En
el mundo digital, el algoritmo influye en nosotros más de lo que
parece, porque no es solo una herramienta tecnológica, sino la forja de
nuestra percepción.
Navegamos
y él almacena nuestro historial de navegación, nuestros clics, nuestras
búsquedas, si hemos hecho alguna compra en línea, los likes, los
dislikes...
Sabe
así lo que nos gusta y lo que nos disgusta, y puede trazar el perfil de
nuestra personalidad digital y hacer, en función de su análisis, una
predicción.
Según
el cálculo de probabilidades, es probable -dice- que este usuario
quiera ver esto, y toma la decisión automática de ofrecerle más del
mismo contenido.
Almacena
nuestra reacción a su oferta, que vuelve al sistema algorítmico,
haciendo que continúe así el ciclo en una espiral que se retroalimenta
constantemente.
El
algoritmo selecciona qué noticias, opiniones o contenidos se muestran
los primeros en pantalla, respondiendo a la demanda de nuestros más
íntimos intereses.
Muchas
de nuestras elecciones que creemos libres, desde qué comprar, qué
música escuchar o qué serie o película ver, están tomadas de antemano
por el algoritmo.
La
mayoría de nuestras decisiones están guiadas por recomendaciones
automáticas de una publicidad cada vez más individualizada a nuestra
medida y personalizada.
La paradoja del caso reside en que nosotros sentimos que elegimos libremente mientras que nuestra mente ha sido condicionada al haberse filtrado sus opciones.
El
objetivo del algoritmo es lograr que dediquemos el mayor tiempo posible
a permanecer dentro de la caverna de Platón mirando lo que proyecta la
pantalla.
El
algoritmo nos conoce como si nos hubiera parido, puede decirse que de
hecho nos ha creado y diseñado un perfil nuestro basado en nuestros
gustos personales.
Conoce
mejor que nosotros mismos nuestra trayectoria digital que almacena y
clasifica, fraguando nuestra personalidad digital gracias a nuestra
colaboración.

Nuestra
docta Academia define el término 'algoritmo' del que tanto se oye hablar últimamente como 'conjunto ordenado y
finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema', vocablo que remonta, según Corominas, al castellano viejo alguarismo
'arte de contar, aritmética', procedente del sobrenombre Al-Juarismi, el
matemático árabe que introdujo los números arábigos en la Europa
medieval, por lo que sería en su origen un nombre propio que se ha convertido en nombre común -como donjuán, quijote, mecenas...-, desdoblándose históricamente en
guarismo, ya prácticamente en desuso, y en algoritmo debido a la influencia del griego
ἀριθμός arithmós 'número', y de logaritmo.
Una banda eslovena de música llamada Laibach con la participación de la cantante, compositora y
activista ghanesa Wiyaala
ha sacado un sencillo que se llama “Algorithm”, cuya letra juega con el doble sentido de la palabra que significa 'algoritmo', y la expresión inglesa de «all go rhythm», que sugiere algo así como que todos van (o vamos, mejor diríamos) al (mismo) ritmo (del griego ῥυθμός, latín rhythmus) del algoritmo.
El tema musical es una audaz fusión de elementos, estribillos y ritmos de música electrónica de baile, viene acompañado de imágenes alusivasde bailarines a ritmo de algoritmo. Tanto en contenido como en forma, equipara hábilmente la naturaleza manipuladora de los algoritmos con la de la música misma: dos hechizos bajo cuyo control nos encontramos.
Viéndolo, me entran serias dudas sobre sus pretensiones. Su letra, cantada en la lengua del Imperio para que se entienda en todo el mundo, presume desde el principio de decir las cosas sin filtro, crudamente, ignorando toda ley, y de romper las reglas y derribar los muros. Cantan cosas como que debemos seguir adelante, que el pasado está muerto y enterrado, no importa lo que hagas, a nadie le importa tu punto de vista, lo que importa es que el algoritmo funcione para ti. Viene a decir machaconamente que somos esclavos del algoritmo, que es el ritmo que nos imponen para que bailemos a su son. No sé, ya digo, si con esta canción consiguen ponernos a todos a bailar, como hacen los bailarines de las imágenes del vídeo de promoción, o ponernos a pensar sobre lo que dice, o una tercera posibilidad que sería ambas cosas a la vez: ponernos a bailar y a pensar, o, rizando el rizo del cuatrilema o tetralema, más bien ni lo uno ni lo otro: ni ponernos a bailar ni a pensar sobre lo que dice.
Tengo también mis serias dudas sobre si el mensaje llega antes con la música machacona y la letra no menos repetititva o con las imágenes del videoclip, o con la combinación de ambas cosas a la vez o con ninguna de ellas. Quizá sea mejor una reflexión más sosegada que nos haga ver que bailamos, queramos o no, nos guste o nos disguste, al son que nos tocan. Lo curioso, en todo caso, de esta canción es que parece hecha a medida para ser promocionada por las plataformas de las que, en realidad se burla, lo que nos muestra y demuestra cómo incluso la crítica se presenta como contenido para vender, y nos hace ver, de paso, que el sistema es capaz de encajar las críticas que se le hagan y de asimilarlas sin mayor problema.

