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sábado, 15 de marzo de 2025

Engullendo monedas de oro

Vuelvo sobre la relación escatológica existente entre la mierda y el dinero que se analizaba en El oro que cagó el moro a propósito de la lectura de un texto de las Antigüedades Judías de Flavio Josefo, que me ha traído a la memoria una anécdota vaga e imprecisa de mi infancia sobre la ingesta de monedas. 
 
Cuando yo era pequeño, una vecina del barrio donde vivíamos tenía tanta fama de agarrada que la llamábamos Doña Tacañona. De ella se contaba que cuando su hijo pequeño se tragó una vez una moneda de una peseta, la unidad monetaria española desde 1869 hasta la implantación en 2002 del euro, ese engendro monetario de la Unión Europea, buscó y rebuscó durante una semana entre sus heces, que debía hacer en un orinal, hasta que finalmente recuperó la dichosa peseta enroñecida. 
 
Este episodio me venía a la memoria leyendo a Flavio Josefo, Antigüedades Judías, V. 420-421 en traducción de Jesús Mª Nieto, que narra un episodio durante el asedio de Jerusalén y la destrucción del Templo por los romanos en el año 70 d.C., a las órdenes de Tito.
 
Sitio y destrucción de Jerusalén por los romanos bajo el mando de Tito, David Roberts (1850) 
 
El sitio de Jerusalén es un evento que marcó el fin del Templo y el inicio de la diáspora judía. Josefo cuenta que algunos judíos ingirieron monedas de oro para ocultárselas a los soldados romanos, con la intención de evacuarlas después: Unos vendieron sus posesiones a un precio muy bajo y otros sus objetos más valiosos. Se tragaban sus monedas de oro para que no las descubrieran los bandidos y luego, tras huir al bando romano, las expulsaban del cuerpo junto con sus excrementos y así tenían los recursos suficientes para conseguir lo que necesitaban.
 
Según varios comentaristas, no era posible tragar sin atragantarse las monedas de oro de la época de Nerón por su tamaño y por su peso, ya que pesaban unos ocho gramos y tenían un diámetro máximo de dieciocho milímetros. El caso es que fuera o no fuera cierta la noticia, los soldados romanos, al correr el rumor, comenzaron a matar indiscriminadamente a cualquier sospechoso de haber engullido monedas de  oro, con la esperanza de al fin recuperarlas. 
 
Continúa el historiador Flavio Josefo contándonos la secuela de este incidente:  Pero otra desgracia cayó sobre los que ya habían conseguido salvarse de esta forma. Uno de los desertores que se hallaba con los sirios, fue sorprendido cuando recogía monedas de oro entre sus excrementos. Como ya hemos dicho, se las tragaban antes de salir, pues los rebeldes registraban a todos y en la ciudad había gran cantidad de oro.
 
Según Josefo, en una sola noche fueron asesinadas alrededor de dos mil judíos por este motivo:  Una vez descubierto el plan de una sola persona, por todo el campamento corrió la noticia de que los desertores estaban repletos de oro. La multitud árabe y los sirios abrían y registraban las entrañas de los suplicantes. Creo, al menos yo, que a los judíos no les ha sucedido una desgracia más cruel que ésta: en una sola noche fueron rajados más de dos mil.  
 
El episodio tiene un simbolismo muy poderoso: el oro, forma antigua del dinero, que debía servir para asegurar la supervivencia en el futuro, que así se garantiza, se convierte en la causa directa de la muerte. Tal es su valor, que su posesión resulta mortal. De alguna manera nos recuerda al mito del rey Midas, cuya obsesión por el oro lo condena a la desesperación cuando descubre que no puede alimentarse de lo que se lleva a las manos, porque todo lo que toca lo convierte en oro, es decir, en mierda.
 
Dovela de la portada de la Coronería de la catedral de Burgos, en la que un pecador, sedente y desnudo, defeca monedas de oro sobre una mensa nummularia o tabla de cambios, monedas con las que se fabricarán otras nuevas que el condenado volvería a tragar, representando así la usura.
 
Refleja este episodio el grado de deshumanización que alcanza la guerra. El otro deja de ser un ser humano y se convierte en un objeto del que extraer recursos, un recurso humano. La imagen de los judíos tragando piezas de oro puede verse como una metáfora del cuerpo como el último refugio o sarcófago de la posesión: el oro se incorpora para finalmente desecharlo. El individuo trata de interiorizar su futura riqueza y hacerla parte de sí mismo. Sin embargo, este acto de preservación solo acelera su trágico destino.
 
Sea el que sea el crédito que queramos darle a esta noticia de la ingesta de las monedas de oro para cagarlas y recuperarlas, lo cierto es que el incidente tuvo una secuela terrible: dos mil judíos que se habían escapado fueron destripados por sirios y árabes, que formaban parte de las tropas auxiliares romanas, al enterarse del rumor de que se habían tragado los áureos romanos que equivalían a una estatera de oro griega, es decir, veinticinco dracmas griegos, ya que el oro se había desvalorizado con la guerra. Más adelante, se puede leer que los soldados se habían apoderado de tanto botín que en Siria se vendía el oro, al peso, a la mitad de su precio anterior .
 
En este sentido, la imagen de los judíos masacrados por haber tragado oro también puede verse como un símbolo del sufrimiento de un pueblo perseguido por su propia riqueza y herencia. A lo largo de la historia, los judíos han sido objeto de violencia debido a su asociación con el dinero, lo que otorga a este relato de Josefo un carácter casi profético.