Persiste en los estoicos imperiales un vago ideal humanitario, pero ya no se trata de transformar la realidad del mundo sino de aceptarlo tal como es. Séneca, por ejemplo, no condena la esclavitud, sino que, anticipándose al cristianismo, propugna que se dispense un trato humanitario a los esclavos, dado que todos somos esclavos -conserui, según él, es decir, compañeros de esclavitud- lo que, lejos de abolir la servidumbre, la legitima “humanizándola”, como la iglesia católica, apostólica y romana. Recuérdese por ejemplo el evangelio de Lucas 1:38 dixit autem Maria: ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum uerbum tuum (dijo por su parte María: he aquí la esclava del Señor, hágaseme según tu palabra), donde se presenta a Dios como Dominus, el Señor, y la humanidad de la Virgen María como sierva del Señor.
viernes, 13 de febrero de 2026
El estoicismo ya no es lo que era
Persiste en los estoicos imperiales un vago ideal humanitario, pero ya no se trata de transformar la realidad del mundo sino de aceptarlo tal como es. Séneca, por ejemplo, no condena la esclavitud, sino que, anticipándose al cristianismo, propugna que se dispense un trato humanitario a los esclavos, dado que todos somos esclavos -conserui, según él, es decir, compañeros de esclavitud- lo que, lejos de abolir la servidumbre, la legitima “humanizándola”, como la iglesia católica, apostólica y romana. Recuérdese por ejemplo el evangelio de Lucas 1:38 dixit autem Maria: ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum uerbum tuum (dijo por su parte María: he aquí la esclava del Señor, hágaseme según tu palabra), donde se presenta a Dios como Dominus, el Señor, y la humanidad de la Virgen María como sierva del Señor.
martes, 3 de enero de 2023
Una mente abierta (1)
Marco Aurelio (121-180 de nuestra era) fue emperador de Roma entre 161 y 180, año de su muerte. De origen hispánico como el emperador Adriano o el filósofo Séneca o el poeta Lucano, Marco Aurelio, que no quería convertirse en un César ni empaparse de la púrpura imperial, se convirtió sin embargo en el décimosexto emperador del Imperio romano. Llamado el “emperador filósofo” -en sentido etimológico “amante de la sabiduría” pero no poseedor de ella-, fue considerado uno de los “cino buenos emperadores”, donde “cinco” quiere decir “pocos”. Tuvo que enfrentarse a varias tribulaciones políticas y militares, causadas por los ataques de las tribus germánicas en el límite norte del Imperio y por la rebelión de Avidio Casio en Egipto y Siria, así como a dramas personales como la muerte de algunos de sus hijos.

Su lengua materna era el latín, pero como todo romano culto hablaba con fluidez el griego, y eligió esta lengua para escribir sus reflexiones filosóficas, conocidas como Meditaciones, obra dividida en doce libros que probablemente compuso en los últimos años de su vida. Son soliloquios dirigidos a sí mismo que probablemente nunca tuvo intención de publicar, y que han llegado milagrosamente a nosotros constituyendo una especie de íntimo diario personal.
Se presenta como un defensor del estoicismo, una doctrina de la Estoa que no era incompatible con el ejercicio del Poder, muy alejada, por lo tanto, de la docrina del Pórtico original de Zenón de Cicio. La filosofía estoica que se difundió entre la aristocracia del Imperio Romano ya no era la de Zenón y sus primeros discípulos, sino una variante harto más conservadora, que es la que conocemos por los escritos de los estoicos imperiales –Séneca, Epicteto, Marco Aurelio–, los únicos que nos han llegado íntegros, en los que persiste un vago ideal humanitario y cosmopolita, pero que ya no intentan cambiar el mundo sino que lo aceptan estoicamente, nunca mejor dicho, tal y como es, lo que explica también el éxito de Las Meditaciones de Marco Aurelio en el mundo moderno como libro de cabecera de muchos poderosos.
Como muestra, un botón. He aquí una reflexión que escribe sobre la brevedad de la vida (libro IV, 48) y que nos ofrece la espléndida metáfora de la aceituna al final:
Considera constantemente cuántos médicos han muerto tras haber muchas veces fruncido el ceño sobre sus pacientes; cuántos astrólogos tras vaticinar la muerte de los demás como algo importante; cuántos filósofos, después de haber sostenido mil discusiones sobre la muerte o la inmortalidad; cuántos poderosos, después de haber dado muerte a muchos; cuántos tiranos que abusaron, con una terrible arrogancia, como si fuesen inmortales de su poder sobre vidas ajenas; y cuántas ciudades enteras, por así decir, fenecieron: Hélice, Pompeya, Herculano, y otras innumerables (*).
*NOTA: Son conocidos los casos de Pompeya y Herculano, que fueron destruidas por la erupción del Vesubio en el 79 de la era cristiana. Hélice era una ciudad griega de la Acaya que fue engullida por el mar en el año 373 antes de nuestra era.
Pasa revista también a todos los que tú has
conocido, uno tras otro. Uno, rindiendo los honores fúnebres a ese,
fue después sepultado; y otro a aquél, y todo en breve tiempo. Pues
has de ver en suma siempre las cosas humanas como efímeras y sin
valor; ayer, un moquillo; mañana, momia o ceniza. Procura, pues,
pasar este mínimo lapso de tiempo conforme a la naturaleza y
disolverte con alegría, como la aceituna que llegada a la madurez
cae bendiciendo la tierra que la crió y dando las gracias al árbol
que la produjo.
martes, 22 de marzo de 2022
Suicidio colectivo
Soprende, leyendo el poema épico e histórico La Farsalia de Lucano, también conocido como prefieren otros por La Guerra Civil, la arenga que el autor pone en boca del tribuno militar Vulteyo, partidario de César en la larga contienda sostenida entre este y Pompeyo (IV, 465-581), dirigida a sus soldados que se encuentran sin escapatoria en la costa de Iliria, rodeados por sus enemigos (que son sus conciudadanos o compatriotas). Tras una breve lucha y siendo ya inminente sin ninguna posibilidad de victoria la derrota de los suyos, Vulteyo no exhorta a sus hombres a conseguir la gloria de morir heroicamente luchando hasta el final y dejándose la vida en el empeño, sino a quitarse ellos mismos personalmente la vida mediante un suicidio colectivo antes de permitir que se la arrebate el enemigo, evitando así la esclavitud y la deshonra de rendirse.
En ese contexto hay que interpretar el verso tantas veces mal entendido con que les anima a quitarse la vida: (Bellum Ciuile, IV 579) ignorantque datos ne quisquam seruiat enses que sir Edward Ridley tradujo al inglés como: ...The sword / was given for this: that none need live a slave, lo que viene a decir que los hombres ignoran que el propósito de la espada es salvar al hombre de esclavitud. Fue grabado, según leo, en los sables de la guadia nacional de París durante la Revolución Francesa, con el sentido de que las armas servían para utilizarlas contra el opresor, dando muerte a los tiranos.
Pero en el discurso de Vulteyo, el verso no está exhortando a sus soldados a usarlas desesperadamente contra el enemigo que los tiene acorralados para lograr una muerte heroica, sino a usarlas contra sí mismos, dándose muerte voluntariamente, una muerte que les librará de caer en la esclavitud. Es una defensa del suicidio. La espada sirve para elegir la muerte antes que la esclavitud, como si fuera uno mismo quien le impide a uno mismo ser libre y tuviera que matarlo, es decir, matar a su enemigo: matar al otro, a su alter ego, matarse a sí mismo.
Escuadrón de suicidio del Frente del Pueblo Judaico (La vida de Brian, 1977)
Hay en el discurso de Vulteyo, que es una defensa en toda regla de la muerte voluntaria, unos versos muy sugerentes pero que no dicen verdad alguna (IV, 517-520): ...agnoscere solis / permissum est, quos iam tangit uicinia fati, / uicturosque dei celant, ut uiuere durent, / felix esse mori: ...Solo saberlo / es dado a quienes ya roza su sino de cerca, y a quienes / van a vivir se lo ocultan los dioses, a fin de que vivan:/ que es una dicha morir.
Pueden relacionarse con el mítico canto del cisne: los cisnes, consagrados como estaban al dios Apolo que les había concedido el don de la adivinación, cuando barruntan que van a morir, vislumbran que la muerte es un bien y mueren plácidamente entonando su cántico más hermoso con el que se despiden de la vida.
El discurso de Vulteyo culminan con el argumento de la felicidad de morir: el felix esse mori: es una dicha morir, el secreto que los dioses sólo revelan a los moribundos que están cerca ya del final de los días que les ha dispuesto la Parca, y que no manifiestan antes porque si lo hicieran nadie querría seguir viviendo y todos adelantarían su hora, la hora como dice a veces la gente con solemnidad, de la verdad.
La locura del suicidio colectivo
instigado por Vulteyo refleja la imagen de una Roma víctima de sí
misma. Pero no se trata
exactamente de un
suicidio dado que los soldados de Vulteyo no se matan a sí mismos
sino entre sí, de modo que prolongan con la vesania de sus actos la agonía de la
guerra civil -todas las guerras son civiles, entre ciudadanos del
mundo-, y la agonía de la guerra sin más, de cualquier guerra, ya que no dejan de ser todas ellas contiendas fratricidas.





