Es
decir: porque él así oye la palabra. Lo mismo que yo, por otra parte.
Y lo mismo que cualquier hablante español, añado yo, que no sea un pedante o un locutor televisivo. Y lo mismo que el lingüista venezolano don Andrés Bello, que aconsejaba, con muy buen criterio,
reemplazar la “x” por “s” ante consonante y escribir, por ejemplo esplicar y estraño en lugar de las formas restituidas por la etimología explicar y extraño, como había sucedido en italiano donde se escribe y se dice: insalata mista. Pero la Real Academia Española de la Lengua se negó en 1864 a tomar esa iniciativa porque “so color de suavizar la pronunciación de aquellas sílabas se desvirtúa y afemina” (sic, literalmente por lo de afemina).
Pero incógnita matemática:
¿de dónde nos viene esa misteriosa letra equis que el camarero del bar
ha sustituido no sin razón por una ese? Pues como casi todo lo bueno y
lo malo que tenemos: del latín y el griego.
La
letra equis procede del abecedario latino, que a su vez deriva de un
alfabeto griego occidental, que por su parte deriva del hebreo, que los romanos tomaron prestado vía etrusca.
El latín adoptó este grafema y a diferencia de otros que tenían un valor monofonemático le dio a este un valor
difonemático, es decir, reflejaba en la escritura dos fonemas: uno
oclusivo gutural y otro silbante /k/+/s/.
La
anomalía de utilizar un solo signo para dos fonemas se remonta, por lo
tanto, al alfabeto griego, donde no es el único caso por otra parte.
Es curioso, por otro lado, que la “x” sea la única letra de nuestro
abecedario que no conserve en su nombre el sonido que representa /ks/,
aunque en latín sí que lo representaba, ya que se denominaba “ix”.
¿Cómo
evolucionó esta equis latina en castellano medieval? Pues se palatalizó
enseguida convirtiéndose en algo parecido a la “ch” francesa o al “sh”
inglés actuales, es decir, en un sonido similar al de cuando chistamos
para imponer silencio, hasta que en el siglo XVII evolucionó a
fricativa, es decir, comenzó a pronunciarse como una jota actual, aunque
se seguía escribiendo equis todavía: Ximena, Quixote, texer,
cosa que a veces da lugar a algún que otro equívoco y gracioso
malentendido, como cuando alguno ve escrito “México”, que es una grafía
arcaizante, y lee /méksiko/, como oí una vez a un profesor español de
Geografía e Historia, en vez de /méjiko/, que es como debe
pronunciarse.
Poco
a poco, pues, comenzó a usarse la grafía actual “jota”, por lo que la
letra equis quedó vacante y hubiera desaparecido de no ser por los
numerosos cultismos latinos que la contenían como sexo, máximo, explicar, etc., y sobre todo por el empeño académico en restituir su valor difonemático para distinguir cosas como expirar/espirar, o sexo/seso.
Pero la evolución popular de la equis latina en posición intervocálica
hizo que pasara, como queda dicho, a jota en castellano: exemplum, verbigracia, evolucionó a ejemplo, en castellano viejo ensiemplo, aunque en otras lenguas haya mantenido su antiguo valor, como el francés (éxemple) o catalán (exemple), o evolucionado a ese sonora en italiano (esempio).
Si atendemos a la evolución, por ejemplo, de la palabra latina SEXTAM, resulta que tenemos un cultismo “sexta”,
es decir una palabra que conserva después de la apócope de la eme final
del acusativo la equis etimológica, pero también una palabra
patrimonial “siesta”, por la diptongación castellana de la e
breve tónica en /ié/, donde ha desaparecido además el fonema oclusivo
gutural previo en el margen heterosilábico, conservándose el silbante
como cierre de sílaba. La relación semántica, por otra parte, entre
ambos términos sexta/siesta se explica porque la sexta hora de luz solar solía ser la hora de la siesta.
¿A
qué se debe entonces que algunos hablantes del español puedan escribir
cosas como la citada "mista", que un profesor de lengua castellana
tacharía enseguida de falta de ortografía? Sería, sí, una falta de
ortografía, pero como dice Lizano Ordovás, quien comete la falta de ortografía en este caso no es el escribiente, que es más bien la víctima, sino la Academia, que en su día no recogió la lengua que se hablaba, sino que prefirió atenerse a la grafía latina etimológica de esas palabras.
¿Quién
es el responsable de que no se escriba como se habla y de que pueda
haber faltas de ortografía? Obviamente la Real Academia que, fundada en
1713, y siguiendo el criterio de restitución etimológica impone unas
reglas ortográficas que no tienen ningún fundamento fonológico, que a su vez someten el habla a la escritura,
de forma que lo escrito ya no refleja el habla de la gente sino que es el habla la
que responde sumisa a los dictados etimológicos de la Academia,
lo que no va a afectar solamente a la ortografía, sino también, y esto
es más grave aún, si cabe, a la pronunciación de la lengua hablada, que
se impone como corrección lingüística y política.
Concluye
su reflexión Lizano Ordovás diciendo que las normas están para
facilitar la vida a la gente, no para complicársela, con lo que por mi
parte sólo puedo estar de acuerdo si lo entendemos con la debida ironía:
debería ser así, tal vez; las normas deberían facilitarnos la vida,
pero las reglas ortográficas desde luego no están hechas para eso, sino
para complicárnosla todavía más innecesariamente.
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