De Amaltea y su cuerno (1) yo
no quisiera riquezas mil
ni años ciento cincuenta ser
faraón de Tartesos (2).
1.- Amaltea era el nombre de la cabra que crio a
Zeus con su leche, o, según
otra versión, la ninfa que crio a Zeus con la leche de una cabra. En
cualquier caso, la infancia del dios se desarrolló en una cueva del
monte Ida en la isla de Creta, oculto de la ira de su padre, que
devoraba a todos sus hijos recién nacidos porque sabía que uno de ellos
estaba llamado a matarlo y sustituirlo.
Se cuenta que un día Zeus niño rompió sin querer uno de los dos cuernos de la cabra manipulando sus fulminantes rayos con los que jugaba imprudentemente. Como recompensa, le confirió al cuerno roto el poder de otorgar al que lo poseyera todo lo que quisiera: de ahí surgió la leyenda de la cornucopia o cuerno de la abundancia, del que brotaban sin cesar todos los bienes que uno pudiera imaginar y desear en esta vida, y que a menudo se ha representado con copiosidad de frutas y flores. La cornucopia se convirtió enseguida en el símbolo de la diosa Fortuna, dadora de riqueza.
Se cuenta que un día Zeus niño rompió sin querer uno de los dos cuernos de la cabra manipulando sus fulminantes rayos con los que jugaba imprudentemente. Como recompensa, le confirió al cuerno roto el poder de otorgar al que lo poseyera todo lo que quisiera: de ahí surgió la leyenda de la cornucopia o cuerno de la abundancia, del que brotaban sin cesar todos los bienes que uno pudiera imaginar y desear en esta vida, y que a menudo se ha representado con copiosidad de frutas y flores. La cornucopia se convirtió enseguida en el símbolo de la diosa Fortuna, dadora de riqueza.
Zeus, como agradecimiento a la cabra que
lo había amamantado y criado, subió su cuerno roto junto con la propia
cabra a las
estrellas, catasterizándola, es decir, convirtiéndola en un astro o,
mejor dicho en una constelación, creando así de paso, como el que no
quiere la cosa, el primer unicornio, y dando el nombre al signo del
zodiaco de Capricornio, palabra compuesta que significa “el
cuerno de la cabra”.
Con la piel de esta cabra, una vez
muerta, se hizo Zeus su égida (del lat. aegis, -ĭdis, y este del gr. αἰγίς, -ίδος, escudo o coraza de piel de cabra). La piel de la cabra Amaltea, adornada con
la cabeza terrorífica de Medusa, constituye el arma defensiva o escudo, la protección de la divinidad. Con este
sentido figurado se usa la palabra en castellano. Véase, por ejemplo, esta frase de la prensa escrita: "Allí se estableció Corea del Norte como
una República comunista, bajó la égida de la Unión Soviética, mientras
que Corea del Sur quedó bajo la órbita de Estados Unidos".
El cuadro de Tiépolo muestra al dios Neptuno
ofreciéndole la cornucopia a la serenísima república
de Venecia, reclinada sobre la testa del león que la simboliza.
Otra cornucopia es la que sostiene en su mano izquierda el dios-río
Tigris, una escultura del siglo II de nuestra era, situada en el
Capitolio, una de las siete colinas de Roma, a la que se le han añadido
Rómulo, Remo y la loba capitolina, sobre los que reclina su brazo
derecho, para identificar al dios con el río Tíber.
2.- Lo de "faraón de Tartesos" es una alusión a Argantonio, rey
de la mítica Tarteso (o Tartesos), una floreciente civilización
prerromana de la península ibérica en el oeste de Andalucía. Según
Heródoto, el
padre de la historia, este longevo rey vivió ciento veinte años, de los
que
reinó ochenta. Era una figura mítica que representaba la longevidad y el
poder,
a quien Anacreonte no envidia, porque no
aspira ni a lo uno ni a lo otro.
La cancioncilla de Anacreonte que nos ha llegado, compuesta por una
sola estrofa de cuatro versos (tres gliconios, que son octosílabos agudos, es
decir, eneasílabos según el cómputo castellano, y un ferecracio, que
es un verso de siete sílabas contadas, estrofa que parece que huye a propósito del molde octosilábico de la lírica castellana) es un menosprecio de la
riqueza y del poder, tanto monta: el poeta no nos dice lo que alaba
como contrapartida, sino sólo lo que desprecia: las riquezas y los
poderes, en otras palabras, el premio gordo de la lotería de Navidad, la
política y la economía, que son las dos caras de la misma moneda
capitalista, la que persiguen afanosamente otros mortales, digamos que
la mayoría democrática de nosotros.
Tampoco tiene mucho aprecio por la longevidad, como si quisiera darnos a entender así que la vida no se mide por el tiempo que dura, sino por la intensidad con la que se vive. Es verdad que no nos dice que es lo que querría en esta vida.
¿Qué nos queda entonces si despreciamos el dinero y el poder? No lo sabemos. Es verdad que nosotros, como canta el poeta, no sabemos la mayoría de las veces lo que queremos (podemos llamarlo de muchas maneras: amor, felicidad, salud, vida... sin saber muy bien en qué consisten esas cosas ni precisar mucho su significado), pero sí sabemos como decían los estudiantes indignados de mayo del 68 en París, lo que no queremos.
Tampoco tiene mucho aprecio por la longevidad, como si quisiera darnos a entender así que la vida no se mide por el tiempo que dura, sino por la intensidad con la que se vive. Es verdad que no nos dice que es lo que querría en esta vida.
¿Qué nos queda entonces si despreciamos el dinero y el poder? No lo sabemos. Es verdad que nosotros, como canta el poeta, no sabemos la mayoría de las veces lo que queremos (podemos llamarlo de muchas maneras: amor, felicidad, salud, vida... sin saber muy bien en qué consisten esas cosas ni precisar mucho su significado), pero sí sabemos como decían los estudiantes indignados de mayo del 68 en París, lo que no queremos.