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sábado, 2 de mayo de 2026

Pareceres CIX

532.- Archivos secretos. No hace falta que los gobiernos desclasifiquen y publiquen documentos o archivos secretos para demostrar lo transparentes y bondadosos que pueden llegar a ser, que no quieren escondernos nada, como si quisieran así convencernos de que allá arriba, en las altas instancias y esferas, hay gente que en el fondo es buena, hay algo de buena gente, y que, cuando los buenos relevan a las malas personas que pretenden ocultarnos la verdad, esta resplandece. Recientemente el Gobierno de las Españas desclasificó, creo que, 167 documentos hasta ahora secretos relativos a la intentona de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el llamado tejerazo, provenientes de los ministerios de Defensa, Interior y Asuntos Exteriores, archivos que están a disposición ahora de quien quiera perder el tiempo consultándolos en la güeb de la Moncloa, y que no aportan nada nuevo que no se supiera ya, dado que “golpe de Estado” es una redundancia. No ha habido ni uno ni dos ni tres: la existencia del Estado, de cualquier Estado, supone ya un duro golpe para el pueblo de por sí. No hace falta que el gobierno desclasifique ningún archivo, porque es un secreto a voces que el verdadero coup d'État no fue aquel ridículo esperpento valleinclanesco y folclórico de la asonada del veintitrés-efe. El Estado golpea siempre al pueblo, ahora y siempre: es el secreto del Estado. 
 
 
533.- Armas rotas. El hallazgo arqueológico de un yacimiento de la dinastía Zhou Occidental (1046-771 a. C.) del que tenemos noticia a través del periódico South China Morning Post realizado en la provincia de Shaanxi, al noroeste de China, ha logrado despertar el interés del público porque entre los hallazgos se encontraba una tumba con los restos de individuos enterrados con armas -dagas y cuchillos de bronce- según parece rotos a propósito. Un arqueólogo participante en la excavación comentó que las armas fueron dañadas intencionalmente durante el proceso de entierro, con el objeto de ofrecer al difunto un tránsito pacífico al más allá como parte del rito funerario. En lugar de equipar a los guerreros muertos para la batalla en el otro mundo, quienes organizaron las exequias expresaban quizá un deseo de descanso, o incluso de liberación total del infierno de la guerra. Hallazgos como estos rara vez ofrecen respuestas sencillas. Sin embargo, las armas rotas sugieren que, incluso en un mundo donde la guerra era una presencia constante, había espacio para un legado diferente: uno que valoraba el fin del conflicto, en lugar de su continuación, una costumbre arraigada en una antigua filosofía china que afirma que "detener la guerra es verdadero valor" (zhigeweiwu en chino). El concepto subyacente de la panoplia rota del guerrero es que, si bien la victoria en la guerra puede estar adornada con gloria, el verdadero honor pertenece a quienes luchan por la paz. 
 
 534.- Alegato contra las personas mayores. No contra los viejos, no contra los ancianos, porque en realidad, benditos sean, son como niños, sino contra los adultos, es decir, contra aquellos seres humanos que han dejado atrás su infancia y su juventud y han alcanzado la meta de la madurez entrando por el aro de la sociedad organizada y establecida; contra aquellos que, dejando de ser incendiarios, se han convertido en bomberos de sus propios fuegos; contra aquellos que se han acomodado en el sistema; contra aquellos a los que sólo importa la cuantificación, quienes para conocerte quieren saber cuánto ganas, porque ya no vale aquello de “tanto tienes, tanto vales” sino “tanto ganas, tanto vales”; contra aquellos que se preocupan por las cifras y sólo entienden de números, es decir, de dinero, contra aquellos que han fraguado su personalidad, su persona, la máscara hipócrita del actor de teatro antiguo, sobre el asesinato del niño que fueron alguna vez y que era capaz de interesarse por cualquier cosa, su curiosidad era inmensa, excepto por los números y por las cifras. 
 
  
535.- Todo por la patria. No es una expresión popular. Salta a la vista enseguida que eso es mentira cuando vemos su origen militar, político y, por lo tanto económico, ya que lo que subyace por debajo de esa patria por la que se da todo no es más que un adjetivo sustantivado en su forma femenina 'patria' en concordancia con el sustantivo que se omite por consabido 'tierra': la patria es la tierra paterna de uno, lo que la relaciona enseguida con el patrimonio y con el patriarcado, y lo que nos lleva a proclamar que “todo por la patria” es, en definitiva, todo por la pasta, es decir, por la propiedad que da el dinero que dice que la tierra es de mi padre, o sea, parte de mi herencia. En España hemos visto este lema grabado en cuarteles de la Guardia Civil, lo que revela enseguida su origen institucional en el ámbito militar, que refleja la idea de sacrificio, ya que se supone que el bienestar y la defensa de la nación, equiparada aquí a patria, está por encima de cualquier interés individual o particular. Hay que relacionar el "todo por la patria" con “muertos por la patria”, o con la forma “caídos por Dios y por España” que veíamos aquí durante el franquismo en los epitafios de los memoriales y monumentos de guerra que pretendían honrar la memoria de los héroes que habían dado su vida por tan nobles ideales como eran “Dios” y “España”. No se hablaba de una intención de dar la vida por la patria, sino del resultado de haberla dado. Aunque quizá el lema más patriótico de todos es “patria o muerte”, porque lleva el lenguaje del patriotismo al extremo con su disyuntiva excluyente que justifica todas las muertes, tanto la propia como la ajena, como ambas. 
 
  
536.- Volvamos a las cavernas: Prudencio, un escritor cristiano del siglo IV después de Cristo y por lo tanto apóstol de la nueva fe, arremete contra Símaco, que era un defensor a la antigua usanza de las viejas tradiciones paganas y politeístas de Roma y, por lo tanto, un conservador. Prudencio argumenta que si nos definimos como conservadores deberíamos volver a las cavernas, revestirnos con pieles de animales, comer bellotas silvestres renunciando al progreso de arar las tierras y cultivarlas, y vivir en cuevas como nuestras únicas moradas. Si el criterio que hay que seguir para encontrar la verdad es lo antiguo o la tradición, entonces los romanos deberían abandonar toda civilización y el progreso, dejando atrás el paganismo, que venía a ser algo así como la infancia de la humanidad, para abrazar la nueva religión progresada y progresista que era el cristianismo. En caso contrario, si renunciamos a crecer y a progresar, deberíamos volver a lo primitivo. De ahí su sarcástico “Redeamus ad antra”: Daba la cueva cobijo: volvamos a nuestra caverna. 

viernes, 6 de octubre de 2023

Coup d'État y Health dictatorship

    Hace años Mercedes Milá decía en un programa de televisión de Sánchez Dragó a propósito de las medidas que se pretendían implantar contra una amenaza futura de gripe, cosas como esta, que tras el coup d'état -digámoslo en francés, para que no suene muy fuerte- que se llamó “la pandemia”, no han vuelto a escucharse en la tele ni a decirse. 
 
 
   -¡Que no se preocupe la gente de la gripe A, de verdad! ¡Que no se preocupe la gente! Se puede hacer la misma vida que se hacía, y más en nuestro país. Es que, vamos a ver, o sea: ¿Cómo puede ser esto de que resulte que le vayan a convencer a nadie de que hay que vacunar a toda la población cuando realmente lo que hay que hacer en la vida es no vacunarse de nada -esto aparte-, vacunar a la población, estar preparados con mascarillas, no dar besos, estornudar y hacer así (se tapa la boca con el codo). Pero, vamos a ver ¿esto qué es? ¿Una gran comedia? ¡Esto es la coña marinera! Alguien tendrá que dar la cara, digo yo, ¿no?. Alguien tendrá que dar la cara para explicar que nos han metido en una gran trampa”.
 
    Se quedaba corta Mercedes Milá cuando citaba la vacunación universal, la mascarilla, la prohibición de los besos (y abrazos) y el tapado de boca con el codo al toser o estornudar como los hitos de la gran comedia... Le faltó añadir algo que ni siquiera el Dictador había soñado poder hacer en las Españas: el arresto domiciliario de la población, llamado confinamiento, la exigencia de un certificado de buena salud que se obtenía automáticamente tras la sumisión gratuita a la inoculación experimental y dosificada o tras hacerse una prueba negativa que costaba dinero y fallaba más que una escopeta de feria -porque había que demostrar que uno no estaba enfermo, por aquello de in dubio contra reum: uno es culpable mientras no se demuestre su inocencia- para poder viajar y entrar en bares y restaurantes, declarar el toque de queda (que se llamó para disimular “restricción de movilidad nocturna”), y en caso de enfermar había que permanecer en el hogar-dulce-hogar, no fueran a colapsarse los hospitales, que estaban semivacíos y no estaban para albergar a todos los enfermos potenciales que había, que era toda al fin la población. 
 
    No es ninguna boutade pretendidamente graciosa que quiere impresionar al lector decir que hemos vivido una health dictatorship -digámoslo en la lengua del Imperio, para que se disimule un poco su crudeza, porque algunos no quieren mentar a la bicha de la dictadura en este país no solo democrático ya, sino progresista. 
  


 
    Desde que en el mes de marzo del 2020 fue declarada la pandemia coronaviral universal por la OMS subvencionada por el capital privado y estatal -aunque más al parecer por el primero que por el segundo, pero para el caso es lo mismo-, los denominados “negacionistas de la pandemia” intentaron denunciar el engaño organizado por los políticos, medios de comunicación y organizaciones sanitarias del mundo -léase acaso en orden inverso- movidos todos por el poderoso caballero don Dinero. 
 
    A los “negacionistas de la pandemia”, es decir, a aquellos que negaban su verdad, pero no podían negar su impostada realidad, se les aplicó una nueva etiqueta: la de “teóricos de la conspiración”, una denominación que trata de presentar el hecho de la conspiración como una teoría de unos chalados que ven lo que no hay, no como algo que hacía falta estar ciego para no ver, o peor que eso, para no querer verlo, porque ya se sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver. 
 
    Pero no solo hay que denunciar que los principales accionistas de la industria farmacéutica y de los medios de comunicación sean unos nombres propios como por ejemplo las mayores gestoras de activos del mundo Vanguard, Blackrock y State Street, sino que lo que está detrás de ellas y de otros tantos fondos buitre es el Dinero, que es también el principal accionista de nuestras democracias.
 
 
 
    Por eso los medios de comunicación no fueron los únicos que defendieron con uñas y dientes los intereses de las farmacéuticas y no volvieron a decirse ni a escucharse cosas como aquellas que decían Mercedes Milá e Iñaki Gabilondo, sobre el que escribíamos en El periodismo como sostén de la realidad. También lo hicieron los gobernantes y políticos de prácticamente la totalidad de los países del mundo, sin ni siquiera importar a qué facciones políticas pertenecían. Por vez primera en la historia de la humanidad, quizá, políticos de derechas e izquierdas, liberales y conservadores, estaban sorprendentemente de acuerdo en todo, servidores del Régimen democrático que le impone el Dinero al Estado, para a su vez imponérselo a la gente.