Una vez, según cuenta la crónica ya lejana del abad de un olvidado monasterio, se le apareció una visión perturbadora a un monje que hacía ardua penitencia caminando descalzo a Santiago de Compostela, siguiendo la Vía Láctea que señalaba el Camino, en su peregrinación solitaria. Detrás
de unas matas contempló, por ventura, sin querer las nalgas desnudas de
una criatura angelical que se agachaba tras un seto a orinar o defecar...
La
inesperada visión de aquellos cuartos traseros resplandecientes como la nieve y
carentes de vello lo excitaron de tal manera que la sangre, afluyendo de
modo tumultuoso, hinchó de repente su miembro viril impetuoso por sorpresa; y
éste, henchido, se le puso tan tieso que no tuvo más remedio que
llevarse las manos y apretarlo para evitar orinarse y ensuciarse los
hábitos, tal era su alarmante hinchazón. Como consecuencia de lo cual,
el fraile cometió el pecado de Onán, derramando su quintaesencia masculina tras aquella inesperada y pecaminosa
contemplación.
Acto seguido, el atribulado fraile tuvo otra visión no menos perturbadora al abrir los ojos. Se le apareció el santo apóstol Santiago, y le susurró que
si quería que su pecado le fuera perdonado debería dar
inmediatamente la mayor prueba de fe, que consistía en abjurar
precisamente de su propia creencia en Cristo maldiciendo las aguas benditas
del bautismo en las que había sido bautizado y pronunciando al mismo
tiempo la más terrible de las blasfemias contra Dios Nuestro Señor y el
Espíritu Santo.
El monje no salía de su asombro ante aquella aparición sobrenatural y su insólita petición. No daba crédito a lo que había oído y visto: el propio apóstol le había pedido como prueba de fe que apostatara de la iglesia y que abjurara de sus sagradas creencias… Sumido en un océano proceloso de incertidumbres y asustado por aquella súbita y apocalíptica aparición tras la comisión de su pecado, consideró, al fin, que eran arduos y pedregosos los caminos del Señor, nada fáciles, y que era sin duda aquella la prueba más fehaciente que podía dar de su fe en Cristo, así que maldijo las aguas de su bautismo y pronunció, en voz baja y temblorosa, una horrible blasfemia: "¡Me cago en Dios Padre, en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo!"
Esperó que se abrieran los cielos y un rayo lo fulminara pero no sucedió nada de lo que temía, salvo que cayó en la cuenta enseguida de que el mismísimo diablo Satanás se le había manifestado en primer lugar como el espíritu súcubo de aquella mujer y después, tal
era su astucia, como si fuera el santo Apóstol Santiago. ¡De lo que era capaz el
Maligno para engañar a los incautos mortales como él!
El supuesto Apóstol Santiago, en realidad el Maligno, había tomado entre tanto su sotana impregnada de semen y desaparecido súbitamente, con una enorme carcajada, dejando un ligero y sospechoso hedor a azufre pestilente en pos de sí. Enseguida nuestro monje se dio cuenta de que había sido burlado por Satanás, se consideró el más desgraciado de los seres humanos y encomendó su vida al verdadero apóstol, arrodillándose, rezando y golpeándose el pecho varias veces entonando un mea culpa muy sentido.
No sabe si su propia conciencia o el verdadero Apóstol Santiago le dictó lo que debía hacer, después de recriminarle lo ingenuo que había sido, exigiéndole a cambio del perdón de tamaños pecados de apostasía, blasfemia y lujuria un acto que lo hiciera digno de alcanzar el Reino de los Cielos.
El monje, después de cavilar un rato, llegó a la conclusión de que habían participado tres órganos de su cuerpo en el pecado de onanismo: en primer lugar los ojos, que se habían dejado seducir por las imágenes que habían vislumbrado de los cuartos traseros, desnudos y carnales de una doncella y garrida moza, tal era su rotunda perfección; en segundo lugar su mano pecadora que había ordeñado sin querer la hinchazón pecaminosa, y en tercer y último lugar el propio órgano digno de Príapo, que se ocultaba culpable y avergonzado entre las piernas. Pero más grave había sido el pecado mortal e imperdonable de blasfemia contra el Espíritu Santo, en el que habían participado sus oídos, que habían dado crédito a las palabras engañosas del demonio fementido.
Recordó
lo que Eusebio de Cesárea contaba de Orígenes, quien, cuando era joven y
tras la lectura del pasaje del evangelio de Mateo donde Nuestro Señor
Jesucristo habla de los eunucos ("Porque hay eunucos que nacieron
tales del vientre de sus madres; hay eunucos que fueron castrados por
los hombres; y eunucos hay que se castraron a sí mismos por amor del
reino de los cielos", Mateo, 19-12), tomó la decisión de
emascularse, bien castrándose a sí mismo o haciendo que otro lo
castrara, resolvió él hacer lo propio privándose del miembro de su cuerpo
con el que había pecado en primera instancia y, acto seguido, rendir su alma al Altísimo.
Cuando iba después de mutilarse y comenzar a desangrase ya a clavarse en la garganta, por donde corre la sangre de la yugular, la daga ensangrentada de su mutilación, encomendando su alma al Altísimo, unos peregrinos que vieron la locura que estaba a punto de cometer el fraile llegaron a tiempo de impedir que acabara con su propia vida. El monje desangrando cayó al suelo desmayado. Cuando volvió en sí, contó que había tenido un sueño. Narró que había estado en presencia del Señor, de la Virgen María y del Apóstol Santiago en el juicio final sumarísimo que se abrió sobre su vida. Y que gracias al Apóstol y a la intercesión de Nuestra Señora se había salvado no sólo de la muerte, sino de la condenación eterna de su alma en los infiernos de Pedro Botero. En efecto, Dios, Nuestro Señor, había decidido que el ingenuo monje que había cometido
el pecado de Onán al extraer su semen y no depositarlo en el
receptáculo debido violando además así su voto de castidad, y blasfemado mortalmente y renegado de su fe, volviera a la vida a advertir a los demás pecadores de los peligros de la credulidad.
Y esta historia concluye, según la crónica del abad, con el testimonio del que se la contó a él, un anciano que aseguró que el monje no posee miembro viril ni nobles testículos, sino un agujero como las hembras, apostilló, para la emisión de la orina, y además, añadió, una cicatriz en la garganta.
(Además del testimonio de Gonzalo de Berceo, que en los Milagros de Nuestra Señora nos narra uno, el VIII, que es El Romero engañado por el enemigo malo, disponemos de la cántiga -mejor que cantiga- núm. 26 de Alfonso X El Sabio, dentro de las Cántigas de Santa María, conocida como Non é gran cousa, que narra el milagro de un peregrino que viaja a Santiago, y engañado por el diablo, se mutila los genitales, muriendo en pecado, por el que la Virgen María intercede para salvar su alma, defendiéndolo ante el diablo y Santiago, y disponemos asimismo del relato en prosa latina del monje benedictino Guibert de Nogent , incluido en sus Monodiae).



