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domingo, 5 de diciembre de 2021

El mito de la autoctonía

    El hombre moderno, al igual que sus antepasados, cree en mitos. Es verdad que suelen ser un tanto prosaicos, si los comparamos con los de cualquier mitología tradicional, pero son mitos al fin y al cabo, verbigracia el Progreso, Europa, la Ciencia, la Democracia, las Nuevas Tecnologías... Son tan efectivos y eficaces que su carácter irracional puede pasarnos a poco que nos descuidemos desapercibido, pero no cabe duda de que actúan poderosamente dentro de nosotros como resortes poderosos capaces de dirigir nuestro pensamiento y su conducta.

    Analicemos, por ejemplo, uno de estos mitos: el de la autoctonía, relacionado, obviamente, con el de la MadreTierra. La palabra autoctonía procede de la raíz indoeuropea *dhghem- "tierra", de donde el término griego χθών chthón "tierra, país" -de ahí autóctono- y las latinas humus “tierra”, homo "hombre" y humanus. Autóctono, pues, significa “que ha nacido en la misma tierra en la que reside”. Se trata de una metáfora botánica que equipara la vida de las personas con los árboles y las plantas, que carecen por definición de capacidad de automoción. En torno a esta metáfora de que las personas son árboles que hunden sus raíces en la tierra surge el mito de la autoctonía, con el que se relaciona el ritual funerario de la inhumación. 

    Disponemos, sin embargo, en nuestra literatura castellana de otra metáfora bien distinta que compara la vida humana no con árboles que echan raíces y crecen verticalmente, sino con el curso de los ríos. Aparece en las coplas que Jorge Manrique consagró a la muerte de su padre, donde se dice nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir. ¿Somos vegetales que necesitan anclarse en la tierra y echar raíces o somos ríos que fluyen constante- y horizontalmente, y reciben la afluencia de otras corrientes en su carrera hacia la mar? Según optemos por una u otra metáfora, nos estamos decantando por un modelo de vida sedentario y por el establecimiento en el lugar de nacimiento como los aborígenes o por el nomadismo, la trashumancia y el vagabundeo desarraigado, que consiste en estar siempre de paso sin asentarnos nunca del todo en ningún lugar definitivo. 

    Contra el orgullo nacionalista de haber nacido en el sitio donde se vive se revuelve a veces la voz del pueblo, que exclama: Uno no es de donde nace, sino de donde pace. Contra el orgullo nacionalista ateniense, se rebelaron los filósofos cínicos. En primer lugar, Antístenes, que era hijo de padre ateniense y madre tracia, como la madre de los dioses, decía él con orgullo, reprochándoles a los atenienses que se jactaban de ser hijos de la tierra de que su origen no era más noble que el de los caracoles y las langostas del país. Y se rebeló también Diógenes, otro filósofo cínico, quien ἐρωτηθεὶς πόθεν εἴη, "κοσμοπολίτης," ἔφη, preguntado de donde era, dijo “ciudadano del mundo”, acuñando el término hoy bastante devaluado de 'cosmopolita' o ciudadano del universo. Contra el orgullo nacionalista de haber nacido en algún sitio, cantó el gran Georges Brassens la Ballade des gens qui sont nés quelque part, dedicada a los 'imbéciles felices de haber nacido en alguna parte', a los que maldice de esta guisa: "Malditos sean esos hijos de... madre patria".
 



    El mito de la autoctonía parece que nació en Atenas, y está relacionado con la diosa Atenea que dio nombre a la ciudad, pues del semen que derramó Hefesto en los muslos de la virgen, cuando intentó poseerla,  y que ella se limpió con un paño de lana que arrojó al suelo, surgió de la tierra fecundada con la simiente del dios, Erictonio, el primer ateniense nacido de la tierra. Y el único autóctono, a decir verdad, pues todos sus descendientes lo serán de él por filiación, pero no ya directamente de la tierra como había nacido él. Y la diosa, en la disputa por el patronazgo del Ática, que tuvo con Posidón, plantó un olivo en la acrópolis. Si el dios del mar clavó su tridente y le regaló a la ciudad un mar de agua salada, la virgen le ofreció no sólo el  árbol que arraiga, que nace de la tierra, y del que nacen las olivas y el aceite, sino también la metáfora que nos condena al arraigo y al sedentarismo.

     El mito de la patria está relacionado con el de la madre Tierra. La patria, de hecho, es en su origen en latín no un sustantivo, sino un adjetivo que determinaba a la palabra “terra”, y que, omitida esta, acabó reemplazándola y sustantivándose: la tierra del padre de uno. Sabino Arana, el fundador del nacionalismo vasco y del lema «Euzkadi Euzkaldunon Aberria da» (Euscalerría o Vasconia, como se decía en castellano, es la patria de los vascos), acuñó precisamente el neologismo “aberri”, que no existía en eusquera, sobre aba (“padre”) y herri (“país”), a imagen y semejanza de “(tierra) patria”, de donde deriva después con el sufijo -(t)zale que quiere decir “amante” la palabra abertzale que en vascuence significa “patriota” o, si se quiere, “nacionalista”. Se llegó a decir que uno era un vasco “de pura cepa”, por ejemplo, cuando tenía al menos cuatro u ocho apellidos vascos. Sin embargo, el hecho de haber nacido en el país vasco y de contar con esa retahíla de apellidos no condiciona para nada la obligación de que uno tenga que vivir (y morir) allá donde ha nacido, porque, entre otras cosas, las personas no somos árboles ni plantas carentes de movilidad, sino ríos que van a dar a la mar...
 
    Precisamente la expresión “de pura cepa” (que se puede utilizar en otros contextos no nacionalistas para decir cosas como “poeta de pura cepa” y significar “auténtico” por alusión no sólo al tronco de la vid sino de cualquier árbol o planta enterrados y en contacto con la raíz), sugiere que las personas somos plantas o árboles, como si no perteneciéramos al reino animal. 

    En inglés suele decirse “full-blooded”, por ejemplo: “She is a full-blooded English”: la traducción literal de la lengua de Shakespeare a la nuestra sería de pura sangre, esto es de sangre no mestiza, de antepasados no contaminados con sangre foránea. Claro que purasangre, en castellano, y escrito junto,  alude al pedigrí de un caballo más que de una persona, en concreto, a una raza que es producto del cruce -y por lo tanto, del mestizaje- de la árabe con las del norte de Europa. Es decir, que ni siquiera los purasangres en su origen son de sangre “pura” o no contaminada, sino mestiza, lo que debería darnos mucho en que pensar. 


    No hace falta decir que el mito de la autoctonía que estamos analizando es uno de los más perniciosos y nocivos que hay porque ha generado, como contrapartida, el de la aloctonía o extranjería: el de los nacidos en otra parte, es decir, el de los metecos. Si no tienes la ciudadanía, eres un extranjero, y por lo tanto no tienes derecho a vivir aquí, o, al menos, no tienes los mismos derechos que los autóctonos y aborígenes que "son" de aquí “de toda la vida”. Ese mito, claro está, fundamenta la creación política de los Estados, las naciones y las banderas, y, por supuesto, la xenofobia,  las fronteras y los ejércitos y policías que las defienden como perros guardianes.