Un joven con pintas de ejecutivo camina distraído por la calle: gafas que le dan un ligero aire de intelectual, barba adolescente de unos días, las mangas de la camisa remangadas, corbata impecable, reloj imprescindible a la vista en la mano izquierda, y un café takeaway en la derecha. De pronto se detiene ante el espectáculo inesperado de una mujer elegante y atractiva, sensual e insinuante que se ha agachado delante de él en la calle como si fuera a recoger algo y, al hacerlo, la falda corta de su vestido negro ha ondulado agitada por el airecillo dejando ver la desnudez de unas perfectas piernas que se realzan sobre unos estilizados zapatos negros de tacón de aguja.
La visión inesperada le ha producido un deseo inconfesable que reprime enseguida de poseerla y empotrarla. La joven que ha adivinado, se diría, los oscuros deseos del pasmado ejecutivo, lo increpa airada y le pregunta dándole una bofetada: -¿Qué estás mirando, eh? ¿Qué miras? ¿Me estás desnudando con los ojos?
Él no sabe qué decir ante aquella insolencia. Ella entonces, cambiando de registro, a la vez que le acaricia cariñosa el cuello y el hombro le susurra. -¿No puedes prescindir de eso, pobrecito? Y acercando sus labios sensuales al oído le pregunta: -¿Te bate el corazón?, ¿Te da vueltas la cabeza? ¿Te sientes perdido pensando que seré tuya para siempre? Le pone entonces la espuma del capuchino con un dedo en los labios, y cae un poco sobre su escote.
La chica, que le ha susurrado sensualmente la última pregunta al oído, y lo tiene acorralado contra una farola, más alta que él gracias a sus tacones, lo sujeta por la corbata, esa soga al cuello, y está a punto darle un beso en los labios cuando... él, que había cerrado sus incrédulos ojos, despierta y se encuentra con que la mujer de sus sueños ha desaparecido como por arte de magia y encantamiento, y en su lugar hay... Se ha desvanecido el misterio del eterno femenino. No da crédito a lo que ven sus ojos: lo que nunca olvidará en la vida, lo que puede ser suyo para siempre, si no fuera por la obsolescencia programada del invento, es, como dicen los italianos, la macchina por excelencia, o sea, ni más ni menos que un automóvil pequeño, coqueto, atractivo. En la lengua del Imperio para que se entienda en todo el mundo se dice así: You'll never forget the first time you see one.
Desde el principio ha sonado como música de fondo el tema de la cantante británica Hayley Willis titulado Smokescreen ('cortina de humo'), cuyo título revela que la cortina de humo era la posesión de la hembra que ha sufrido una metamorfosis convirtiéndose en este automóvil lanzado alrededor de los años 2011 o 2012, cuya publicidad se basaba en el sex appeal, la poderosa seducción que provoca en un hombre distraído el encuentro por la calle con lo que no tiene nombre, con el sexo femenino que se presenta en una de sus muchas metamorfosis y sublimaciones, uarium et mutabile semper femina.
La seducción es una ilusión, un juego que atrae y a la vez oculta porque muestra una cosa, la mujer sobre zapatos de tacón alto, desnudas las piernas y agachada, receptiva, como si dijéramos abierta para que él pueda entrar en su interior, mientras esconde otra: se trata en realidad de un automóvil italiano. El coche como metáfora del sexo.
La voz de Willis resulta encantadora, magnética pero no deja de advertirnos de que todo no es más que un truco, la puesta en escena de una cortina de humo. No niega la atracción, pero denuncia el artificio de la sustitución del gato por la liebre.

