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lunes, 16 de marzo de 2026

Persona busca personalidad: la caída de la máscara (y IV)

De la caída de la máscara 

Recuerdo que la primera vez que leí el poema “De rerum natura” de Lucrecio en la traducción de Valentí Fiol, me llamó la atención una frase por su concisión y solemnidad de carácter lapidario, que subrayé con un lapicero. Son los versos 55-58 a comienzos del libro III: Por esto, en momentos de crisis y peligro es cuando hay que juzgar a un hombre, y la adversidad nos da a conocer su carácter; pues entonces son sinceras las voces que brotan del fondo de su pecho; se arranca la máscara y queda la realidad.

Cuando años después volví a releerlo en la más antigua traducción del abate Marchena en hendecasílabos blancos, volví a encontrarme con ese fragmento y de nuevo subrayé la frase, que presentaba una curiosa transformación:
Los peligros descubren a los hombres,  
les dan a conocer los infortunios,
 pues entonces por fin del hondo pecho
 son proferidas voces verdaderas:
 la máscara se quita y queda el hombre. 


Don Miguel de Unamuno, como no podía ser menos, se hace eco del verso lucreciano en un artículo que publicó en la revista “Nuevo Mundo” titulado “La res humana”, que él traduce conservando la palabra “persona” del original como “desaparece la persona, queda la cosa”, donde hace la siguiente reflexión a continuación: “No cabe expresión más enérgica, sobre todo si se tiene en cuenta todo el valor que en latín tiene la voz persona. La cual, empezando, como es ya tan sabido, por significar la máscara o careta con que el actor se cubría la cara para representar el personaje de la comedia o tragedia, pasó a ser designativa del personaje, y, por último, del papel que uno representa, aunque sea en el coro o la comparsa, en el teatro del mundo, es decir, en la Historia”. 
 
Lo que el abate Marchena había traducido por “el hombre”, Unamuno lo traducía literalmente como “cosa” y Valentí por “realidad”. Esta última traducción resulta anacrónica: la palabra “realidad” no existe en el latín de Lucrecio: es un nombre abstracto formado sobre el adjetivo “realis”, que tampoco existe todavía en Lucrecio, basado a su vez en el sustantivo “res rei” que, como se sabe, significa “cosa”, palabra clave en el título del poema: De rerum natura: “Sobre la naturaleza de las cosas”.
 
La curiosidad e interés por la frase me movió a buscar el texto original de Lucrecio. La edición oxoniense de Bailey de 1900, reimpresa múltiples veces, dice lo siguiente.

Quo magis in dubiis hominem spectare periclis 
conuenit aduersisque in rebus noscere qui sit:
nam uerae uoces tum demum pectore ab imo 
eliciuntur, <et> eripitur persona, manet res. 

 
Nos encontramos la expresión “manet res”, que literalmente significa que una vez arrebatada la máscara “permanece la cosa” que subyace por debajo. Sin embargo, el final de ese hexámetro lucreciano, como veo por el aparato crítico, no está nada claro, es un locus corruptus. Donde Bailey lee “manet res” hay manuscritos que presentan otras lecturas como “malare” y “manare”, algo propiamente incomprensible. Se trata de uno de esos lugares conflictivos para la crítica textual en la edición de un texto. 
 
Cuando volví a releer el poema de Lucrecio, esta vez en la soberbia traducción de Agustín García Calvo publicada en 1997, que está en verso y reproduce con los acentos de las palabras el ritmo dactílico del hexámetro y, además, nos regala la rima asonante en el último pie del verso, que aunque desconocida en la poesía latina, agradece el oído castellano, me encontré con el mismo fragmento y la misma frase con otra traducción distinta de las anteriores:

Así que en inciertos peligros mirar al hombre más vale, 
 y en casos adversos mejor quién es él podrá averiguarse:
 pues voces allí del hondo del pecho empiezan veraces 
 por fin a salir, y se arranca la máscara del semblante.



Las cuatro traducciones del último verso coinciden en su primera parte en la caída de la máscara, que en latín se dice “persona”, que sólo conserva Unamuno con su sentido primigenio: eripitur persona: se arranca o se quita el antifaz pero difieren en su segunda parte: queda la realidad, queda el hombre, queda la cosa, ...del semblante.
 
¿Cuál es la mejor lectura y consiguientes traducción de Lucrecio? No se trata de decidir cuál es la que más nos gusta. El problema es que necesitamos fijar el texto previamente para poder dar una respuesta a esta pregunta. Creo que la mejor traducción es la de García Calvo, pero no porque me guste más a mí personalmente, sino porque en su edición, propone una lectura que resuelve, desde mi punto de vista, el problema textual. En efecto, García Calvo propone la siguiente lectura: ...eripitur persona ibi ab ore.
 
Donde los manuscritos presentan lecturas como manare, mala re, manet res, advierte García Calvo en el aparato crítico de su edición que un códice más antiguo presenta: iuiauore, que él interpreta ibiabore, lo que separado convenientemente se lee: ibi ab ore: allí de su rostro. 

 
Veo dos argumentos a favor de esta propuesta: el primero sería la reinterpretación del MANARE/MALARE como IVIAVORE. Escrita con mayúscula la M podría confundirse con IVI, y tratarse del adverbio IBI escrito con uve por la confusión en latín tardío entre estas dos letras, originando una falta de ortografía que sigue siendo frecuente en castellano actual, porque tanto la  be como la uve representan ya el mismo fonema oclusivo labial sonoro; el segundo argumento es que esta nueva lectura establece un paralelismo con el final del verso anterior: “pectore ab imo”: del hondo de su pecho frente a “ibi ab ore”: allí de su rostro, e incluso una especie de rima interna (pectore/ore), aunque esto es lo menos importante.
 
A la vez que salen palabras verdaderas de lo hondo del pecho del hombre en las situaciones adversas, cae la careta allí de su rostro. No hace falta suponer que lo que queda debajo de la máscara es la realidad, ese anacronismo: la realidad es que la máscara también forma parte de la realidad. Queda mejor como frase lapidaria y redonda, como máxima, la frase de Marchena, o la versión de Unamuno, o la lectura de Valentí: cae la máscara, queda la realidad o queda la cosa o queda el hombre como caso supremo de cosa; pero lo que dicen es algo en cierto modo superfluo, que no hacía falta decirlo. Es preferible esta otra lectura: cae la máscara allí de su rostro: lo que queda, detrás de la máscara, es el rostro. 
 
La más reciente traducción al castellano que he consultado del poema de Lucrecio es la de Francisco Socas, en prosa, publicada en Biblioteca Gredos (Madrid 2003), que sigue la conjetura de García Calvo: Por eso más bien en las pruebas difíciles hay que observar al individuo y en la contrariedad conocer quién es, pues entonces por fin de lo hondo de su pecho se sonsaca la voz de la verdad <y> allí se arranca la máscara de su rostro.

viernes, 13 de marzo de 2026

Persona busca personalidad (II)

    Los lingüistas hoy están prácticamente de acuerdo en el origen probablemente etrusco del término latino persona, que derivaría de phersuna "lo relacionado con phersu/Phersu", que sería una máscara ritual usada en juegos funerarios etruscos. 
 
    El phersu/Phersu es una figura del mundo etrusco que se ve en pinturas funerarias, especialmente en la Tumba de los Augures (siglo VI a. C.), donde aparece la palabra escrita junto al personaje por lo que se supone que era el nombre del rol o figura representados. La escena muestra a un hombre con máscara barbuda vestido con túnica corta que sostiene una correa con la que controla a un perro agresivo que ataca a otro hombre que tiene la cabeza cubierta con una capucha y que se defiende con un garrote. No hay unanimidad sobre el significado de esta escena: podría ser un antecedente de los juegos gladiatorios romanos, o ser un personaje ritual o teatral en juegos funerarios etruscos. 
 
phersu/Phersu
     
    Otra palabra latina relacionada con el teatro y de probable origen etrusco es  histrio, histrionis, que  designaba originalmente a los actores o danzarines, de donde deriva nuestro histrión. Según la tradición histórica, el término pasó al latín para describir a los artistas traídos de Etruria para entretener al público con gestos, música y disfraces. 
       
    El término griego equivalente al latín persona era prósōpon πρόσωπον, de ahí que a la figura literaria consistente en la personificación se la denomine prosopopeya. Según nuestra docta Academia, sería el origen etimológico del etrusco phersu/Phersu. La pesona, según ella, derivaría "del latín persōna 'máscara de actor', 'personaje teatral', 'personalidad', 'persona', este del etrusco φersu, y este del griego πρόσωπον prósōpon", pero esto último parece poco probable fonéticamente. 
 
    La historia de la palabra griega, sin embargo, es muy interesante porque relaciona la cara, que es según nuestro refranero el espejo del alma, con las máscara teatral y el personaje representado. Está formada con el prefijo prós πρός, que significa “delante de” y el sustantivo ōps ὤψ, que quiere decir "ojo" y genéricamente "rostro", por lo que el término significa literalmente lo que está delante de los ojos, y lo que se presenta a la vista. 
 
    En el teatro griego clásico los actores llevaban máscaras que los caracterizaban, por lo que acabó designando a los personajes que representaban. Más tarde la palabra adquirió, en una evolución paralela a la latina persona, un sentido mucho más abstracto, pasando a su significado moderno de identidad individual. En la primitiva teología cristiana griega se utilizó el término prósōpon para hablar de las tres personas de la Trinidad. 
 
    Semánticamente la identidad nace de una palabra que originalmente significaba máscara, que se impone y que se muestra a los demás, lo que puede sugerir que toda identidad es sustancialmente falsa identidad y todo nombre propio, como hemos formulado alguna vez, un pseudónimo, real, sí, pero falso.
  
    Personas sujetas a derecho: En el derecho romano ya se usaba el término persona. Podemos remontarnos a Gayo, el jurista que vivió en tiempos de Adriano y parece que alcanzó la época de Cómodo. En el libro I de sus Instituciones, establece que el derecho se ocupa de las personas, de las cosas o de las acciones. Concerniente a las personas al hablar de la condición humana establece la división entre esclavos y libres, y dentro de estos últimos los “ingenuos” que son libres de nacimiento y los libertos, que son los esclavos que han adquirido la libertad... Más adelante establece otra división de las personas, las personas sui iuris o independientes y las alieni iuris sujetas a un poder ajeno, destacando entre estas últimas las que están in potestate, in manu e in mancipio. En la jurisprudencia romana la sociedad se analiza según status, y tres criterios: el de libertad (libre o esclavo), el de ciudadanía (ciudadano romano o no) y el familiar (posición dentro de la familia) y solo quien poseía el estatus adecuado era persona según la ley. 
 
    En la jurisprudencia actual se distinguen las personas físicas o reales, seres humanos individuales con una identidad física avalada por un nombre propio y una fecha de nacimiento, de las jurídicas, que son entidades legales, es decir, creadas por la ley como empresas y organizaciones que tienen una existencia independiente de sus miembros.
 
    Personas gramaticales: En la gramática tradicional se habla de prima, secunda y tertia persona: Elio Donato define la primera persona como el hablante, la segunda como el oyente y la tercera la cosa o persona cosificada de la que se habla. La idea de las tres personas gramaticales viene ya de la tradición gramatical griega, por ejemplo de Apolonio Díscolo, que adoptaron los latinos. Un lingüista moderno, Émile Benveniste, define la tercera persona como la no-persona. La diferencia no es solo gramatical sino filosófica y pragmática: la primera persona y la segunda crean el diálogo, la tercera es la cosificación. En latín clásico ni siquiera existía un pronombre personal específico de tercera persona como en las lenguas modernas (él, ella), sino que se recurría a un mostrativo o al anafórico, lo que refuerza esta intuición de que la tercera persona es la no-persona.
 
La Santísima Trinidad, Antonio de Pereda (s. XVII) 
 
     Personas teológicas: Al parecer, ya Tertuliano definió la Trinidad como “una substantia, tres personae”: un Dios que es uno y trino: una sola sustancia o esencia en tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, afirmando el monoteísmo sin negar la distinción entre las tres personas, concepción que fue confirmada doctrinalmente con posterioridad en los primeros concilios de Nicea y de Constantinopla. No deja de sorprender, sin embargo, cómo la incipiente teología cristiana utiliza una palabra de origen teatral para definir la estructura del dios trinitario. En los primeros debates teológicos griegos se usaba el término paralelo 'prosōpa', pero se volvió sospechoso enseguida por sugerir que Dios utilizaba máscaras teatrales, lo que parecía poco serio para referirse a la divinidad, por lo que se sustituyó por hipóstasis, cuyo equivalente latino sería substantia “una esencia, tres hipóstasis o sustancias”, μία οὐσία, τρεῖς ὑποστάσεις (mía ousía, treîs hypostáseis). Pero no hay que llamarse a engaño con estas definiciones: no se refieren al hombre, sino que son teológicas: se refieren principalmente y exclusivamente a Dios, a la persona divina. 

jueves, 12 de marzo de 2026

Persona busca personalidad (I)

    Leo en “Los orígenes del individualismo europeo” (Barcelona: Editorial Crítica, 1997), del historiador ruso Aaron Gurevich que en la antigüedad grecorromana el concepto de “persona” aún no se había forjado como tal porque no había una conciencia personal individual. Existía, en efecto, en latín una palabra 'persona', pero no significaba lo que hoy, sino 'máscara', la máscara del actor teatral, y, por extensión, el papel o posición social del personaje dramático que interpretaba en escena. 
 
    El hombre no se consideraba a sí mismo como personalidad, lo que sería una ridícula pretensión, y ni siquiera otorgaba a sus dioses humanizados que representaban fuerzas de la naturaleza (amor, fuego, guerra... ) tal categoría. Tenemos que adentrarnos en la Edad Media cristiana para encontrar textos en los que se dice que gracias al sacramento del bautismo el hombre se constituía como persona en la iglesia de Cristo. 
 
    Hoy en día, ya en pleno siglo XXI, es imprescindible, más que el sacramento del bautismo que le imponía al recién nacido la bendición o maldición de un nombre propio con el que cargar toda su vida, la inscripción laica en el registro civil para ser reconocido como persona o, más modernamente, como ciudadano y miembro de pleno derecho del estado nacional.
 
 
 
    El Nombre Propio era ya entre los antiguos romanos un distintivo masculino de ciudadanía. Constaba de tres nombres: el praenomen, nombre personal o de pila, elegido entre un repertorio (Gayo, Marco, Publio, Tito...), el nomen, que era el nombre del clan familiar al que pertenecía el ciudadano, algo como nuestro apellido, y el cognomen o sobrenombre, una especie de mote que se volvió hereditario como el nomen y que especificaba la rama familiar del clan. El derecho a los tria nomina diferenciaba a los ciudadanos de los extranjeros, y a los libres de los esclavos, que eran denominados por un mote como se hace hoy con las mascotas. Las mujeres, sin embargo, no tenían derecho a los tria nomina, como no tenían derecho al voto en las antiguas formas de democracia hasta llegar a la actualidad. Su nombre era el nomen de su padre terminado en -a: Así la hija de Gayo Julio César se llamó Julia, y la de Marco Tulio Cicerón, Tulia. Si tenían más de una, todas llevaban el mismo nombre colectivo.
 
    Hay dos etimologías espurias del término 'persona':
 
1ª.- La primera deriva del verbo personare 'resonar'. Esta explicación se remonta a la propia antigüedad. Ya un gramático como Gavio Baso la desarrolla en su tratado hoy perdido sobre el origen de los nombres, del que nos da noticia Aulo Gelio en sus Noches Áticas (V, 7,2): conjetura (Gavio Baso) que ese vocablo ('persona') se formó a partir de 'personare' (resonar) porque, dice, la cabeza y la cara están cerradas por todos lados por la cobertura de la máscara y solo queda una vía para la emisión de la voz, que no es vaga ni difusa, la cual empuja la voz condensada y concentrada hacia una única salida, y hace más claros y sonoros sus sonidos
 
    Hay una objeción filológica: la "o" de personare es breve mientras que la "o" de persona es larga, pero Gavio Baso se las apaña para sortearla ingeniosamente: Así pues, dado que ese revestimiento del rostro hace que la voz se aclare y resuene, por ese motivo se dijo persōna, con una ō más larga por la formación de la palabra
 
    Pero todavía cabe otra objeción: la palabra persona es mucho más antigua que el verbo personare, por lo que la relación con sonum 'sonido', raíz y base del verbo sonare y sus compuestos, es más remota e improbable. 
 
 
 
    Esta fue, sin embargo, la interpretación que triunfó en la Edad Media. De ella se hicieron eco, entre otros, nuestro Isidoro de Sevilla, Alain de Lille (dicitur persona a personando) y Tomás de Aquino. Este último comenta que la palabra surgió en el teatro antiguo, y dado que en las comedias y tragedias clásicas se representaba a hombres notables, el término persona se asoció enseguida a alguien que tenía dignidad o rango, de donde deriva el uso eclesiástico de llamar así a quien tiene dignidad dentro de la iglesia, y sobre todas las cosas, a Dios mismo,  que es uno y trino: tres personas distintas y un solo Dios verdadero en el dogma de la Santa Trinidad
 
    Así pues, durante el medievo "persona" era un término que se refería casi exclusivamente a Dios. Paulatinamente la persona divina irá determinando la persona humana individual. Es preciso llegar a la actualidad para que el fenómeno se generalice de Dios a todo dios, es decir, a todo el mundo, personalizándose todo lo imaginable, hasta lo impersonal. Como denunciábamos en una ocasión con un trabalenguas: En este tiempo tan impersonal todo está, paradójicamente, personalizado. ¿Quién lo despersonalizará? El despersonalizador que lo despersonalice buen despersonalizador será.  
 
 
 
2ª.- La otra falsa etimología, extendida sobre todo también en la Edad Media, decía que persona era una contracción de per se una ('una por sí misma'), subrayando la individualidad característica de la personalidad. Esta explicación carente de rigor filológico porque fonéticamente persona no puede derivar de per se unapertenece a un tipo muy común de falsa etimología filosófica, conceptual o especulativa que no intenta reconstruir el origen lingüístico real, sino expresar la esencia de la cosa nombrada: “una realidad que es una por sí misma”. Es decir, un individuo subsistente, no parte de otro.