Merece la pena rescatar del olvido esta canción de los cuatro poderes (Pero al cuarto no) que Chicho Sánchez Ferlosio cantó a palo seco y en directo en un programa de televisión sobre los cantautores en 1993 presentándola de la siguiente manera: Esta es una canción sobre la división de poderes. Todo el mundo sabe lo de Montesquieu del poder legislativo, ejecutivo y judicial, y también todo el mundo sabe que se llama el cuarto poder a la prensa. Es una canción que hice hace un año y que bueno pues ahí está, yo no estoy descontento de haberla hecho aunque no se haya publicado.
Posteriormente la cantó con acompañamiento de piano y la voz de Rosa Jiménez en una actuación en directo, que ha acabado incluyéndose y publicándose en el disco póstumo “La última noche en el Círculo de Bellas Artes” (2022).
La letra muy oportuna entonces, cuando tanto se hablaba del conflicto entre los tres poderes del Estado, y de la libertad de expresión de la prensa, el cuarto poder, que podía contrarrestarlos, dice lo siguiente:
Yo iba mirando la enciclopedia / y hallé una regla que no está mal: / separar el legislativo, / el ejecutivo y el judicial. / Y pensaba yo, y pensaba yo / que en mi tierra de alguna forma / la antigua norma se quebrantó. / Y el segundo acalló al primero, / amarró al tercero y al cuarto no, / pero al cuarto no, pero al cuarto no. / El segundo acalló al primero, / amarró al tercero y al cuarto no. / No me parece que vayan hacia / la democracia que yo soñé. / Solo siento mucho recelo, / poco consuelo, ninguna fe, / porque digo yo, porque digo yo / que al fundirse los tres en uno / quizá ninguno sobrevivió. / Y el segundo acalló al primero, / amarró al tercero y al cuarto no, / pero al cuarto no, pero al cuarto no. / El segundo acalló al primero, / amarró al tercero y al cuarto no. / Por eso busco por los diarios / y por las radios mi libertad / con cuidado de que en la tele / no se me cuele la autoridad, / porque ya se vio, porque ya se vio / que a despecho de tanta euforia / la vieja historia se repitió. / Y el segundo acalló al primero, / amarró al tercero y al cuarto no, / pero al cuarto no, pero al cuarto no...
¡Qué lástima que el cuarto poder, contra lo que cantaba el inolvidable Chicho, haya sido también al cabo de los años acallado como el primero, y amarrado como el tercero por el segundo, por el ejecutivo, que no es tanto el gobierno democrático de turno que nos toque padecer en cada momento, que es bastante superficial y a fin de cuentas también es un mandado, como nosotros, sino por el ejecutivo supremo, que es realmente quien manda y gobierna por encima de todos los Estados!
John Swinton (1829-1901), periodista y editor de The New York Times, escribió esto sobre su profesión: El oficio de un periodista [neoyorquino, dice él, pero da igual el gentilicio que le pongamos] es distorsionar la verdad, mentir descaradamente, pervertir, vilipendiar, adular a Mammón y vender su país y su raza por su pan de cada día, o por algo parecido: su salario. Ustedes lo saben, y yo lo sé. ¡Y qué tontería brindar por una "prensa independiente"! Somos las herramientas y vasallos de los ricos que mueven los hilos entre bastidores. Somos marionetas. Ellos tiran de la cuerda y nosotros bailamos. Nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras vidas, nuestras posibilidades, todo es propiedad de otros. Somos prostitutas intelectuales.
Si sustituimos el arcaico nombre arameo y bíblico de Mammón por el sistema político y económico que representa, esto es, el capitalismo, o más sencillo todavía, el Dinero, y prescindimos de la alusión a la venta del país y la raza por el pan de cada día, a saber lo que quiso decir Swinton con eso, nos explicaremos la actitud que la mayoría del gremio de periodistas mantuvo por ejemplo entre nosotros a lo largo y ancho de la pandemia del virus coronado, así como durante la invasión rusa de Ucrania que vino a sustituirla acaparando todos los titulares y medios de información, y el 'conflicto' actual interminable en Oriente Próximo, y la crisis del petróleo que conlleva y la exaltación ecológica de las energías renovables en medio del cambio climático.
El cuarto poder, la prensa, mantiene un discurso único y monocorde que
tacha de “desinformación” (misinformation en la lengua del Imperio) y
censura y acalla los pocos vestigios de crítica que pudieran asomar porque está hoy en día sometido a otro poder, al poder del Capital que
la publicita y subvenciona.
En cuanto a la pandemia de Dios, habría que revisitar la hemeroteca para encontrar las mentiras sobre el origen, la letalidad, el contenido y eficacia de las milagrosas inoculaciones y su ausencia de efectos secundarios, es decir, de muertes y enfermedades que vinieron a corroborar aquello de que resultó mucho peor el remedio que la enfermedad que decía combatir.
Sobre las guerras y conflictos, los periodistas, que probablemente no creen en su fuero interno las mentiras de los políticos, las repiten sin embargo haciéndose eco de la propaganda gubernamental palabra por palabra, aunque según su código deontológico no deberían transmitir algo que saben intrínsecamente mentiroso.
Sobre la exaltación ecológica se nos dice y hace creer que nosotros, los ciudadanos comunes y corrientes, somos responsables del calentamiento global por la "huella de carbono" que dejamos cuando respiramos, aunque la mayoría de la contaminación provenga de otro lado, y aunque el C02 sea la base de toda vida vegetal y las predicciones apocalípticas de los últimos cincuenta años como la desaparición de los casquetes polares y demás hayan resultado falsas, con lo que la ecología se ha revelado como una herramienta 'científica' de dominación.
Los medios de comunicación tradicionales ya no difunden información, sino la voz de su amo, son instrumentos de la sagrada comunión con ruedas de molino a modo de hostias consagradas. Transforman las narrativas oficiales en "hechos establecidos y consumados" y luego acusan de "desinformación" a todos los que cuestionan el relato oficial: cuando los medios de (in)formación apesebrados y los llamados verificadores de hechos distorsionan la calidad de la información contaminándola. La gente sabe perfectamente que los principales medios radiotelevisivos son parciales, por lo que muchos obtienen sus noticias principalmente de recursos alternativos, principalmente internet, surgido hace treinta años. De ahí el interés del poder ejecutivo por censurar las redes, acusándolas de máquinas de fango y bulos y restringir su acceso a los menores de edad, imponiéndonos a todos la identidad digital.










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