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lunes, 9 de marzo de 2026

Minima maxima

CARPITE POMA: Una variante del CARPE DIEM horaciano podría ser este CARPITE POMA (coged los frutos) de Ovidio que se encuentra en el verso 576 del libro III de El arte de amar.

 QVAE FVGIVNT, CELERI    CARPITE POMA MANV. 
(Ovidio, Ars amandi III 576)
Mano a los frutos echad    pronto, que al vuelo se van. (Traducción de J.M. Rodríguez Tobal)

Traducciones alternativas propias:
Mano a los frutos meted     pronta, a perder que se van.
 Con rauda mano coged     fruto que va a caducar.
Frutos tomad con veloz    mano,  que pronto se van.
Frutos coged, que se van    rápidamente a perder. 
 
De este pentámetro dactílico de Ovidio tenemos un eco en el soneto aquel de Garcilaso: “coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto”.  
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DE LO QUE SÓCRATES LE DIJO A ANTIFONTE


-Antifonte, entre nosotros se considera que la belleza de la juventud y la sabiduría es posible tratarlas  de manera honrosa o vergonzosa. Pues si uno vende la belleza de su juventud por dinero a quien la quiera, a ese lo llaman prostituto, pero si alguien se hace amigo de aquel que ha conocido que es un amante bueno y honrado, a ese lo consideramos sensato.
Y así también la sabiduría, a los que la venden por dinero al que la quiera los llaman intelectuales*, como quien dice prostitutos; en cambio, si alguien se hace amigo de quien sabe que es de buen natural enseñándole lo que tenga de bueno, consideramos que ese hace lo que corresponde a un ciudadano bueno y decente.
*NOTA BENE: Estos intelectuales de los que habla Sócrates eran los célebres sofistas o profesionales de la inteligencia, los maestros y profesores de entonces, los divulgadores de la ciencia entre el gran público. Daban clases particulares y cursos de conferencias por los que cobraban una tarifa. Se cuenta que Sócrates pagó una dracma por asistir a una conferencia de Pródico, pero no pudo costear las cincuenta de la matrícula de un curso monográfico sobre sinonimia. Frente a los sofistas o profesionales, que cobran un sueldo por hacer lo que hacen, los filósofos hacen lo mismo pero  gratis et amore, por la gracia y el amor de hacerlo, no por dinero.  

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BYUNGCHULHANIA
-Del Narciso posmoderno:   El homo digitalis del siglo XXI no es gregario, sino que vive esencialmente aislado. Se manifiesta en la red de manera anónima, pero tiene un perfil que se esfuerza por optimizar constantemente. Su condena: labrarse su personalidad virtual, enamorado que está como Narciso de su propia imagen reflejada en los medios. Sufre un grave trastorno narcisista, y la depresión de hundirse y ahogarse en el pozo sin fondo de sí mismo. El espacio virtual funciona como lugar de proyección, donde el individuo de la posmodernidad tardía se relaciona fundamentalmente... consigo mismo. Los “amigos”  de las redes sociales (followers) cumplen la función ante todo, de potenciar la egolatría, al dirigir la atención a un yo que se presenta como mercancía al consumidor. Los tuites y retuites (tweets) son los trinos desesperados del pájaro prisionero en su jaula virtual. No son voces, sino ecos en todo caso. Su monótono mensaje se reduce, al fin y al cabo, al pío pío de los gustos (likes) y opiniones personales más anodinos e insustanciales dentro de la oferta del mercado y el consumo: “yo, yo, yo...".

-De Byung-Chul Han citando a Emmanuel Lévinas:
-De digitalibus mediis. Los medios digitales de comunicación nos incomunican al imponernos la obligación de comunicarnos precisamente, por lo que nos alejan cada vez más de nuestros semejantes, de los otros, de los demás. Los teléfonos inteligentes prometen más libertad, pero de esa promesa surge una coacción fatal: la de la comunicación. Hoy ya no somos sólo receptores y consumidores pasivos de información, sino emisores y productores activos a la vez, lo que incrementa la cantidad cancerígena hasta la saturación de informaciones intrascendentes que pululan en las redes sociales donde no hay peces que naden libremente, sino pescados atrapados en sus propias redes narcisistas.

-Non multitudo, sed solitudo. Frente al renovado sueño optimista y comunista de Hardt y Negri, no se puede decir como creen ellos,  que el sujeto revolucionario actual sea la multitud, porque tanto esta como los individuos que la componen son esencialmente conservadores: no hay MULTITUDO, sino SOLITUDO. No hay multitud sino soledad entre la muchedumbre.

-Del Panóptico de Jeremy Bentham: 
No hay carcelero que vigile a los presidiarios dispuestos en círculo en torno a la torre de control central. No hace falta. Ya nos vigilamos nosotros los unos a los otros mirando la pantalla del móvil. La red, como panóptico electrónico que es, nos arroja simultáneamente al exhibicionismo y al voyeurismo... de nosotros mismos.

-Del respeto y la falta de respeto: Respeto significa volverse (re-) a mirar (-spectare): el respeto presupone una mirada distanciada. La distancia es precisamente lo que distingue el simple "spectare" de la sociedad del espectáculo actual con el más distanciado "re-spectare" o respetar. Una vez desaparecida la distancia, se produce la falta de respeto. Las redes sociales son irrespetuosas porque eliminan las distancias: exhiben lo privado, privatizan la comunicación. Fomentan un voyeurismo exhibicionista y un exhibicionismo voyeurista.
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¿QUIÉN ES LIBRE? 
 
(Esquilo, Prometeo encadenado, 50)
Pues libre no hay ninguno salvo el propio Zeus.
Versión libérrima: Pues libre no hay ni dios.

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DE LA MUSIQUE AVANT TOUTE CHOSE

Os dejo con la música de Eleni Caraíndru, la compositora griega de la mayoría de las bandas sonoras de las películas del llorado Teo Angelópulos, y con algunas poderosas y bellas imágenes de la trilogía La pradera que llora de este aclamado director que ha sabido como nadie transmitirnos una imagen de Grecia alejada de los típicos tópicos. Tanto la una como el otro, cada cual en lo suyo, son dos de los grandes maestros contemporáneos que ha dado Grecia al mundo. 
  

domingo, 22 de febrero de 2026

La mente, la vasija y el fuego.

    Me sorprendió en la librería londinense Hatchards una máxima atribuida a Plutarco enmarcada en un cuadro y escrita con hermosa caligrafía sobre un montón de libros pestilentes de autoayuda. Decía así en la lengua de Chéspir: The mind is not a vessel to be filled but a fire to be kindled, cuya traducción viene a ser algo como “la mente no es una vasija que haya que rellenar sino un fuego que encender”.
 
 
    Buscando la fuente de la máxima supuestamente plutarquea (o plutarquiana) encuentro que efectivamente es una paráfrasis abreviada de una frase suya que se encuentra al final del tratado moral “Sobre cómo se debe escuchar” (retitulado en latín De recta ractione audiendi o simplemente también De auditu). 
 
    Leyendo el breve opúsculo de Plutarco dedicado a su joven amigo Nicandro se da uno cuenta de la importancia que tenía la transmisión oral de toda la cultura griega antigua, basada en unos textos que hasta la época clásica corrían de boca en boca sin que mediara ningún soporte escrito como el libro de Plutarco donde encuentro yo la cita. Es muy significativo de lo mucho que ha cambiado el mundo el hecho de que hagamos una reflexión como esta en una librería de esas que por otro lado cada vez quedan menos porque sus dueños echan el cierre del negocio.  
 
    De ahí que fuera importante en la antigüedad el arte de la escucha, destacándose que siempre es más provechoso oír que hablar, siendo el silencio una de las virtudes que más pueden adornar al joven. Por eso el propio Plutarco nos recuerda aquello que suele atribuírsele en otra parte a Zenón de Cicio de que la naturaleza nos dio a cada uno de nosotros dos orejas y en cambio una sola lengua para que hablemos menos y escuchemos más, porque es más importante la escucha activa que la locuacidad y el, como se dice a veces, hablar por hablar que se reduce a expresar meras opiniones personales a tontas y a locas, o el hablar por no callar.
      La frase plutarquiana (o plutarquea) dice literalmente en su versión original: οὐ γὰρ ὡς ἀγγεῖον ὁ νοῦς ἀποπληρώσεως ἀλλ᾽ ὑπεκκαύματος μόνον ὥσπερ ὕλη δεῖται, ὁρμὴν ἐμποιοῦντος εὑρετικὴν καὶ ὄρεξιν ἐπὶ τὴν ἀλήθειαν. Y en román paladino, traducido por José García López reza así: “Pues la inteligencia no necesita de relleno como un vaso, sino como la madera sólo de alimento, que crea impulso investigador y deseo hacia la verdad”. El término griego que el traductor ha vertido como 'alimento', a saber, ὑπέκκαυμα, significa, materia combustible, todo aquello que sirve para encender el fuego y, por extensión, para calentar el cuerpo y alimentar el deseo de saber. 
 
    Esto nos lleva inevitablemente a establecer dos conexiones con Heraclito de Éfeso: la primera es la crítica de la polimatía o sabiduría que abarca conocimientos diversos -Heraclito dijo que la diversidad de conocimientos no enseñaba a tener seso-, y la segunda es la metáfora de la razón como fuego siempre vivo que destruye las ideas concebidas que nos dominan, un fuego que alimenta la actividad de un pensamiento crítico que no se somete ni a la ciencia ni a la filosofía ni a quedarse nunca estanco.
 
    Relaciono enseguida yo la máxima de Plutarco con la mayéutica socrática. La mayeútica es literalmente, como se sabe, el “arte de la partería” que Sócrates, decía irónicamente, habría heredado de su madre, que fue comadrona. Plutarco en esa frase presenta la mente o la inteligencia (ὁ νοῦς) no como depósito de contenidos, sino como potencia latente que debe ser estimualda para que ardan dichos contenidos. Sócrates, en los diálogos juveniles de Platón que conservamos, nunca enseña contenidos positivos ni transmite doctrina alguna. Interroga y con sus preguntas desestabiliza las certezas de su interlocutor, al que lleva a reconocer que no sabía lo que creía saber.
  
    La verdad es combustión interior, o en palabras del prólogo aquel de Agustín García Calvo a la traducción de sus “Diálogos socráticos”:[Estos diálogos, -la Apología, Teages, Los enamorados, Cármides y Clitofonte-] dejarán siempre insatisfechos y quejosos de su inutilidad y falta de fin y de soluciones a todos los que crean todavía que lo eficaz -Dios sabrá para qué- es adquirir ideas y verdades, y no ver la mentira de las ideas que ya tenemos. 
 
    La verdad que se da a luz gracias al arte de la partería u obstetricia no es un saber positivo, sino la constatación de que lo que se sabe no es verdad, cuyo elemento clave es la aporía, el callejón sin salida, el momento en el que la inteligencia se ha encendido y ha prendido fuego a todas sus certezas. La aporía sería la chispa que prende el fuego de la razón. Aquí viene Plutarco a sugerirnos que llenar la mente de certezas impide que arda y cumpla su función combustible.

jueves, 1 de enero de 2026

Celebrando a Euclides de Mégara

    Cuando la pitonisa de Apolo del oráculo de Delfos sentenció que el hombre más sabio del mundo era Sócrates, el propio nominado fue el más sorprendido por semejante respuesta,  y se dedicó, como buen amigo que era del saber, a averiguar qué podía haber de cierto en ese sorprendente veredicto oracular. 

    Fue visitando una tras otra a todas las personalidades de la Atenas de su época, que era la de Periclés, a  políticos, intelectuales, artistas, preguntándoles qué sabían. La sola pregunta resultaba impertinente porque cuestionaba la supuesta posesión de la verdad de sus sapientísimos conciudadanos.

    La figura de Sócrates resultó enseguida incómoda a los poderosos de aquel mundo, que es este mismo nuestro, todavía, tanto que llegaron a compararlo con un tábano, o una mosca cojonera, diríamos hoy con expresión más castiza. Pues resultaba molesto que alguien pusiera en tela de juicio la realidad preguntándose una y otra vez qué son las cosas.
 

    Ante la afirmación que hacen algunas personas, generalmente bien instaladas dentro del sistema de dominación democrático vigente, de que "Así es la realidad" o "Así son las cosas" o "Las cosas son como son", Sócrates se preguntaba una y otra vez:   ¿cómo son las cosas?, ¿qué son las cosas?, ¿qué es la belleza?, ¿qué es la libertad?, ¿qué es la política?, ¿qué...? Ese era el quid, la clave, de la cuestión: la pregunta se renovaba constantemente, siempre viva en el aire.

    Quizá lo que había querido decir el oráculo, concluyó un buen día cansado de tanto preguntar, era que él era el hombre más sabio del mundo porque era el único, si acaso, consciente de su vasta ignorancia. 

    Por eso se dedicó a desengañar a los que querían escucharle y conversar con él atendiéndose a razones, jóvenes mayormente de clase alta, desocupados y aún no integrados en la sociedad adulta, como el bellísimo Alcibíades, lo que le granjeó la antipatía general de los mayores y lo que acabaría llevándolo a la muerte, reo de pena capital  por corromper a la juventud con sus enseñanzas, aunque más propiamente habría que llamarlas “desenseñanzas” o desengaños, así como por no creer en los dioses en los que creía la ciudad y por meter otros. Fue condenado a beber la cicuta letal por el régimen democrático de Atenas, ilustre antecedente del que padecemos ahora.

    El proverbio latino "philosophum non facit barba" (La barba no lo hace a uno filósofo) advierte sobre el hecho de que las apariencias engañan. Solemos decir que no hay que confundir la realidad con sus avatares, pero de hecho, en verdad,  la realidad está constituida precisamente por sus apariencias, con las que se funde y confunde, y eso es lo que un filósofo debe denunciar: las mentiras que a modo de columnas sostienen el tinglado de la realidad.

    No es sólo que las apariencias engañen, como dice el refrán, y es verdad, y, por lo tanto, no hay que fiarse nunca mucho de ellas, es que, además, las apariencias son la única realidad que hay. Ya se sabe que la mujer del César no sólo debía ser honesta, sino sobre todo aparentarlo: de hecho era más importante guardar las apariencias que lo otro. A César lo retrató Salustio para siempre cuando lo contrapuso a Catón de Útica y dijo de este último: esse quam uideri bonus malebat ("prefería ser bueno a parecerlo"). Julio César, por el contrario, prefería guardar las apariencias.
 
 

    Sócrates era frecuentado por muchos discípulos, como hemos dicho: el más famoso será Platón, fundador de la Academia, y de la filosofía académica que vino después. Uno de los menos conocidos, sin embargo, fue Euclides, fundador de la escuela de Mégara, del que queremos hacer aquí mención, para celebrar su nombre, que no hay que confundir con el matemático alejandrino que también se llamaba Euclides, mucho más conocido por la posteridad. 

    Cuando se les prohibió en Atenas la entrada a los varones megarenses a propuesta de Periclés, lo que sucedió en el año 432 antes de Cristo, en que los atenienses expulsaron a los de Mégara y prohibieron el comercio entre ambas ciudades, hecho que rompió los tratados de paz vigentes y contribuyó a la guerra del Peloponeso, Euclides era capaz de hacer cualquier cosa para escuchar los razonamientos de Sócrates. 

    Se cuenta que al anochecer se vestía con una larga túnica de mujer y se cubría con un palio multicolor –paliaba, pues, así su condición viril y de megarense, haciendo uso de esta palabra que procede del nombre de la prenda griega de vestir por excelencia, el palio o manto de lana que se echaban sobre los hombros tanto hombres como mujeres, siendo el de ellas más vistoso y colorido-, y con la cabeza velada por un chal, iba desde su casa en Mégara hasta Atenas, para escuchar las palabras aladas y desengañadas del maestro y participar en sus conversaciones durante la noche. Y antes de que cantara el gallo, recorría el camino de vuelta a casa de una distancia de poco más de veinte millas que se dice pronto y se tarda no poco en recorrer.

Euclides vistiéndose de mujer, Domenico Maroli (ca. 1612-1676) 

    ¿Qué sucede ahora? Lo primero que no hay maestros porque había uno y este régimen democrático que padecemos lo condenó a muerte, y a la filosofía la redujo, en el mejor de los casos, a ser Historia de la Filosofía, y casi ya ni eso,  gracias a la vigente ley educativa española. 

    Lo segundo,  que si los hubiera, que no los hay, tendrían que ir ellos a buscar a sus discípulos, y esperar a que se despertaran de la borrachera indecente, bien mediado el día, después de haber dormido todo el vino nocturno como consecuencia del botellón finisemanal. ¿Por qué beben los jóvenes? Beben para olvidar que la verdad es que no hay verdad, y que, por lo tanto,  el fin-de-semana no es el fin de la semana, y el fin-de-año no es el fin de año, porque ambos vuelven siempre a renacer de sus cenizas, como el ave Fénix, y a renovarse constantemente para volver a empezar siempre el lunes o el mes de enero, porque no tiene fin de verdad, y porque, al fin y a la postre, la verdad tampoco está en los posos del vino.
 

    Si algo nos ha enseñado Sócrates es que la sabiduría no se posee, es el amor a la verdad que nos lleva a cuestionarnos lo mucho paradójicamente que creemos saber, las muchas apariencias o velos de Maya que configuran la realidad. Ya que la verdad nos es inaccesible por las mentiras con que se recubre. Nuestro amor está condenado a ser un amor imposible y no correspondido, un amor platónico, nunca mejor dicho, sólo "filo-" querencia porque nunca poseeremos el objeto hacia el que se orienta nuestro deseo, la "-sofía", que es la sabiduría. Nos limitaremos siempre a ir desvelándola, para lo que tendremos que travestirnos nosotros como el buen Euclides megarense, y recorrer más de veinte millas al anochecer y entrar así en la ciudad prohibida poniendo en peligro la integridad de nuestra vida y propia persona, que es lo que siempre está en juego. 

    Pero de Euclides de Mégara ya casi nadie se acuerda -y sin embargo a él le debemos la más ilustre de las paradojas lógicas antiguas, la del mentiroso que dice que está mintiendo (prodigiosa afirmación que resulta verdadera a condición de ser mentira, y viceversa) y el razonamiento del sorites o montón de trigo, que nos pregunta cuando el montón deja de ser tal montón si le quitamos un grano de trigo, y otro, y otro... ¿cuando solo quede un grano o ninguno?-; y de Sócrates, el Sócrates de verdad, que no escribió ni una sola palabra y no porque fuera analfabeto, que no lo era, sino todo lo contrario, del Sócrates verdadero,  no del de Platón, que ese no es más que un personaje de ficción, de ese tampoco se acuerda casi nadie ya.


viernes, 21 de noviembre de 2025

Día Mundial de la Filosofía con Zizek

    El filósofo (y psicoanalista) esloveno Slavoj Žižek publicaba en Público ayer, valga la redundancia, un artículo titulado ¿Por qué necesitamos la filosofía para sobrevivir como especie? Y lo hacía el 20-N, día en que se celebra, según advertía, “como todos los terceros jueves de noviembre, el Día Mundial de la Filosofía”, que puede servirnos para distraernos de la gloriosa efeméride nacional del Gran Cambio que se produjo en las sufridas Españas con el advenimiento de la democracia. 
 
    Lo mejor del artículo es su comienzo, en el que cita a Alain Badiou, del que ya dimos cuenta y noticia en La ausencia de vida verdadera, que responde como nadie a cuál es la función de la filosofía a raíz del caso de Sócrates: corromper, en el mejor sentido de la palabra, a la juventud, interrumpiendo así su proceso de formación y de tránsito hacia la edad adulta, apartando “a los jóvenes del orden ideológico y político predominante”. Apunta Žižek, cito textualmente: Dicha "corrupción" es especialmente necesaria hoy en día, en nuestro Occidente liberal permisivo, en el que, mayoritariamente, los ciudadanos no son conscientes siquiera de que el establishment los está controlando precisamente cuando parecen ser libres: la falta de libertad más peligrosa es aquella que experimentamos como libertad, o, como dijo Goethe hace dos siglos: "nadie está más desesperadamente esclavizado que el que se cree libre sin serlo.
 
 
    Recuerda Žižek la actitud de Sócrates que según él es la repetición infinita de la fórmula ¿qué quieres decir exactamente con… la virtud, la verdad, el bien, y nociones básicas similares? (En realidad la pregunta socrática era más sencilla que eso, simplemente: τί ἐστιν qué es...? Como si dijéramos en latín  quid est? investigando el quid de la cuestión). Y añade: Hoy en día necesitamos plantearnos las mismas cuestiones: ¿qué queremos decir con términos como igualdad, libertad, derechos humanos, ciudadanía, solidaridad, emancipación y otros similares que usamos para legitimar nuestras decisiones? Pensar hace que, cuando nos enfrentemos a la crisis ecológica, no nos centremos solo en salvar la naturaleza, sino que nos preguntemos también qué significa hoy la naturaleza. 
 
    Se enreda después el psicoanalista y filósofo esloveno con un ejemplo sencillo tomado de la realidad: el avión de Air India que se estrelló en junio de este año al medio minuto de haber despegado provocando numerosas víctimas. Parece que la causa de la catástrofe no fue un fallo humano, sino digital. El avión recibió información contradictoria: estaba en tierra y estaba en vuelo simultáneamente a los pocos segundos de despegar, por lo que ambos motores se apagaron de inmediato, y dejaron de impulsar a la aeronave. Comenta Žižek a propósitoEn resumen, la catástrofe estuvo causada por las propias medidas preventivas establecidas para evitarla. Lo que el sistema digital no pudo hacer fue tomar una simple decisión que hasta un mal piloto podría haber tomado: ves que el avión está en el aire, de modo que cambias el interruptor del combustible a la posición de 'run'.
 
    Contrapone la "rectificación de nombres" confuciana (cuando no hay relación entre las cosas y sus nombres) a la actitud socrática, que es "plenamente consciente de que pensar significa en realidad pensar en un lenguaje contra el lenguaje para, de este modo, destruir la ideología inscrita en nuestro lenguaje". 
 
Slavoj Žižek 
  
    Trae luego a colación a Demócrito, el atomista presocrático, que según él inventó un maravilloso neologismo, que sería: den. Los griegos antiguos tenían dos palabras que significaban 'nada', medén y oudén, formadas sobre las dos negaciones de la lengua griega: ou que es la negación factual, predicativa, y me que es la negación prohibitiva. Ambas negaciones se unen al número uno hén para negarlo: no-uno, o mejor, ni siquiera uno. Se enreda Žižek etimológicamente de mala manera diciendo que el den democritano “no es, por lo tanto, un no-ente sin el "no"; no es un ente, sino un "oente", un algo, pero todavía dentro del ámbito de la nada, como un muerto viviente ontológico, una espectral nada-con-apariencia-de-algo”. Y saca a colación a Lacan y a Wisman: O, como expresó Lacan: "¿Nada, quizá? No… quizá nada, pero no nada". Wisman lo dijo concisamente: "el ser es un estado privativo del no-ser", es decir, el ser se convierte en oente al sustraerle algo al no-ente (?!)*. 
 
    Llega al final de su celebración del Día Mundial de la Filosofía, haciendo un guiño filosófico y psicoanalítico a la actualidad, a la conclusión de que el verdadero sofista antiplatónico es, por supuesto un tal Donald Trump, que no escucha nunca al oponente, porque él es el más fuerte. Y eso es lo malo en la gran política y en la filosofía de hoy. Confiesa Žižek que cuando él mismo sostiene como hace a menudo que nos encontramos ante una crisis medioambiental grave por el calentamiento planetario, no se le escucha, porque como declaró el susodicho Donald Trump en un discurso pronunciado ante la Asamblea General de Naciones Unidas este mismo año, el cambio climático es "la mayor estafa jamás perpetrada en el mundo". Por mucho que argumente Žižek argumentando sobre el cambio climático, no se le escucha y se le reprocha que el calentamiento global es una campaña motivada por razones ocultas como destruir la prosperidad occidental.  
 
  Platón ante la tumba de Sócrates
 
    De todo ello saca el filósofo y psicoanalista esloveno la conclusión, con la que cierra su artículo, de que “hoy en día, necesitamos la filosofía más que nunca” para sobrevivir como especie. Pero en realidad echa el cierre de su artículo sin conclusión: “Y necesitamos reflexionar acerca de qué puede significar el término justicia hoy en día”. Es decir, necesitamos preguntarnos,  Socratico more, qué sea la justicia.
 
*Se basa en Plutarco, Contra Colotes 1109A, donde se lee lo siguiente: (Demócrito declara) que el algo (den) no tiene más existencia que la nada (meden), denominando “algo” al cuerpo, (es decir, al átomo), y “nada” al vacío, en la idea de que este último posee una cierta naturaleza y realidad propias. 

miércoles, 1 de enero de 2025

La ausencia de vida verdadera

Leo con entusiasmo el libro “La verdadera vida” de Alain Badiou, publicado entre nosotros por Malpaso ediciones en 2017 en la estupenda traducción del francés de Adriana Santoveña, que nos hace olvidar que estamos ante un texto escrito inicialmente en otra lengua. El autor francés, saludado por Slavoj Žižek como “el heredero de Platón” y “el filósofo vivo más grande” toma el título de su libro de Arthur Rimbaud, que dejó escrito La vraie vie est absente: La verdadera vida está ausente. 


Alain Badiou reivindica desde las primeras páginas la figura de Sócrates, el padre de todos los filósofos, y recuerda que fue condenado a muerte bajo la acusación de corromper a la juventud por el régimen democrático de Atenas. 

Y se pregunta qué quiere decir corrupción en el espíritu de los jueces que condenaron a Sócrates a muerte. Y afirma: No puede ser ‘corrupción’ en un sentido ligado al dinero. No es un ‘caso’ en el sentido de lo que hablan hoy los diarios: gente que se enriquece utilizando su posición en tal o cual institución del Estado. Ciertamente no es eso lo que sus jueces le reprochan a Sócrates. Recordemos que, por el contrario, uno de los reproches que Sócrates hacía a sus rivales, a quienes llamaban sofistas, era precisamente cobrar. 

 Alain Badiou
 

Recordemos, por nuestra parte, que los que acusaron a Sócrates nunca le reprocharon que hubiera sacado o exigido ninguna paga a los jóvenes que “corrompía”, lo que el propio Sócrates dice sobre este particular en su discurso de defensa: “Y de que así es verdad -añade- tengo un testigo, creo yo fidedigno: la pobreza¨.

Tampoco se trata -prosigue Badiou- de corrupción moral, y mucho menos de esos asuntos más o menos sexuales... 

Sócrates tuvo trato con grandes damas y cortesanas de su época, como Aspasia, Diotima o Teodora, también tuvo trato con efebos, lo que era muy común en la Atenas de su época por parte de los varones adultos, pero parece que se trata en su caso de un enamoramiento de la juventud misma, como él mismo reconoce en el Cármides: “A mí, más o menos, los que están en la flor de la edad se me antojan hermosos todos”. 

Si la corrupción de que acusan a Sócrates no consiste en dinero ni en placer sensual, se pregunta Badiou si no se deberá a la ambición de poder, pero es todo lo contrario: Hay precisamente en Sócrates, visto por Platón, de manera totalmente explícita, una denuncia de la índole corruptora del poder. Es el poder el que corrompe, y no el filósofo. En Platón hay una crítica violenta de la tiranía, del deseo de poder, a la que no hay nada que agregar, que de alguna manera es definitiva. Hay incluso la convicción opuesta: lo que el filósofo puede aportar a la política de ningún modo es la voluntad de poder sino el desinterés. 
 Arthur Rimbaud

Llegado a este punto, se pregunta socráticamente Alain Badiou qué es la verdadera vida, para llegar a la conclusión, siguiendo la sugerencia del poeta Arthur Rimbaud de que la vie est la farce à mener par tous (la vida es la farsa que todos tenemos que representar), de que no es la vida real que vivimos, que puede ser calificada sin ningún escándalo de falsa, sino la que deseamos, por lo que no está completamente ausente, sino presente de alguna forma en nuestro deseo de una vida de verdad. 

La misión del filósofo sería, según Badiou mostrarle a la juventud que no merece la pena la lucha feroz por el poder, por el dinero.  Cito sus palabras:  En el fondo, dice Sócrates, y por el momento no hago más que seguirlo, hay que luchar para conquistar la verdadera vida en contra de los prejuicios, de las ideas recibidas, de la obediencia ciega, de las costumbres injustificadas, de la competencia ilimitada. Fundamentalmente, corromper a la juventud significa una sola cosa: tratar de hacer que la juventud no entre en los caminos trillados, que no sea simplemente consagrada a una obediencia a las costumbres de la ciudad, que pueda inventar algo, proponer otra orientación por lo que respecta a la verdadera vida.

Badiou concluye que la función de la filosofía sigue siendo corromper en el mejor sentido de la palabra a la juventud, corromperla como hizo Sócrates, es decir, apartarla del futuro que se espera de ella, que es que entre por el aro de la sociedad adulta como una fierecilla domada.

miércoles, 3 de julio de 2024

Sócrates torpedo

    En Cuestiones Académicas (I, 17), hablando de los seguidores de Platón y de Aristóteles, Cicerón escribe: Pero unos y otros (sc. académicos, y peripatéticos) (...)* abandonaron aquella costumbre socrática de discutir acerca de todas las cosas sirviéndose de la duda y sin emplear ninguna afirmación. Así se hizo (lo cual de ninguna manera Sócrates aprobaba) cierto arte de filosofía y un orden de materias y sistema de doctrina. 
 
    *Entre paréntesis decía que el abandono de la discusión y de la herramienta de la duda que hemos leído que proponía Sócrates, sus discípulos directos, Platón y demás, e indirectos, Aristóteles y los suyos, a través de Platón y de la Academia, vieron colmado el vacío que les había dejado Sócrates con la fecundidad de Platón, que desarrolló sus propias ideas -qui uarius et multiplex et copiosus fuit-, y compusieron una determinada forma de doctrina y esta ciertamente plena y completa, sistemática, diríamos hoy, muy alejada del quehacer y maestría del maestro). 
 
 
    La filosofía nació, según Cicerón, cuando se abandonó la costumbre socrática de discutir todas las cosas sin emplear ninguna afirmación. Alude aquí Cicerón probablemente a los primeros seguidores de Platón, a la llamada Antigua Academia, hasta Arcesilao, que combatía los dogmatismos. Y con la expresión 'sirviéndose de la duda',  el arpinate alude a la duda metódica de Sócrates, de la que da cuenta Platón en este pasaje, por ejemplo, del Menón (80-84), que reproduzco en traducción de F. J. Oliveri: 
 
Men.-¡Ah... Sócrates! Había oído yo, aun antes de encontrarme contigo, que no haces tú otra cosa que problematizarte y problematizar a los demás. Y ahora, según me parece, me estás hechizando, embrujando y hasta encantando por completo al punto que me has reducido a una madeja de confusiones. Y si se me permite hacer una pequeña broma, diría que eres parecidísimo, por tu figura como por lo demás, a ese chato pez marino, el torpedo*. También él, en efecto, entorpece al que se le acerca y lo toca, y me parece que tú ahora has producido en mí un resultado semejante. Pues, en verdad, estoy entorpecido de alma y de boca, y no sé qué responderte. Sin embargo, miles de veces he pronunciado innumerables discursos sobre la virtud, también delante de muchas personas, y lo he hecho bien, por lo menos así me parecía. Pero ahora, por el contrario, ni siquiera puedo decir qué es. Y me parece que has procedido bien no zarpando de aquí ni residiendo fuera: en cualquier otra ciudad, siendo extranjero y haciendo semejantes cosas, te hubieran recluido por brujo. 
 
 
Sóc. - Eres astuto, Menón, y por poco me hubieras engañado. 
 
Men. - ¿Y por qué, Sócrates? 
 
Sóc. - Sé por qué motivo has hecho esa comparación conmigo. 
 
Men. - ¿Y por cuál crees? 
 
Sóc. - Para que yo haga otra contigo. Bien sé que a todos los bellos les place el verse comparados -les favorece, sin duda, porque bellas son, creo, también las imágenes de los bellos-; pero no haré ninguna comparación contigo. En cuanto a mi, si el torpedo, estando él entorpecido, hace al mismo tiempo que los demás se entorpezcan, entonces le asemejo: y si no es así, no. En efecto, no es que no teniendo yo problemas, problematice sin embargo a los demás, sino que estando yo totalmente problematizado, también hago que lo estén los demás. Y ahora, «qué es la virtud», tampoco yo lo sé; pero tú, en cambio, tal vez sí lo sabías antes de ponerte en contacto conmigo, aunque en este momento asemejes a quien no lo sabe, No obstante, quiero investigar contigo e indagar qué es ella. 
 
    En efecto, el diálogo con el bello Menón trataba de definir qué era la virtud, y Sócrates torpedeaba cualquier intento de definición, reconociendo que él estaba entorpecido, y que no sabía qué era la virtud, a diferencia de su interlocutor que sí lo sabía, o creía saberlo antes de la conversación con Sócrates, y la llegada a la aporía -enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional, inviabilidad que etimológicamente es un callejón sin salida-. Platón juega en griego con el término eúporon 'no tener problemas' y aporein 'problematizar', de donde la aporía. 
 
 
    *torpedo, es voz latina derivada del verbo torpere 'estar aterido, paralizado, inmovilizado', por la parálisis que causa su contacto, que es propiamente el nombre de un pez, siendo figurada la acepción militar que se le dio en el siglo XX como máquina de guerra con carga explosiva para echar a pique un bote que choca con ella o que entra en su radio de acción.  El término griego que utiliza Platón, y Menón en el diálogo es νάρκη (nárke), nombre del pez torpedo o raya electrizante y del efecto de adormecimiento y entumecimiento que se dice que produce, de donde deriva narcótico.

miércoles, 28 de febrero de 2024

De la demerastia, a propósito de Alcibíades

    Platón, haciendo uso de la enorme plasticidad que le permitía la lengua griega que manejaba, inventó el neologismo 'demerasta' -griego δημεραστής, a partir de δῆμος (dêmos) puebloἐραστής (erastés) enamorado, amante, a imagen y semejanza de 'pederasta' (amante o enamorado del niño), y lo puso en boca de Sócrates en su diálogo Alcibíades (1 132 a), donde el maestro que reconocía su ignorancia  le aconsejaba al niño bonito que era Alcibíades (al que Cornelio Nepote le dedicó los adjetivos latinos luxuriosus, dissolutus, libidinosus, intemperans, que no necesitan mucha traducción) y del que estaba por otra parte enamorado (sus dos grandes pasiones, según confiesa, fueron Alcibíades y la filosofía) que no se convirtiera en un demerasta o, si se quiere, populista, con palabra de raigambre latina y, como suele decirse, de más rabiosa actualidad:


 Sócrates reprochando a Alcibíades, Anton Peter (1819)

    Y de ahora en adelante, si no te dejas corromper por el pueblo de los atenienses y no llegas a envilecerte, yo no te abandonaré (καὶ νῦν γε ἂν μὴ διαφθαρῇς ὑπὸ τοῦ Ἀθηναίων δήμου καὶ αἰσχίων γένῃ, οὐ μή σε ἀπολίπω). Pues lo que yo temo muy mucho es que convertido en amante del pueblo te eches a perder (τοῦτο γὰρ δὴ μάλιστα ἐγὼ φοβοῦμαι, μὴ δημεραστὴς ἡμῖν γενόμενος διαφθαρῇς), lo que a muchos de los atenienses ya también les ha pasado (πολλοὶ γὰρ ἤδη καὶ ἀγαθοὶ αὐτὸ πεπόνθασιν Ἀθηναίων) . 
 
Sócrates y Alcibíades,  Christoffer Wilhelm Eckersberg (1816).

    ¿Qué hay de malo en ser un amante del pueblo, un demerasta, un populista? En principio no tendría por qué ser algo negativo, sino todo lo contrario, ya que se trata de una forma de amor amparada bajo la protección del dios Eros. El problema reside en que no es un amor desinteresado, sino que en los sistemas de gobierno democráticos como era el ateniense y son la mayoría de los que hoy padecemos ese amor es interesado: busca los votos del pueblo para legitimar el gobierno unipersonal y tiránico que se ejercerá sobre el propio pueblo con su consentimiento.

    Ya un historiador tan penetrante como Tucídides vio que la democracia ateniense de Periclés que tanto se ha ponderado y ensalzado en los tiempos modernos como logro de la humanidad y modelo de democracia directa... no dejaba de ser una tiranía. En efecto, el historiador griego dejó escrito en el libro segundo 65, 9, de La Guerra del Peloponeso,  y hablando de Periclés, que fue el tutor por cierto del joven Alcibíades: Era una democracia de palabra (en teoría), pero de hecho (en la práctica) era el gobierno del primer ciudadano. ἐγίγνετό τε λόγῳ μὲν δημοκρατία, ἔργῳ δὲ ὑπὸ τοῦ πρώτου ἀνδρὸς ἀρχή. 

Sócrates y Alcibíades, Édouard-Henri Avril (1906)

    Contrapone Tucídides la palabra, “logo” λόγῳ, con la tozuda realidad de los hechos, “ergo” ἔργῳ: bajo el nombre de democracia oficialmente gobernaba el pueblo, pero en realidad el que mandaba era el presidente del gobierno, diríamos hoy con flagrante anacronismo, elegido por el pueblo.

    Se revela así que la democracia no deja de ser la perfección de la dictadura, dado que el déspota, dictador, tirano, sátrapa o como quiera llamarse está legitimado por el amor del pueblo traducido en votos. Para lograr esos votos el aspirante al puesto de presidente del gobierno debe amar y halagar hasta la hez al pueblo, convertirlo en electorado, y ser un populista o demerasta. Se trata de un amor interesado, porque es fruto de la ambición de poder. Si quieres llegar a ser el primer ciudadano, es decir, presidente del gobierno, debes ser un demerasta, un populista, y, por lo tanto, un demagogo.
 
    Frente a ese amor interesado, podría haber un amor libre y desinteresado por el pueblo y por lo popular, no por el pueblo definido en naciones o unidades estatales, sino por el pueblo indefinido en general, ese que no quiere que se ejerza sobre él ninguna soberanía, ya que él, o sea nadie por encima de él, es su único soberano, pero no era el caso evidentemente de Alcibíades que nos ocupa. Y ese amor no tendría nada de malo o censurable, sino todo lo contrario.

jueves, 16 de noviembre de 2023

Etcétera (De esto, lo otro y lo de más allá).

    El auténtico seductor, escribe Marguerite Yourcenar, no es Alcibíades sino Sócrates. Alcibíades, como se sabe, era un joven efebo aristócrata ateniense, bellísimo al parecer,  mientras que Sócrates era un viejo y caduco pederasta en el sentido más noble del término, al que le gustaba rodearse de los jóvenes por lo que ellos tienen de rebeldía contra el futuro, y si había algo en él que sonaba a canto de las sirenas era el reconocimiento de su ignorancia y el cuestionamiento de todas las certezas. Por eso Sócrates es el auténtico corruptor de la juventud, decimos nosotros, en el sentido más profundo y no sólo sexual de la palabra,  porque parafraseando a la divina Marguerite, el órgano sexual más erótico no es el cuerpo -Alcibíades- sino el alma,  la cabeza que anima a ese cuerpo –Sócrates.


 Sócrates y Alcibíades, Ch.  W. Eckersberg  (c.1813-1816)
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    El lenguaje no es machista ni feminista de por sí, el que es machista o feminista es el hablante de un idioma, independientemente del idioma que hable. En inglés no existen los géneros gramaticales: el adjetivo es invariable. Da igual que hablemos de ellos o de ellas, si queremos decir que están contentos no hace falta decir la consabida gilipollez feminista de contentos y contentas (en español en realidad tampoco, porque el masculino es el género no marcado que vale también por el femenino, pero los feministas se empeñan en redundar en femenino), porque se dice de la misma manera: happy (sin variación de género ni de número). Y de eso no se puede concluir que la lengua inglesa sea menos machista o más feminista que la española, ni los angloparlantes tampoco por supuesto.
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 ¿Hay vida después de la muerte? ¿La hay acaso antes?
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    Nuestro idioma es mejor que otros (póngase aquí cualquier otro idioma que no sea el nuestro, por ejemplo el árabe) porque el nuestro se entiende fácilmente, sin necesidad de estudiarlo, mientras que el otro no. Si lo oímos hablar, no entendemos ni papa. ¡Qué gran engaño! Y lo peor de todo es que el idioma conforma un nacionalismo cerril no menos odioso, falso y patriótico que el político. ¡Qué gran negocio para los nacionalistas es que los nacidos en una nación hablemos por lo general el mismo idioma!
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    El siglo XX, bárbaro y brutal, ha sido testigo de un cambio espectacular: la imagen ha avasallado las sociedades humanas, la imagen se ha apoderado del lenguaje humano, supeditando el texto escrito o literario y el sonido de la voz y la música, que están a su servicio, creando una verdadera “realidad virtual imaginaria”.  Hemos pasado del culto a las imágenes exclusivamente sagradas,  a la sacralización o consagración de todas las imágenes. Somos esclavos de las imágenes, a las que rendimos un culto divino: iconodulía. La imagen se ha convertido en el elemento determinante de los medios de comunicación y formación de masas de individuos, sustituyendo a la voz y la palabra. Ello ha servido tanto para impulsar la expansión del mercado, como para garantizar la gobernabilidad de las distintas sociedades democráticas, las dictaduras más perfectas que hay.
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    La conciencia tribal, que ha sido exaltada a la condición de conciencia nacional, y que nos está destruyendo, lejos de trascender el ego, lo que hace es robustecerlo, darle unas nuevas y vigorosas alas a modo de señas de identidad, por eso somos antinacionalistas.
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    La idea de autosuperación a través de gurús y manuales de autoayuda  es una vía errónea: solo provoca inflación egocéntrica, hinchazón y egolatría.
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    Siempre que hay un proyecto, hay un conflicto entre lo que es y lo que creemos que debería ser. No habría que plantearse la lucha entre lo que es y lo que debe ser, sino dejar de tener empeño en ser y dejar de hacer planes para el futuro inexistente esencialmente.
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sábado, 9 de septiembre de 2023

"Solo sé que no sé nada"

    Escribe Fernando Savater en su libro Las preguntas de la vida (2008) a propósito de la frase más famosa que se le atribuye a Sócrates (479-399 a. de C.): 

    «Sólo sé que no sé nada», comenta Sócrates, y se trata de una afirmación que hay que tomar -a partir de lo que Platón y Jenofonte contaron acerca de quien la profirió- de modo irónico

     «Sólo sé que no sé nada» debe entenderse como: «No me satisfacen ninguno de los saberes de los que vosotros estáis tan contentos. Si saber consiste en eso, yo no debo saber nada porque veo objeciones y falta de fundamento en vuestras certezas. Pero por lo menos sé que no sé, es decir que encuentro argumentos para no fiarme de lo que comúnmente se llama saber. Quizá vosotros sepáis verdaderamente tantas cosas como parece y, si es así, deberíais ser capaces de responder mis preguntas y aclarar mis dudas. Examinemos juntos lo que suele llamarse saber y desechemos cuanto los supuestos expertos no puedan resguardar del vendaval de mis interrogaciones. No es lo mismo saber de veras que limitarse a repetir lo que comúnmente se tiene por sabido. Saber que no se sabe es preferible a considerar como sabido lo que no hemos pensado a fondo nosotros mismos. Una vida sin examen, es decir la vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las preguntas esenciales ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena de vivirse.» 

    O sea que la filosofía, antes de proponer teorías que resuelvan nuestras perplejidades, debe quedarse perpleja. Antes de ofrecer las respuestas verdaderas, debe dejar claro por qué no le convencen las respuestas falsas. Una cosa es saber después de haber pensado y discutido, otra muy distinta es adoptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar. Antes de llegar a saber, filosofar es defenderse de quienes creen saber y no hacen sino repetir errores ajenos. Aún más importante que establecer conocimientos es ser capaz de criticar lo que conocemos mal o no conocemos aunque creamos conocerlo: antes de saber por qué afirma lo que afirma, el filósofo debe saber al menos por qué duda de lo que afirman los demás o por qué no se decide a afirmar a su vez. Y esta función negativa, defensiva, crítica, ya tiene un valor en sí misma, aunque no vayamos más allá y aunque en el mundo de los que creen que saben el filósofo sea el único que acepta no saber pero conoce al menos su ignorancia.

    Sería interesante buscar el origen de esta falsa atribución, dado que, como dijimos en Sócrates visto por Quino, el hijo de la partera nunca dijo eso, sino lo más parecido, en todo caso, según nuestras fuentes literarias que son Jenofonte y Platón: no creo saber lo que no sé

 

    Quizá haya que rastrear el origen del dicho en Cicerón, como escribíamos en Miseria de la filosofía después de Sócrates, quien utiliza en Cuestiones Académicas (I,16) la fórmula nihil se scire dicat nisi id ipsum: que dice que él (Sócrates) nada sabe excepto eso mismo, pero el propio Cicerón nos ha comentado que lo característico de Sócrates era discurrir sin llegar a afirmar nunca nada positivo (ita disputat ut nihil adfirmet ipse), por lo que ese "excepto eso mismo" quiere decir anafóricamente "no sé", y no algo positivo como "sé que no sé". Quizá ahí esté el origen de la famosa paradoja socrática.

     Copio la traducción de Julio Pimentel Álvarez: Éste, en casi todos los diálogos que fueron escritos en forma variada y copiosa por los que lo oyeron, de tal manera disputa que nada afirma él mismo, refuta a otros, dice que no sabe nada, excepto eso mismo, y que aventaja a los demás en el hecho de que éstos juzgan que saben lo que ignoran, mientras él mismo sólo sabe esto: que nada sabe y que él juzga que por Apolo fue llamado el más sabio de todos porque ésta es la única sapiencia: no juzgar que uno sabe lo que ignora.

     El empeño socrático consistía según el arpinate (Conversaciones en Túsculo, libro I, XLII) en mantener hasta el límite (tenet ad extremum) aquello suyo (de Sócrates) de no afirmar nada (suum illud, nihil ut adfirmet). Mal se aviene esto con la afirmación contradictoria de que sabía que no sabía, que según Savater sólo podría entenderse, si lo hubiera dicho alguna vez,  como muestra de la socrática ironía.