¡Qué mundo!, ¡Qué mundo este!,¡Vaya mundo! o quizá, ¡Mundo inmundo! podrían ser algunas de las traducciones de 'Quel monde!', lo que se definió como un proyecto fotográfico global ('a global photographic project', en la lengua del Imperio, publicado por Éditions Marval en 1995) que recoge fotografías tomadas por el fotógrafo británico Martin Parr (1952-...) en el último cuarto del siglo XX, que van del año del Señor de 1987 al de 1994, desde la Acrópolis de Atenas hasta el Templo Dorado de Bangkok, pasando por Tenerife y Río de Janeiro, entre otros hitos, en las que explora no sin ironía lo absurdo de la religión del turismo.
El álbum fotográfico va acompañado de un texto a modo de introducción que denuncia la moderna plaga turística de Roland Topor (1938-1997), el artista francés de múltiples facetas como la literatura, a la pintura, el dibujo y el cine, cuya traducción se ofrece en página adjunta aquí mismo: ¡Qué mundo!
Las palabras de Topor sintonizan bastante bien con las fotografías críticas y satíricas de Martin Parr. Unas y otras vienen a decirnos: Desengañémonos, no existe el viaje: lo único que existe, y mucho, es el turismo, término que viene del francés “tour”, que significa “vuelta”, lo que sugiere que el turista es el que da una vuelta o más vueltas que un torno hasta descubrir un buen día en el mejor de los casos que no va a ninguna parte dando tantas vueltas, revueltas y requetevueltas como da, que es como una peonza que siempre está girando sobre su propio eje en el mismo lugar, tornando y retornando al mismo punto de partida.
Astuto como tres monos, Roland Topor (1972)
El viajero, como mucho, descubrirá acaso la verdad de que no existe el viaje, y, mucho menos, la evasión: los problemas viajan con él, en la mochila, el equipaje de mano o en la maleta facturada. Las preocupaciones son como su sombra, fiel compañera… Ya lo dijo Horacio con una economía lingüística insuperable, y además en verso: 'post equitem sedet atra cura': con el jinete va negra murria; exactamente galopa a la grupa del caballero, bien aferrada a él, la sombría preocupación: su angustia.
No tenemos ninguna necesidad de ir a ver el Coliseo de Roma, ni la Torre Eiffel de París, ni las pirámides de Egipto, ni montar en el tren que sube al Machu Pichu… El Coliseo, la Torre Eiffel, las Pirámides o el Machu Pichu, todos esos Altos-Lugares-Comunes, como los denomina Roland Topor, están bien allí donde están, y a ellos no les hace ninguna falta tampoco que nosotros vayamos a visitarlos para dar fe de su existencia y de la nuestra, mostrando que hemos estado allí, y, por otra parte, nosotros estamos bien aquí, donde estamos, y tampoco nos hace, sinceramente, ninguna falta ir a ver esos monumentos y lugares: por mucho que queramos huir de nosotros mismos y distraernos con su contemplación, no vamos a librarnos de esos incómodos compañeros de viaje que somos precisamente nosotros mismos.

Ya lo dijo el inmenso Baudelaire: “Amer savoir, celui qu'on tire du voyage!” Saber amargo aquél que se extrae del viaje, amargo saber y amargo sabor de boca que deja. Otro poeta, Constantino Cavafis insiste en el mismo descubrimiento en su poema La ciudad: “No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares. / Tras ti irá la ciudad. Y por las mismas / calles vagarás...”
El turismo es como el trampantojo del espejismo del fin de semana, mero pretexto para que la semana, que no se acaba nunca de verdad porque no tiene fin -la expresión 'fin-de-semana' es un engaño-, vuelva a empezar otra vez. Lo mismo sucede con la celebración del fin de año: un año acaba para dar paso a otro, que es el mismo siempre con distinto nombre y número: el mismo perro con diferente collar, como suele decirse. Lo bueno sería que se acabara el año que está en vigor -este mismo de 2025, por ejemplo- para siempre, no para que empezara 2026 a continuación como sucederá inevitablemente a menos que hagamos algo para remediarlo.
Hay muchos turistas, como denuncian Topor y Marr, pero ningún viajero, porque, como dijimos una vez con una fórmula clara y concisa, el viajero de verdad no sabe a dónde va, mientras que el turista lo sabe muy bien: al mismo hotel, al mismo restorán, al mismo país, al mismo sitio siempre, un lugar -un destino, según el lenguaje de las agencias- que solo difiere de los demás en su nombre propio.
La litografía de Topor 'El viajero inmóvil' (1968) presenta el mismo tema recurrente: el viaje no existe porque no existe el movimiento, el viajero permanece, paradójicamente, quieto. El viajero lleva abrigo, sombrero y dos maletas; tras él un paisaje como telón de fondo, fijado a dos extremos como un panel de fondo que se va desplegando. Topor explora la tensión entre deseo de desplazamiento y la parálisis efectiva. El viajero lleva dos maletas (está preparado para partir) pero tiene los pies amarrados a un clavo que le impide el movimiento. El paisaje que él contempla y dos mujeres van desplegando a sus espaldas no es el mundo real, sino una representación o simulacro de él, lo que revela la farsa de la comercialización del viaje.



